El taxista de Ava Gardner

Ava Gardner vivió en Madrid desde principios de los años 50 hasta finales de la década de los 60 del siglo pasado. Su vida en España estuvo llena de leyendas urbanas, aventuras amorosas con toreros buenos y malos, historias de la noche que fueron creciendo con el tiempo sin que nadie las desmintiera. Por eso hasta yo mismo he conocido a gente que dice que conoció bíblicamente a la Condesa descalza, el animal más bellos del mundo. Una vez conocí a un viejo falangista, un periodista que se las daba de gran caballero franquista (y, por consiguiente, tuvo hijos que se las daban de comunistas e incluso militaron una temporadita en el PCE), que me confesó sus amoríos “secretos” con la gran diosa. Eran “secretos”, entre comillas, porque los conocía todo el entorno del falangista, sobre todo porque él se jactaba de la aventura con la actriz “exigiendo” a su interlocutor que no se lo contara a nadie. Tenía, como es natural, miles de interlocutores a los que pasaba la gran noticia.
Las noches de Ava Gardner eran todas e interminables, desde Chicote a Zambra y, desde luego, a Pasapoga, una sala de fiestas -en realidad, un cabaret- de inmejorable factura en los tiempos grises de Franco. En la puerta del Pasapoga había entonces una parada de taxis y entre los taxistas de aquella época había un tipo muy simpático y dicaharachero que le confesaba a sus amigos y colegas más cercanos que él “se acostaba con la señora cuando la llevaba a su casa de la calle Doctor Arce, en El Viso”. El tipo, pequeñito, cómico y castizo comenzó a cuidar y a limpiar el taxi para Ava Gardner que, todas las noches, siempre según el tipo, lo escogía a él como amigo y por la clase de su taxi, siempre cuidado y oliendo a efectos especiales que volvían loca a la señora a esas horas altas de la noche completamente borracha.
Esa leyenda urbana corrió con suerte y caló en el populacho, de manera que el taxista pasó a formar parte de los amantes “oficiales” de la actriz. Algunos, bastantes, seguimos pensando que lo que el taxista convirtió en leyenda no era más que una atribución presuntuosa. No vamos a negar que, en una de aquellas muchas noches de Ava en Madrid casi hasta el amanecer, el taxista tuvo de cliente a aquella ilustre pasajera con quien cualquiera que fuera alguien en aquel tiempo decía haberse acostado. Por lo menos una vez.
Pasó el tiempo y el taxista se convirtió, una vez la actriz de regreso a Nueva York, en un cantante reconocido de canción castiza que tuvo mucha fama. Incluso se aprovecho su salto a la fama popular para mantener que aquel hombrecillo simpático y dentudo se había acostado muchas veces con Ava Gardner. El taxista pasó a cantante famoso con el sobrenombre que le daban sus amigos más cercanos y sus compañeros del taxi, que nunca dejaron de hacerle bromas con la leyenda amatoria de la señora Gardner. Se llamó, entonces, El Fary, y conquistó masas con sus manera de cantar la canción castiza y su simpatía personal.
Siempre que lo vi cantar en la televisión, me acordaba de Ava Gardner y la leyenda que el tipo había levantado a pulso hasta ganarse la voz de la calle que, casi siempre, es la voz de Dios. Si el río suena es porque agua lleva. Aunque el río suena mejor si arrastra piedras. En una ocasión, cuando yo trabajé en la televisión, coincidimos en el salón de recepción de invitados y entablamos una entrecortada conversación. Yo me dije en silencio: así que este es el taxista de Ava Gardner, el famoso cantante castizo. Él se estaba comiendo un pincho de tortilla. Me miró con simpatía, se sonrió mientras degustaba la tortilla y me dijo: “¡Está muy buena!”. Se refería a la tortilla que se comía, pero yo pensé en los primeros 60 del siglo XX, cuando el animal más bello del mundo se enseñoreó de Madrid y escandalizó a media España con sus juergas. Ella vivió una temporada en el mismo edificio que Perón, exiliado en la España de Franco. Según leyenda, el General Perón se entraba para su vuelta declamando sus discursos en el balcón de su casa, a la intemperie del frío. La actriz, con o sin copas, salía a la ventana de su casa cuando escuchaba las peroratas patrióticas del General y le daba un grito que paralizaba al dictador argentino: “¡Marica!”. Ese día que coincidimos en un canal de televisión, se lo conté al Fary. “Yo la conocí muy bien. Era capaz de eso y de mucho más”, me contestó sonriendo con una cierta petición de complicidad. “Todo lo que se cuenta de ella es verdad, incluido lo mío”, dijo con nostalgia contenida. Pero yo, al día de hoy, no me lo termino de creer.

