Grecia

Estudio lengua, literatura, geografía e historia griegas desde que tenía quince años. Sé que Grecia era una geografía, y una historia, pero no un país ni una nación Era Atenas, la pólis por excelencia. Toda la mitología europea nace en Grecia, la copian los romanos y los germanos, todos la hacemos nuestra. Y nos creemos que la mitología tiene que ver con la vida de los griegos y con los griegos mismos. En el mundo moderno, digámoslo claro, Grecia no es nada desde el punto de vista económico. Entre Irlanda y Grecia el PIB de apenas el 5% de la Unión Europea. Los problemas de la Grecia actual están creados por mismos griegos, según uno de sus más grandes intelectuales contemporáneos, Markáris, a quien hace meses escuché en el Hotel Santa Clara de Cartagena de Indias anunciar a dos periodistas que si ganaba Siryza las elecciones y Tsipras se hacía con el poder en su país sería el desastre.
En el gobierno de Tsipras creció un rebelde rico, casado con rica heredera además, el señor Varufakis que vino a Bruselas muchas veces a decirles a los jefes europeos de la economía que él era un genio que tenía todas las soluciones para Grecia y para Europa. Pero, en ese mismo momento, de su
propia definición venía a exigir que,en efecto, los líderes europeos de la economía aceptaran que él era un genio, además rico y guapo, muy apuesto y atractivo, y que, por tanto, los criterios de los líderes europeos debían someterse al de él, representante de la ruina griega.
No importaba, pues, que los griegos no pagaran lo que debían, ni se atuvieran a razones de negociación para extender en el tiempo una solución para todos, pero sobre todo para los griegos. Porque hay mucha gente que cree todavía que los griegos, en su conjunto cono sociedad, son una sociedad moderna e integrada en las leyes europeas, aún sabiendo que no es así. La fiscalidad es una desastre: pagan cuatro. El Ejército, con la excusa de que ejerce de tapón frente a Turquía, es más caro incluso que el alemán. En cuanto a las pensiones, es un escándalo. No están jubilados sólo los que deben estarlo por edad y contribución al trabajo a lo largo de sus vidas, sino gente con treinta y cinco y cuarenta años, que no da un palo legal al agua, que cobran la pensión y trabajan además en la economía sumergida. Es verdad: la deuda griega es impagable, pero la culpa de esa deuda es fundamentalmente de los griegos. Para la Comunidad Europea, Grecia es un desastre, sus dirigentes son un desastre, la costumbre de la indolencia es terrible entre los griegos, y “los dioses proveerán” es la celebración nacional y cotidiana. Para decirlo con claridad: los griegos son peor que lo que somos los españoles, que somos casi los peores de toda Europa, en casi todo, pero los primeros, juntos con los italianos, en picaresca social.
Ahora Grecia ha llegado a un acuerdo (a la fuerza ahorcan) con la Comunidad Europea. Hay mentalidades de todo género en las redes sociales que culpan a los “ricos europeos”, sobre todo a los alemanes, de ser los responsables de la ruina de Grecia. Por desconocimiento, mala fe o superstición ideológica, esas mentalidades, casi siempre situadas en una izquierda arcaica, incomprensible y llena de resentimientos, culpan sin matices a Europa de lo que está pasando y va a pasar con Grecia. Hace años escribí un artículo explicando por qué Grecia no debería hacer entrado nunca en el euro, que se hizo como simbología política y política de integración por parte de los europeos y que el futuro depararía la tragedia. Ha sucedido: esta tragedia de hoy en Grecia es la tragedia del futuro en toda la Comunidad, si no se modernizan griegos, irlandeses, españoles, portugueses e italianos, que somos los que nos tomamos a broma esto de la Unión Europea. Incluso hay gente en Portugal, y en España, que quieren volver a la moneda antigua. ¡Qué hubiera sido de nosotros con la peseta tan sólo hace cuatro años! La ruina total.
El futuro de Europa está en el aire porque uno de sus cimientos simbólicos más afectuosos, Grecia, no funciona. no quieren tampoco funcionar, llegan a un acuerdo en el que sus líderes no creen, y lo dicen a tumba abierta, y han estado mareando la perdiz con el genial Varufakis desde hace casi cinco años.
El señor Varufakis es muy libre de portar con orgullo el odio de los acreedores, como ha dicho a los periódicos, experto como es en dar titulares que parecen sacados de la literatura homérica. El señor Varufakis no tiene nada que ver con Ulises, ni Grecia es Ítaca, ni Tsipras es Agamenón. De eso, nada tiene que ver con nada. La ruina griega se ha cimentado sobre los errores griegos, sobre el modo de vivir de una sociedad que se cree libre de todo pecado. O que cree que es fácil echar la culpa de sus pecados al resto de los europeos.