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Ginebra

Estoy en Ginebra. Me gusta la ciudad: París en miniatura. Limpia, prudentemente divertida, discreta (como quería uno de sus totems históricos, Jean Calvino), elegante, a veces lujosa. Si yo fuera rico viviría en Ginebra, a dos horas o tres de la Europa que me gusta. Vengo una vez más a Ginebra a presentar un libro que escribí en mi juventud literaria (se publicó por primera vez en 1973) y que ahora, en francés y español, Rodrigo Díaz edita en Albatros, su heroicidad intelectual: una librería-editorial muy en el centro de una de las ciudades más ricas del mundo. Paso por delante de la casa donde nació Rousseau, que huyó de Ginebra como si su alma huyera del diablo; y, al otro lado de la calle, casi frente por frente, me enfrento con la casa que Borges escogió para vivir sus últimos días. Argentino hasta más allá de la muerte, hizo mutis por el foro y se quitó de Buenos Aires para siempre. Cuentan que Borges, a las puertas de la muerte llamó a un cura católico y a un presbítero protestante y habló con ellos de la eternidad y otros fantasmas del futuro. No sabemos finalmente que pasó, qué dijo y con quién en todo caso se confesó, si con el católico o finalmente abrasó el protestantismo calvinista. Lo más divertido es que en el Cementerio de los Reyes, que es donde están enterrados los restos de Borges, también, como es lógico, están enterrados, en una sobria tumba, los de Jean Calvino, el hombre que rigió las austeras costumbres de Ginebra con mano de hierro. Ya escribí una vez un artículo sobre la matemática de la muerte en este cementerio. Calvino y Borges están enterrados a menos de diez menos de distancia, pero entre los dos está la tumba de Grisélidis Real, famosa por haber fundado Aspasia, una organización internacional en defensa de los derechos de las prostitutas. Grisélidis Real, como es lógico, odiaba a Jean Calvino y lo que él representaba; odiaba su doctrina y su histérica austeridad, pero la matemática no falla: su tumba y la de Calvino están a tres metros de distancia, de modo que seguro que la proximidad de los dos enemigos en vida puede ser un tema de una buena novela sobre la cercanía de sus tumbas. Escritora, pintora, poeta, prostituta universal, Grisélidis Real tuvo también una vida azarosa, novelesca
y dura, aunque terminó siendo aplaudida por los ginebrinos y, después de haber sido enterrada en un cementerio común, sus restos fueron conducidos por sus conciudadanos ginebrinos hasta el Cementerio de los Reyes como si fuera une heroína. Yo estoy seguro que lo fue. Cuando vengo a Ginebra voy a ver a Borges y delante de su tumba observo de reojo la de Calvino y examino de cerca la de Grisélidis Real, llena de lápices, pinceles, pinturas y exvotos que sus devotos le dejan cuando van a verla en su tumba. No dejen de hacerlo si visitan Ginebra.
Otro de los grandes atractivos de la ciudad son los museos: espléndidos. Y las librerías: gloriosas. Y las iglesias: austeras. He estado aquí en fiestas, en la celebración histórica de una victoria de los ginebrinos sobre los franceses, cuya lengua hablan hoy en este cantón suizo. Me gusta Ginebra y tomarme unos tragos civilizados de esa bebida de dioses, con tónica, mucho hielo y un poco de limón: lo que se llama un gin-tónic en español, y en inglés, por supuesto. Pero me gusta mucho caminar sus calles: estoy seguro que en cada paso que doy camino sobre millones y millones de dólares, euros y todo tipo de dinero que los más ricos guardan en loa sótanos de los bancos suizos. Aquí el secreto bancario es más importante que la tumba en la que vas a estar para el resto de los tiempos, una vez que fallezcas. “Scherzos pour Nathalie”: así se titula el libro que publiqué en 1973, en plena juventud, y que ahora se reedita en Ginebra. Brindo por el libro -una plaquette atrevidamente poética- y brindo por ella, por quien se oculta bajo el nombre de Nathalie, un amor juvenil que nunca he querido ni podido olvidar. Nathalie es para mi una figura literaria, que aparece en varias de mis novelas, con otro nombre, y fue uno de los tres grandes amores de mi vida. Digo amores, no amoríos ni noches locas de un solo golpe. No: amores. Si no hubiera estado casado, me habría ido a vivir con ella. Hicimos planes, ilusos, plenos de vida: irnos a París, convertirnos en parisinos después que yo pidiera el estatura de exiliado político en Francia. Decidí, sin equivocarme, ver crecer a mis hijos y sufrir el franquismo hasta el final. Ahora, en Ginebra, recuerdo aquella parte de mi vida mientras el fantasma de Grisélidis Real me conmina a que escriba una novela sobre la proximidad de su tumba con Borges y Calvino. Y sobre su vida, una epopeya única.

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Isaac El Destripador

En mi ya lejana juventud, me cortaba el pelo y de vez en cuando me afeitaba un barbero de barrio (en Vegueta, Las Palmas de Gran Canaria, España) que había llegado del campo a la capital hacía muy poco tiempo. Era el primero de su familia que “había triunfado”: era propietario de una barbería, tenía muchos clientes y amigos y mucha gente del barrio le había tomado un gran cariño. Era, además, completamente analfabeto, pero con ganas inmediatas de demostrar que no lo era, que había dejado atrás el campo y era un capitalino informado. Por eso le llamábamos Isaac El Destripador. Un día, algún cliente más o menos leído comentó la famosa frase de Groucho Marx: “Como decía Jack el Destripador, vamos por partes”. El barbero, atento a la jugada,oyó mal y, durante un tiempo, repitió durante un largo tiempo, y en cualquier conversación, la siguiente frase: “Como dice Isaac El Destripador, vayamos por partes”. Insaciable en su afán de aprender, captaba con muchas equivocaciones lo que oía a los clientes que él consideraba más cultos y leídos, entre ellos yo mismo, que era universitario y para él (yo) hablaba “vox pópuli, vox ley”, como decía en mi ausencia. Me dio en esa época por repetir unas frases hoy muy manidas de Antonio Machado en boca de Juan de Mairena. Una era la siguiente: “Como dijo el poeta sabio, la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”. Un día, estábamos solos en la barbería, y mientras me cortaba el pelo me preguntó que quién era Agamenón. Se lo dije. De ahí en adelante, con toda la propiedad del mundo, Isaac El Destripador, el barbero de mi barrio en mi juventud, repetía una y otra vez como una muletilla intelectual: “Como dijo el sabio, eso es eso, lo diga Agamenón o su portero”. Y la otra frase era la muy conocida queja de Mairena: “¡Qué país, Miquelarena! Isaac el Destripador, iba por partes y perpetraba la siguiente frase: “¡Qué país, Miguel Arenas!”. Era un tipazo. Un día oyó a un ingeniero de minas discutir con un abogado, los dos ilustras clientes suyos. El ingeniero, de repente, saltó de su asiento y le espetó al abogado: “Luis, no confundas las churras con las merinas, por favor”. Isaac volvió a tomar como suya la frase famosa y la destripó de nuevo con su instinto asesino: “Por favor, por favor, no confundamos los churros con las Meninas”. Era un genio dándole la vuelta a las frases ilustras que habían pasado por encima del tiempo. Las actualizaba a su favor y siempre se quedaba contento con su descubrimiento porque nadie le decía nada. Todos nos asombrábamos de su inventiva analfabeta y siempre nos pasábamos la voz cada vez que una nueva frase entraba en el habla barbera del Destripador. Una vez más, alguien habló de que la piel de las marta gibelina parecía una seda inigualable. La marta animal pasó a ser para él una Marta mujer que no conocía pero que hizo suya con una frase genial durante un tiempo: “Tienes un pelo como el de Marta la Sibilina, que es como de seda”, le dijo a más de un cliente mientras le cortaba el cabello. Lo entendía Isaac como un cumplido y el cliente nunca le preguntaba quién era esa Marta de la que hablaba. Ya todos sabíamos cuan fuerte era la debilidad de oído y de cultura general de nuestro barbero.
Han pasado los años, más de medio siglo, y he ido recopilando en mi memoria los dichos flagrantes de Isaac El Destripador, hasta que esas misma fases traspuestas por el instinto frenético y desnortado del barbero me han ido dibujando un personaje de novela. Aparece en una de las que estoy escribiendo, que se titula “La playa”, en la Isla de Salbago, y es el barbero, así llamado en la novela, Isaac El Destripador, de mi juventud por encima de los años. En todos ellos, no he dejado de reírme por su osadía, por su habilidad para meter la pata, por su gallardía y obstinación al mantener una y otra vez el error constante en la frase citada. No sé, a estas alturas, qué se habrá hecho de Isaac. De lejos me llegó hace tiempo el rumor: le había tocado en la lotería uno de los premios gordos. El billete era de todos los clientes que todos los años hacían una piña y compraban su décimo o sus participaciones. Claro que le pagaban después, cuando no tocaba nada, pero se habían comprometido a comprarlo y estaban abonados siempre al mismo número. Pero ese año, el que tocó el gordo en la barbería, el barbero se quedó el premio entero para él solo, cerró la barbería al día siguiente y desapareció del barrio. Según me cuentan, fue localizado en un barrio de muy alta alcurnia por uno de los damnificados del asunto. Isaac le abrió la puerta con cajas destempladas y, ante la exigencia de su cliente, le contestó: “Vete a protestarle a Agamenón o a su portero. A mí dejáme en paz, que bastante me tomaron el pelo ustedes durante tantos años con sus dichos lustrados”. Y le cerró la puerta en las narices. Hasta hoy, no se ha sabido más de Isaac El Destripador.

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Recuerdos del Gabo

Hace un año que se nos fue, entre mariposas amarillas y diosas coronadas. Cuando le hicieron los rituales del entierro en la Catedral de Bogotá, además de las mariposas y la música que mas le gustaba, el cielo sopló una tormenta eléctrica propia de la magia verbal del fallecido, Gabriel García Márquez, llamado el Gabo. Tengo muchas recuerdos personales del Gabo, y casi todos son buenos, empezando por la memoria de las lecturas de sus libros, que eran un atrevimiento imaginativo, fundado de un mundo que no puede volver a patearse sin el riesgo de que se note literariamente. Lo conocí a principios de los años 70 del siglo pasado, en la casa barcelonesa de Vargas Llosa, su gran amigo de entonces. “Mario no es mi amigo, es mi hermano”, había declarado unos años antes en Caracas. Me pareció, prima facie, un personaje muy simpático, uno poco teatral, vestido con su overol azul de mecánico de coches para “asustar a los burgueses catalanes”, según me confesó esa misma tarde. Creo que los asustaba mucho más aparcando sobre la acera de las calles de Barcelona su BMW último modelo de aquellos años, color azul metálico, que su vestimenta para llamar la atención. Un día, cuando ya vivía en su casa del Pedregal, en México, salió de su casa con un amigo cercano y, cien metros ya en la calle, regresó con urgencia a su ordenador. Se le había quedado algo atrás: el disco con el texto que estaba escribiendo. El amigo le preguntó que es lo que había ido a buscar y por qué tanta angustia. “¿Acaso sabes tú la hora en que va a empezar el terremoto?”, le contestó el Gabo con una pregunta. Otro día, también en México, en una pequeña reunión de amigos, se habló de Juan Rulfo. “Juan no sabe nada de literatura”, dijo uno de los expertos críticos que estaban en la teñida. “No importa , sabe hacerla mejor que todos nosotros”, le contestó García Márquez. Tal vez estaba recordando en ese instante el consejo que años antes le había dado su amigo el también novelista y poeta Álvaro Mutis. El Gabo le había hablado a su amigo de ciertas dificultades insalvables, según él, en el trabajo que estaba escribiendo en ese momento. Algunos días después, Mutis, llego a la casa mexicana de García Márquez y te tiró desde lejos un libro hasta sus manos. “Tenga, para que aprenda a escribir” le dijo. Era un ejemplar de “Pedro Páramo”.
A mí me dijo otra vez, con un par de tragos y en conversación muy privada algo que he contado muy poco por escrito. Hablábamos de mujeres, es verdad. Y, entonces, me miró muy serio y me dijo que él estaba convencido de que cada ser humano nacía “con los polvos contados”. “Polvo que no se echa, polvo que se pierde”, añadió sentencioso. Le gustaban mucho las frases con potencia bíblica y cada vez que podía las sacaba de su cabeza hasta la boca y las hacía volar como mariposas. Conrado Zuluaga, de quien no me canso de decir que es el crítico más conocedor de García Márquez, se sabe de memoria los textos del Gabo. Una vez en Cartagena de Indias nos recorrimos la ciudad entera desde las páginas de “El amor en los tiempos del cólera”. Por donde íbamos paseando, Zuluaga sacaba a relucir sin querer sus conocimientos de la literatura del Gabo y me explicaba que tal o cual lugar era exactamente el sitio donde tal o cual personaje de la novela había tenido tal o cual encuentro.
Cuando yo era un joven lleno de entusiasmo por García Márquez, un mediocre profesor universitario de La Laguna, Tenerife, decía en sus clases, impotente ironía, que si no conocían a García Márquez no se preocuparan porque era aquel escritor al que yo llamaba amigo como si lo conociera de toda la vida. Me acuerdo de lo que decía Faulkner a estas alturas de la vida: “los verdaderos amigos de los escritores son sus lectores”. Así es. Yo leí a García Márquez, y lo sigo leyendo hasta ahora, por y con sumo placer intelectual. Me gustan todas sus novelas, y no sabría decir cuál es para mí la más importante de todas.
Lo vi la última vez en Guadalajara, México, en una Feria del Libro, junto a Juan Goytisolo y Carlos Fuentes. Después de saludarnos, me preguntó lo de siempre: “¿Quién va a ganar este a.o el Premio Cervantes? Yo nunca le contestaba con mis preferencias sino con las suyas. Y se quedaba tranquilo. No he dejado de pensar en escribir un pequeño libro, una suerte de manual, como el que estoy terminando sobre Vargas Llosa, donde explique mi relación personal con el Gabo a través de sus libros y de mi lectura de sus libros; un Manuel lleno de anécdotas y de crítica de todo género a un escritor inmortal, que vive ahora entre las nubes de la mayor popularidad, en el vuelo de las mariposas amarillas y en la música de las diosas coronadas.