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El frufú de los tafetanes

Cuando hay habitaciones, siempre que voy a Bogotá, me hospedo en el Hotel (de la) Ópera, en la Calle Diez, barrio de Candelaria. El barrio está lleno de historias y de Historia, y la Calle Diez es su emblema esencial: allí está la actual Cancillería (frente por frente del hotel) y, un poco más arriba, hacia la montaña, el Instituto Caro y Cuervo, en pleno auge de nuevo. Desde que llegué al Ópera por primera vez, fui tratado como un viejo marqués, con rango y jerarquía, y me dieron la habitación exterior que da frente por frente con la ventana por la que se escapó Bolívar cuando lo fueron a matar durante su estancia en la capital bogotana. Dice la historia que el Libertador saltó por la ventana como un jabato, con la espada en la mano y así salvó su vida. Conocía la historia pero no la ventana hasta que llegue al Ópera pro primera vez. La verdad es que la ventana está a menos de un metro del suelo y no creo que el Libertador, a pesar de su mínima estatura física, tuviera que hacer mucho esfuerzo para saltar desde el interior a la calle. El caso es que tuve que cambiar de habitación: los turistas desde por la mañana a la noche no me dejaron dormir, ni descansar ni escribir. Aquello era un incesante peregrinaje, terrible para alguien que quiere dormir mientras el vocerío callejero le destruye sus ilusiones y sus sueños. En la habitación interior que ocupa siempre que voy al Ópera dicen que vive un fantasma (ya somos dos), pero debe ser de los buenos y un fantasma porque aquel espacio me provoca calma y sosiego hasta el desayuno del día siguiente.
En realidad, la leyenda sostiene que la Calle Diez del barrio de Candelaria está llena de episodios raros, apariciones de fantasmas que van y vienen en medio del tiempo y los siglos. Doña Elvira Cuervo, pariente del Cuervo sabio que inventó el Instituto para hacer un diccionario vendiendo cerveza, nos contó en una ocasión, en una habitación del mismo edificio del Instituto, que su padre quiso comprar el caserón en un momento determinado, cuando ella era una niña. Lo sabía de cierto porque lo había acompañado a las negociaciones y, en cierto modo, había intervenido para que fracasara la operación de compra. Todo iba muy bien y su padre estaba decidido a comprar el palacio. En cierto momento, el señor Cuervo preguntó que si en la casa habitaba algún fantasma. El vendedor, circunspecto y honrado, le respondió al señor Cuervo que sí, que había un fantasma señorial, una señora que salía a recorrer el palacio de vez en cuando en las noches. Resulta que el aposento del fantasma, según doña Elvira, era el mismo lugar en el que estaba contándonos la historia, mientras tomábamos un té caliente. Vuelvo al vendedor: “De vez en cuando, en la noche, en esa escalera” (que era la escalera madre del edificio, de madera negra), “se oye de hecho el frufú de los tafetanes de la fantasma”, dijo. La niña que era doña Elvira apretó entonces la mano de su padre, muy asustada, y le dijo que no comprara la casa. El palacio no se compró, lo que no quiere decir que todavía por las noches, escalón a escalón de la escalera negra, no se oiga de vez en cuando el frufú de los tafetanes de la fantasma.
Hay mucha gente que no cree en los fantasmas y en los espíritus, que -en cierta manera- es como no creer en la energía, la que no conocemos y a veces sentimos de cerca. En mi caso particular, expreso por escrito una vez más mis respetos por los fantasmas y los espíritus que ocupan su lugar en el aire y que se dejan ver de cuando en cuando. Tengo un amigo que se encontró con un fantasma sonriente, otro fantasma amigo, mientras recorría una exposición de pintura en el Reina Sofía, en Madrid, y yo mismo me he hecho el loco, como quien no quiere la cosa, alguna que otra vez que se sentido cerca de mí algo muy parecido al frufú de los tafetanes de la fantasma del Instituto Caro y Cuervo en Bogotá. Trabajé unos meses en lo que hoy es la Casa de América, junto a la Cibeles, en Madrid, palacio que está, según se sabe, lleno de fantasmas. Bueno, pues resulta que todos esos fantasmas fueron para mí aliados que me animaron en silencio a seguir al pie del cañón luchando contra los fantasmas vivos que me habían la vida imposible en aquella casa. Finalmente, abandoné la Casa de América y dejé allí amigos fantasma muertos y muchos enemigos fantasmales vivos. Hoy, con tanto calor, me he acordado del frufú de los tafetanes y por eso mismo les he contado este cuento a ustedes, mis lectores. Espero que les haya gustado y les sirva como recuerdo de algún encuentro que hayan tenido con un fantasma bueno, de los que no le hace daño a nadie.