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El Gran Caupolicán

Lo conocí en mi primer viaje a Caracas, Venezuela, tras la muerte de Franco. Era, con precisión, verano de 1976, y yo recalaba en mis tiempos libres en Sabana Grande, en un vértice de tragos del famoso Triángulo de las Bermudas, lugar -lugares: los vértices, las esquinas, los bares- frecuentado por escritores, profesores bohemios, políticos con vicio cotidiano de alcohol y, sobre todo, poetas.
Allí estaba el Gran Caupolicán Ovalles, llamado Padre de la Patria, a su vez presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela. Esa misma mañana, me nombró socio de honor de esa misma asociación, y al día siguiente me trajo un papel firmado que lo atestiguaba. “Para que no te creas que son güenonadas mías, catire”, me dijo. Caupolicán vestía de negro de arriba abajo, con botas de caña corta, y gafas oscuras tras las que sus ojos, también negros, se reían después de hablar, abriendo él mismo la carcajada que provocaba a cada rato con sus mamaderas de gallo. Se le llamaba el Padre de la Patria porque había fundado en esos mismos predios de Sabana Grande una cosa llamada la República del Este, en oposición constante al Palacio presidencial de Miraflores, que estaba al oeste de Caracas. Había fundado también una revista con ese mismo nombre, República del Este, que financiaba un empresario de pompas fúnebres llamado Elías Vallés, que hacía todo lo que el Gran Caupolicán le decía. El poeta Ovalles tenía además un hermano, a quien yo conocí después, físicamente igual a él, pero un hombre verdaderamente serio y prudente, todo lo contrario que Caupolicán. Como pueden imaginarse se llamaba Lautaro.
Caupolicán Ovalles era un poeta que jugaba al escondite con palabras, inventos, sedimentos de memoria y sentimientos, hasta conseguir una poesía densa y al mismo tiempo limpia, constante y transparente, además de barroca y llena de metáforas. Curtido en mil batallas literarias y vitales, el Gran Caupolicán había conseguido un estatus ideal para su vida: que oficialmente el gobierno venezolano de Carlos Andrés Pérez reconociera sus esfuerzos como presidente de la Asociación de Escritores Venezolanos, y le pasara un sueldo, además de gastos para los necesarios tragos cotidianos.
La estancia de las tertulias en el Franco´s, El Vechio Moulino y la tercera esquina, el Camilo´s, se hacía eterna: se entraba por la mañana en uno de esos bares, se seguía al mediodía en otro, se terminaba en la tarde en el tercero, y cuando empezaba la noche se recomenzaba el proceso y el itinerario, se volvía a empezar por el principio hasta acabar la madrugada, ya sin brújula y con poco sentido. Por eso se le llamaba el Triángulo de las Bermudas: porque una vez dentro de él era muy difícil salir. A esas reuniones bulliciosas donde se discutía de todo, desde el chisme caraqueño hasta quien sería el próximo Premio Nobel, asistían bellas y hermosas, inteligentes y elegantes mujeres que regían por un día la brillantez de los machos allí reunidos luchando por demostrarle a esas mujeres quien era el más brillante, el más inteligente y el mejor de todos. Quiero decirles que, por encima de otros talentos, el Gran Caupolicán brillaba con luz y voz propia, y con carcajada interminable hasta el amanecer. Caupolicán Ovalles estaba escribiendo eternamente una novela que se titulaba “Yo, Bolívar, Rey” y en la que yo creí fielmente. Cuando se publicó vimos de nuevo ahí la fibra de poeta del Gran Caupolicán, aunque era sin duda una novela frustrada. Años después, se murió sin que yo haya todavía podido enterarme de qué exactamente. “Se enfermó y ya está”, me dijeron amigos comunes.
Desde mi último viaje a Venezuela, estoy advertido: junto a otros escritores, incluso ya fallecidos, Carlos Fuentes en este caso, y Sergio Ramírez, felizmente vivo, aparezco en una web chavista señalado como “republicano del Este”, “niño bien” que no me mancho las manos con el pueblo y esas mamarrachadas, borrachito de la literatura y amigo de los antichavistas. Es decir, un fascista. Así es la vaina. “Para nosotros es un honor”, me dijo Sergio Ramírez cuando nos vimos en la web chavista, buscados como repugnantes gusanos del mundo. Ahora, en esta madrugada de Madrid, tantos años después, se me aparece en mi biblioteca un ejemplar firmado de “Yo, Bolívar, Rey”, del Gran Caupolicán Ovalles, que ha dejado un vacío en Venezuela de gran tamaño y mayor ausencia. Recuerdo su franca y aniñada carcajada, sus interminables recitados de poemas de Lezama Lima, de Montejo, de Paz y Neruda. Nadie se le resistía al Gran Caupolicán. Pasó por la vida sin hacer demasiado daño, riéndose a carcajadas y escribiendo libros de poemas que él y algunos más creían que eran los mejores del mundo, mucho mejores que los que escribían sus conocidos poetas recitados. Caupolicán, el Gran Caupolicán, su carcajada, su trago perenne, su voz en el poema, su humanidad en mi recuerdo.

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Panamá, entre el Negro y el Chino

Es la frase más repetida en los barrios habladores de La Habana: “Esto sólo podían arreglarlo un negro y un chino”. Es la voz popular: el choteo cubano. El Negro es Obama, aunque para los negros es blanco. El Chino es Raúl Castro. Dicen que sus ojos delatan la genética china que las malas lenguas han expandido por el mundo: que no es hijo de don Ángel Castro, sino de un cocinero que tenía el padre de los dictadores.
En Panamá, por otro lado, hay una gran tradición negra y china. Colón, en la costa atlántica del canal, fue un puerto de desembarco de esclavos africanos, aunque Francisco de Miranda quiso poner allí la capital de su proyecto revolucionario: Colombeia. La unión de todos los países que hoy llamamos Iberoamérica, donde el caudillismo, el machismo, la injusticia social y las dictaduras militares, además del empecinamiento, hasta hace nada, de la Iglesia Católica han hecho estragos históricos. Uno de esos caudillos entró en La Habana e implantó, desde 1958, un régimen totalitario dizque de “izquierdas”, comunista y prosoviético. Un desastre a la vista de los resultados. En sus mejores momentos, cuando Moscú cubría las pérdidas inmensas de la economía cubana, hundida gracias a la ineficacia del sistema castrista y a los caprichos y delirios de grandeza de Fidel Castro (desde el proyecto de la Ciénaga de Zapata hasta las guerras africanas y el llamado Cordón Verde de La Habana), el dictador les contaba a sus visitas especiales cómo jugaba con los norteamericanos: “Yo digo dos; ellos dicen cuatro; yo digo, ocho, los yanquis dicen dieciséis. Y así, hasta que ya los tengo acostumbrados. Entonces marco un número cualquiera, doce mil quinientos treinta y cuatro, y ellos se pasan años para descubrir el secreto de mi juego. Ninguno. Son como niños”, contaba Fidel Castro, y la carcajada estaba garantizada, por cortesía y por simpatía. El resto del tiempo se lo pasaba advirtiendo a la población cubana de la inmediata invasión de la Isla por parte de los marines gringos. “Ya viene, ya vienen”, decía cuando llegaba a las fiestas de sus amigos en las madrugadas felices de la Cuba soviética, lo que dio a luz un chiste de los más sabido en La Habana: “Ya vienen ya vienen…, que vengan ya de una vez, a ver si comemos algo”.
Lo cierto es que, tras la llegada al poder totalitario de Cuba de Raúl Castro, su leyenda ha crecido. El Chino es un pragmático, que nunca fue partidario de “los bolos” (los soviéticos), sino del comunismo chino (no sé si también ahí la cosa es genética, finalmente). Lo cierto es que este Castro es más listo y más político que aquella bestia que hizo de Cuba un cuartel lleno de miedos y paranoicos. Lo cierto es que Raúl Castro puede pasar a la Historia de Cuba y del mundo como el hombre, el dictador (no perdamos la perspectiva) que fue capaz de entender que Cuba no resolvería su propia historia sin pactar con su Padrino, el monstruo imperial (según Martí: “He vivido en el vientre del monstruo y lo conozco”) que le consiguió la independencia a su país a finales del siglo XIX, dejando a España, la Madrastra, sumida en una crisis histórica y decadente de la que tardó en salir más de setenta años.
La Madrastra, al recuperar sus tiempos democráticos tras la muerte de Franco (que siempre defendió a la Cuba de Castro: de gallego a gallego), inventó la Cumbre Iberoamericana, que tuvo también su gran momento, pero que obvió algo que es vital entender en América: dejar fuera de ese juego a los Estados Unidos de América es un error que se paga muy caro. Y, entonces, no llegó esta vez el Comandante, sino Bill Clinton que inventó a su vez la Cumbre Americana y, ante el estupor de España, se quedó de nuevo con la copla.
Vamos por la VII Cumbre Americana. Se llega a ella con el nuevo Canal de Panamá a punto de ser terminado, en unos pocos meses. Y con Brasil, Venezuela y Argentina sometidas a las locuritas de sus propios mandatarios que un día sí y el otro también tratan de inventar sistemas económicos que se llevan a sus pueblos hasta donde están los cubanos, siempre a cuestas con sus tres problemas cotidianos: el desayuno, el almuerzo y la cena. Los gringos observan su patio trasero con inquietud en estos primeros años del siglo XXI, y parecen por fin haberse dado cuenta de que la inveterada costumbre de hostigamiento, la intervención militar (si sabrá de eso Panamá…) y las sanciones económicas no han llevado a ninguna parte, excepto al encono, la distancia y la estupidez. El Negro, en su etapa de Pato Cojo, quiere hacer historia en América Latina. El Chino (¡Lo que hay que ver en la Historia!) es el introductor de embajadores del Padrino, su enemigo mayor hasta hace unos meses. Habrá embajadas en menos de lo que canta un gallo, en La Habana y en la capital norteamericana. El presidente Maduro, el venezolano más analfabeto de la Historia, recibirá nuevas lecciones habaneras: no se puede ser tan bruto con el Padrino. Habrá sonrisas femeninas, brasileñas y argentinas. Habrá de nuevo paz y buena voluntad. Y Panamá sonreirá también en estos dos días, convencida de que su papel en América es central para el diálogo y que ya su mala prensa entre las repúblicas hermanas ha desaparecido. Y todo esto gracias al raro entendimiento entre un Chino y un Negro que difieren en todas sus opiniones. Recuerdo la visita de Juan Pablo II a Cuba. Yo estaba ahí. Fui a la Plaza de la Revolución la noche anterior a su llegada, cuando andaban los revolucionarios el gran altar donde el Papa diría una misa presidida por Fidel Castro y García Márquez. Recuerdo el comentario del taxista: “Lo que se ve en La Habana, no se ve en el mundo entero”. Por último, y no lo menos importante: los matones castristas han repetido el violento teatro de sus Brigadas de Intervención Rápida en los prolegómenos de la VII Cumbre, con un ataque (acto de repudio, lo llaman) a los manifestantes contrarios a la dictadura. Asunto, Panamá, Panamá, que no se puede consentir. Y de eso, panameños, saben ustedes que yo sé bastante, gracias al escrache que me hicieron en el acto de presentación de mi novela “Réquiem habanero por Fidel” en Ciudad de Panamá, en agosto pasado.. Pero así es la vida, nos vamos poniendo viejos, las cosas cambian y el asombro perdura.

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Versiones de Dios

Hace un tiempo, en España, un tarambana, de cuyo nombre no quiero acordarme, perpetró una dizque obra de teatro y la tituló inequívocamente: “Me cago en Dios”. La supuesta obra literaria no era más que un adefesio arbitrario, un texto nada teatral, una mamarrachada contra la Iglesia Católica, que no es lo mismo que Dios, sin arte ni estilo alguno. El mamarracho es diplomático y acaba de ser expulsado de su puesto en la embajada española en Serbia por el Ministerio de Exteriores del gobierno de España. Se había pasado cuarenta pueblos de sus atribuciones y quería a toda costa, sin tener capacidad para ello, ser embajador “como sus compañeros de promoción”, añadió el tarambana, que además subrayó que se le estaba tratando como en tiempos de la Inquisición. El idiota no se daba cuenta, o no sabe, que si viviéramos en tiempos de la Inquisición ya lo habrían quemado en público, o no, porque el tiparraco es además noble aristócrata, de sangre solamente, porque de vida y actitud no es más que un chafalmeja. Su vida y su “obra” así lo demuestran.
En España, la blasfemia del título de la obra del tarambana es propia del lenguaje cuartelero, de la mala baba de la carretera, de gente ordinaria y maleducada, como la final resulta ser el tarambana. ¿Por qué no tituló con Alá en lugar de Dios? Seguro que hubo ahí un poco de miedo, porque no es lo mismo soplar que hacer botellas, y los musulmanes si que tienen ese virus inquisitorial pegado a su alma creyente. ¿Por qué el chafalmeja no tituló su obra con el nombre del dios del Talmud en lugar del Dios cristiano? Ah, porque está casado con una judía rica y se le podría haber fastidiado la comodidad del dinero. Creyente, aunque no practicante de la religión católica, más cerca del protestantismo que del catolicismo, me irrita profundamente la blasfemia de los analfabetos y malcriados que citan al Dios en el que no creen para resolver un conflicto consigo mismo. Para muchos seres humanos, entre los que me cuentero sin duda alguna, Dios es una versión del Gran Matemático cuyos juegos precisamente matemáticos no conocemos del todo. Sabemos poco de Dios y mucho de sus intérpretes, que se atribuyen su doctrina y su palabra cosí ellos mismos, soberbios, fueran parte de la Gran Divinidad. Hay quienes creemos que la vida es perfecta y completamente matemática y que las lianas y las líneas invisibles que unen todo cuanto existe y ocurre en el mundo y en el universo son obra del Gran Arquitecto. Quienes creemos en Dios así, en esa versión, no somos ni muchos menos religiosos comehostias y santurrones que damos los pasos medidos para no irritar al Dios en el que creemos. Tampoco le echamos la culpa de nada de cuanto sucede porque, en todo caso, sabemos que tenemos la voluntad para resolver cuanto problema se nos presenta en la vida. Otra cosa es que el ser humano sea una catástrofe y que Einstein tuviera una vez más toda la razón: que el universo y la imbecilidad del hombre son infinitos (y, añadía, que de lo primeros no estaba del todo seguro…). La imbecilidad del tarambana que tituló su adefesio “Me cago en Dios” es total y definitiva. Otro título suyo: “Apolo de menta”. ¿Eh? Una genialidad cómica para la inmundicia de la imbecilidad, una estupidez para quienes sabemos que el arte es mucho más que una ocurrencia aparentemente graciosa, aunque vacía de contenido y exenta de forma artística.
No es mi costumbre escribir de Dios. Sólo lo hago en contadas ocasiones, aunque les confesaré que, con frecuencia, reflexionó bastante sobre el Gran Arquitecto y nuestro atroz desconocimiento de sus.matemáticas, las ciencias secretas y desconocidas que nos rigen y que los científicos tratan de descubrir a toda costa. Me pregunto, en estas versiones de Dios, qué encontraríamos en el interior del cerebro del tarambana al que me refiero, y si no sería su caso, y el de otros muchos imbéciles de libro, uno de los que hacía alusión el Tío Albert, Einstein, por supuesto. Una aclaración para despistados: no le tengo miedo al Dios en el que creo. Lo que le tengo es un respeto imponente, como a todos los que creen o no creen en otras versiones de Dios. Un respeto tan imponente que me hace despreciar a pusilánimes cafalmejas como el de la supuesta obra de teatro a la que hago alusión en este comentario dominical. Otrosí: no odio a ninguna de las religiones que existen en el mundo, aunque detesto la religión de las castas indicas. Tampoco ando caminando de iglesia en iglesia, sino por motivos turísticos y culturales. Pero me irrita sobre,a era que un pendejo sin otras cualidades que su inutilidad use el nombre de Dios en vano, en cualquiera de sus versiones e imágenes.

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Juerga y guitarra

Cuanto sé de guitarra y flamenco se lo debo a mi maestro y amigo J.M. Caballero Bonald, jerezano hondo y lealtad viva. Un día en Madrid, fui de su mano a lo que yo creía que era una juerga flamenca, con cante, guitarra, porro y alcoholes. Me equivoqué. Cierto, hubo mucho humo, mucho vino, manzanilla y aceituna. Y guitarras. Y amistad. Fuimos a la Venta de don Jaime, en la calle Alberto Aguilera. Para entrar en aquella capilla de la vieja amistad guitarrera y flamenca, si no recuerdo mal había que bajar un par de escalones. Allí conocí, y lo vi tocar la guitarra por primera vez, a Paco de Lucía, casi un niño, acompañado esta vez por su amigo Emilio de Diego. Allí estaba un palmero que entonces era un anónimo que pasaba por flamenco y que terminó siendo un chistero famoso en la televisión: Chiquito de la Calzada.
Tuve con Paco de Lucía muchos encuentros y cercanías a lo largo de su vida y la suya. Cierto: nos divertíamos mucho tomando unos vasos y hablando de las cosas de la vida. Un día, tras un concierto suyo en Las Palmas de Gran Canaria (el mismo día que discutí con unos amigos músicos que el de Lucía era ya el mejor guitarrista del mundo), nos fuimos de farra flamenca en el trópico de una Isleta feliz, con la gente en las calles paseando arriba y abajo de uno de los puertos más abiertos del Atlántico. Acabamos en la madrugada, en un bar de señoritas, comiendo tortilla de papas, mientras yo trataba de convencer a aquellas muchachas que aquel que les estaba tocando “Entre dos aguas” era nada más y nada menos que Paco de Lucía, su autor. Me reservo para mis memorias la manera estrambótica en la que acabó aquella farra interminable en La Isleta, con jamón, jarra, señoritas que no sabían bailar flamenco bailando flamenco y Paco de Lucía tocando la guitarra y riéndose sin parar de la cantidad de situaciones jocosas que se dieron esa misma noche.
Sólo sé que, años después, coincidimos en un vuelo de Tenerife a Madrid y cuando nos vimos, antes incluso de abrazarnos en la memoria de la amistad, empezamos a carcajearnos sin poder parar, ante el asombro del resto del pasaje de la clase preferente, incluido un ministro socialista (que creía que nos reíamos de él, el pobre) su séquito y escolta. “¿Estás acordándote de lo mismo que yo?”, me preguntó Paco mientras me daba un abrazo. Yo asentí sin poder parar de reír, y el gran artista volvió a carcajearse. Esto sucedió a lo largo de las dos horas largas de vuelo, entre conversación y comentarios, varias veces, con el consiguiente espectáculo.
Vi tocar a Paco de Lucía en diferentes partes de España y el mundo. Incluso lo vi tocar en una sala inmensa de Nueva York, con el mundo a sus pies, entre el jazz, el humo y el flamenco. Fui amigo suyo, como sabe muy bien Caballero Bonald y Enrique Montiel, los dos flamencólogos, el último un gran experto en Camarón de la Isla, de quien escribió la mejor biografía publicada hasta ahora.
En una ocasión, en la Venta de Vargas, en San Fernando, donde Camarón tiene una capilla sagrada, doña María nos preparó a Enrique Montiel, Paco de Lucía, Camarón y a mí mismo unas tortillitas de camarones que nos hicieron saltar los puntos de los calcetines. ¡Escuchar de cerca a aquellos genios, uno tocando la guitarra y otro cantando! ¡Que gran privilegio!
Cada vez que bajo a San Fernando, casi siempre invitado por Caballero Bonald o Enrique Montiel (lean ustedes “Mal de piedra” y verán lo que es un novelista de culto), voy con el mismo Montiel a la Venta de Vargas. Ya nada es lo mismo, ya murieron Camarón de la Isla y doña María, una mujer que fue siempre para él como una madre. Ya estamos mayores todos, aunque unos más que otros, pero las tortillitas de camarones de doña María siguen iguales. Una auténtica maravilla. Siempre sueña allí una guitarra flamenca. Recuerdo lo que decía Sabicas desde Nueva York: que a Paco de Lucía no le hacía falta el jazz y que, desde luego, reconocía en él a su mejor alumno. Ya lo creo. Juerga, vida y guitarra. Hubo, eso sí, demasiado humo, mucho cigarro innecesario. “Gabriela, llévame al hospital, que tengo mucho frío en la garganta”: eso fue lo último que mi amigo Paco de Lucía dijo en su vida. El cabrón infarto se lo llevó a la eternidad del otro lado porque él gozó, con talento, esfuerzo y mucho trabajo, de la eternidad artística también en este mundo. “Gabriela, llévame al hospital, que tengo mucho frío en la garganta”. Parece un “quejío” genial, una manera de despedirse a la flamenca y Juan Rulfo (porque parece el principio de un cuento del mexicano. Hoy, volando hacia Lima, escribo de Paco de Lucía, un amigo hondo, y siento mucho su ausencia, su guitarra, su juerga y su manera de reía y entender la vida.

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Dos genios

Picasso y Dalí: dos genios. Ahí están sus obras, por encima del tiempo, por encima de ellos mismos- Como “Los duelistas” de Conrad, Dalí y Picasso estuvieron encontrándose y alejándose toda su vida. Su condición de genios lo imponía: se peleaban, hablaban mal el uno del otro y viceversa, en privado estudiaban las obras de cada uno, cada uno la del otro. Y hablaban como si fueran oráculos. “El pintor pinta lo que vende; el artista vende lo que pinta”, dejó dicho Picasso para quien quisiera entenderlo (porque hay gente que tarda en entender las coas e, incluso, llegan a no entenderlas nunca), de modo que llegara a notarse desde el principio la diferencia entre la vulgaridad y la búsqueda de la excelencia. “Picasso es español; yo también; Picasso es un gran artista; yo también; Picasso es comunista; yo tampoco”, dejó dicho Dalí en uno de esos encontronazos dialécticos que han pasado a la Historia. Adolfo Marsillach lo recuerda en sus memorias, “Tan lejos, tan cerca”. Picasso, aparentemente más serio, las mataba callando; Dalí, más obviamente irónico, e histrión, las callaba matando. Dos genios.
Una vez fui a Nueva York a ver una antológica de Jackson Pollock en el MOMA, pero a la hora de la verdad tuve que decírmela en silencio a mí mismo: pasé más tiempo delante de “Las señoritas de Avignon” que en todas las salas que ocupaban los enormes lienzos de mi pintor favorito en el siglo XX. Ese cuadro de “Las señoritas de Avignon” lo tiene todo, como “El gran masturbador” (incluso lo que tiene de pertubador y provocador en el título), y la gente cree que ese Avignon tiene que ver con el nombre de la ciudad francesa, que sí, pero no en el sentido en que la gente lo cree: las “señoritas” no son de Avignon, sino de un antro que había en Barcelona que estaba en la calle Avignon en tiempos de Picasso (allí lo pintó) y que, después, ya en mi tiempo, en los 70, fue el primer restaurante, que yo recuerdo, que puso a disposición de sus clientes la llamada “nouvelle cousine”. Recuerdo la primera vez fui a aquel restaurante, con mi primer editor, el poeta Enrique Badosa, y Luis Bettonica. Fuimos atendidos por Ramón y por su hija, no recuerdo ahora bien su nombre, una muchacha muy bella y llamativa que terminó por casarse con otro de los grandes gourmets de España, el ilustrado periodista Néstor Luján, que decía que desde el Renacimiento para acá lo único que le importaba era la gastronomía. Hubo, como no podía ser menos, larga conversación sobre Picasso y La Gut de Avignon, que así se llamaba el fantástico restaurante, y a mí se me metió en la cabeza escribir una novela, un relato, sobre aquellas muchachas que trabajaban allí y el momento de inflexión artística, la etapa de Barcelona, en la que Picasso pintó el cuadro. Seguro que hay por ahí expertos picassianos que saben el nombre y la vida de aquellas “señoritas” y la relación personal que Picasso tuvo con ellas. Pero si no se ha llegado a ese fondo, no sería mala idea escribir ese relato. En cuanto a Dalí, escribió mucho más que Picasso, y pintó mucho más, y fue más falsificado que Picasso. Sus libros son una maravilla donde se aprende mucho no sólo del arte de pintar, sino del arte de la vida. “Ávida dollars”, llegaron a llamar a Dalí, y sí: le gustaba el dinero (como a todo ser humano inteligente; o a casi todos, por no pelearme con algunos de mis lectores que no estén de acuerdo con esta afirmación).
Otra vez, Oscar Domínguez se fue al estudio de Picasso con una obra que el mismo Domínguez había pintado. “Maestro, hágame el favor, fírmemelo, que necesito venderlo por 25.000 francos”. Era un Picasso pintado por Domínguez, una falsificación de las muchas que Domínguez hizo de Picasso. Tal vez Picasso, en su genialidad, era más generoso que Dalí en la suya, más histriónica y perversa, más mediática (muchos ilusos llegaron a tomarlo por payaso, pero así es la vida con los genios).
Tengo para mí que Picasso fue más venerado que Dalí porque Picasso fue siempre antifranquista y, aunque Dalí,no fuera del todo franquista, lo era bastante y, en todo caso, se dejaba querer por el franquismo y su Caudilllo, un tipo execrable que paralizó España durante los cuarenta terribles años de su mando sobre mi país. Desde luego, si tengo que elegir uno u otro de los genios de los que aquí acabo de hablar, escogería casi siempre a Picasso, aunque hay obras de Dalí que no las cambiaría por nada, tal vez ni por un Picasso. Como no me vi nunca en esa circunstancia no estoy seguro de lo que digo al final de este comentario. Ya vería, si se me diera esa ocasión en lo que me queda de vida.

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Una aparición

  • La primera vez que fui a la India lo hice invitado por una línea aérea alemana, junto a un grupo de periodistas españoles. Entrar en Delhi fue para mí un choque intelectual que todavía recuerdo: que la gente más mísera se moviera en medio de templos gloriosos y opulentos palacios me hizo detestar, aún más, la religión de las castas que los indios de las élites manejan para someter al populacho. La mierda y el loto, la India, moviéndose en las mismas coordenadas.
    Visitamos Delhi de arriba a abajo, y en un día cualquiera, mientras bebía una cerveza en una terraza más o menos decente, se me acercó un italiano a pedirme un “biri”, un cigarrillo popular indio que yo estaba fumando en ese momento. Se sentó junto a mí sin pedir permiso y me contó parte de su vida. Estaba feliz de haber dejado atrás todas las trabas del mundo occidental, estaba feliz de vivir en la calle, en un rincón de Delhi cada noche, feliz de andar como un pordiosero perdido en una página de la Biblia. Fuimos a Jaipur y a Agra, y vi por dentro y por fuera, por primera y no última vez en mi vida, el Taj Mahal: impresionante y, como dice Tagore, “una lágrima en el tiempo”. Tras cuatro o cinco días de carretera, donde no perdimos la vida de puro milagro, volamos a Bombay. Desde el avión, la inmensa ciudad india parecía tan sólo un interminable territorio de pobreza, lleno de construcciones de aluminio y miseria. Pasamos por una playa, y divisamos a lo lejos la Isla Elefanta. Esa misma noche, volvimos a esa playa que estaba llena de indigentes y miserientos, pobres inmensos que parecían salidos del infierno y que pasaban por aquellas arenas contaminadas de lo peor del mundo. Y aquí, en Bombay, ocurrió la aparición. Ya he hablado en otras ocasiones de este episodio, pero de vez en cuando lo recuerdo entre sueños, o entre recuerdos que vuelvan de un lado para otro en mi cabeza. Estábamos haciendo tiempo en el lobby del hotel, hasta que llegara el autobús a buscarnos y llevarlos al aeropuerto. Nos contábamos pequeñas anécdotas de nuestro viaje, hablábamos de las compras que habíamos hecho, sedas, camisas, trajes, y una gran cantidad de objetos todos falsificados. Un amigo contó que un día le dio pena de un niño que andaba desnudo por la calle y entro con él en una tienda y le compró ropa. Cuando los dos salieron a la calle, el niño indio ya vestido, una jauría de niños indios se abalanzó sobre mi amigo exigiéndole que a ellos también los vistiera. Tuvo que salir corriendo como un loco, entrar como pudo en un taxi y llegar al hotel como lugar de refugio. Yo les hablaba a mis amigos de la historias de españoles en la India que me había contado Krisna Sharna, un guía indio que había aprendido los rudimentos de español escuchando cantar a Julio Iglesias. Hubo un momento en que salí a fumar un “biri” a la puerta del hotel y vi allí ya el autobús con el motor encendido esperando por nosotros. Me di un par de vueltas por las cercanías del hotel, mientras observaba por última vez en mucho tiempo, y en el silencio de la noche profunda, la City de Bombay, una especie de barrio londinense, elegante y que parecía estar muy lejos de la pobreza de Bombay. De repente, desde detrás del autobús, salió una niña de unos catorce años, una adolescente india bellísima , con unos ojos verdes imponentes, harapienta en sus vestidos pero brillante en su cuerpo. En la noche de Bombay, aquella aparición de hizo tambalear. ¿Cómo había podido aquella muchacha tan pobre, llena de miseria, sucia de cuerpo pero -yo estaba seguro- limpia de corazón hasta el fondo de aquella parte de Bombay, un barrio de negocios internacionales lleno de lujos y de hoteles y restaurantes de cinco estrellas, saltándose muchos kilómetros de la barrera invisible que separa la gran riqueza de la enorme pobreza? Me extendió la mano pidiendo unas monedas. Yo estaba absorto en su belleza y la juzgue una aparición divina. Saqué como pude un billete de mi bolsillo, y salió uno de diez dólares. Se lo di a la niña. Ella miró el billete, puso cara de asombro, como que había sucedido un milagro, me sonrió, me hizo una reverencia y se escondió detrás del autobús. Entre corriendo en el lobby del hotel y llamé a Luis Mariñas, que había viajado con nosotros a la India. Le dije que salieras para que viera la belleza de aquella muchacha india y para que le diera un billete de diez dólares de modo que se repitiera su expresión de alegría en su rostro. Cuando salimos ya se había ido. “Fue una aparición”, me dijo Mariñas. “Es posible”, le dije, “pero a mí, en mi bolsillo me faltan los diez dólares que le di”.

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