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Diario del estío (2). El Viena

Me he pasado más de veinte años, durante todos los veranos, desayunando en la Cafetería Viena, en mi pueblo de la Sierra de Madrid. Estuve hoy en ese mismo pueblo, con la ilusión de desayunar. Imposible. Han cerrado el Viena. Se quedan dentro muchas horas y grandes recuerdos, y en la terraza muy buenos ratos de charla afablle, veraniega y distendida. Nada dura lo que cualquiera imagina. Pero desayuné churros, en otro lugar, y no estuvo mal.
Calor y sol. Trabajé unos párrafos del prólogo de un libro escrito a cuatro menos por dos amigas, María Dolores de la Fe, ya fallecida, y Teresa Iturriaga, que está ahora en la Isla de Elba, donde vive una de sus hijas. Me gustó escribir sobre estas dos escritoras, a las que unía la literatura y la amistad. Y la cercanía de la isla. En el prólogo hablo también de mi amistad con ellas dos. Espero que el prólogo esté terminado antes del próximo fin de semana, para enviárselo a la editora del libro.
Un par de horas corrigiendo textos del ensayo-manual “Para leer a Vargas Llosa”. He de tenerlo terminado en octubre, para que sea editado en marzo del 2016, cuando el Nobel cumpla ochenta años. Muchos años y muy fructíferos. MVLL es de los que cree que la escritura literaria no puede dejarse. Yo pienso que es como la lujuria: si tú la dejas tres meses, ella te deja seis. Y si lo vas dejando, terminará por olvidarte. La escritura literaria es pasión insaciable de la misma índole: obsesiva e imparable.
Cinco baños de piscina: cada veinte minutos mientras escribía lleno de silencio.
No he visto televisión. La música es la del aire de la Sierra que, cuando mueve las copas de los árboles, aunque sea tenue y suavemente, alimenta la vida.
Mañana en la mañana: quiero trabajar en la novela.
Ayer, por la tarde, llegó la noticia desde Nueva York. Jorge Covarrubias, Secretario de la ANLE (Academia Norteamericana de la Lengua Española), me comunica que he ingresado en la prestigiosa institución por votación mayoritaria de los académicos. Una buena noticia.

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Diario del estío (1). OMAR

Inolvidable personaje. Lo veía con frecuencia caminar por Recoletos, camino de su casa de Madrid, en la calle de Alcalá, por encima de la Cibeles. Tenía una camisería fantástica, de algodón egipcio. Era un hombre amable y educado. Siempre sonriente. A veces lo paré para cruzar con él un par de palabras, siempre finas, elegantes. Cuando estaba sentado en el Gijón, en mi salsa, y él pasaba por la acera, lo saludaba a gritos. ¡Omar! Omar!, y él saludaba siempre con afecto y cercanía. Mi complicidad con él estuvo siempre ligada a sus dos grandes películas. Y a su voz, tan afable. Y a su humanidad.

Día de calor en Madrid el que los dioses escogieron para llevarse de viaje a Omar. Un amigo. Día de calor hasta en la sierra de Madrid. En mi casa, en el jardín, tomo el sol de la tarde, y comienzo a escribir con disciplina de nuevo.

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El prestigio de la memoria

El prestigio de la memoria es, en estos momentos, enorme. Hace apenas dos generaciones, la memoria fue relegada en el mundo occidental como una suerte de rémora inservible (perdonen la redundancia), un apéndice inútil que no decía nada en beneficio del “memorioso” o memorión. El memorión, en su caso, era eso, un memorión, alguien con mucha memoria pero sin mucho talento, o más bien nada de talento. Las ciencias prácticas, y economicistas, se hicieron cargo del canon del prestigio occidental y la memoria era un simple juego que no añadía nada a nadie. Se nos olvidó que la memoria es la persona con todas sus características. Se nos olvidó que somos porque recordamos. Se nos olvidó que la facultad de la memoria hay que organizarla y articularla para tener dispuesto cualquier instinto de propia conservación, el derecho a reconocerse cada uno como es, con todas las diferencias que haya entre nosotros. Se nos olvidó que olvidándonos de muchas cosas llega al final el olvido total, y ese alemán que empezó hace unos a robarnos las cosas termina por quitarnos de la cabeza que somos y quienes somos. Y terminamos por no ser nada ni nadie. Sin embargo, quienes memoriones creíamos siempre que la memoria personal era un arma cargada de futuro, e incluso un arma de destrucción en defensa propia, no hemos hecho en la vida otra cosa que un ejercicio de memoria constante, una gimnasia necesaria para nuestra vida y el desarrollo de nuestra personalidad. La memoria es todo o casi todo, porque si no se recuerdan los conocimientos de cualquier cosa, esos conocimientos no existen.
Cada vez que tengo que recordar muchos nombres y se me olvida alguno me lleno de terror. Durante días, sin usar en ningún momento los elementos electrónicos y los diccionarios tecnológicos que me resolverían en un segundo mi pequeño o gran problema, busco y rebusco en los archivos de mi propia memoria el detalle del que no me acuerdo. Hasta que, tras ciertos esfuerzos y ejercicios de memoria, aparece resplandeciente el nombre de la ciudad olvidada. Guillermo Cabrera Infante me dijo una vez que los escritores lo somos gracias a nuestra memoria y que es ahí, en la memoria, donde reside parte del gran talento de cualquier escritor. De cualquier persona, diría yo.
Lo terrible es ver tanta gente enferma con algo que se llama demencia senil y que hay que tocar madera y recordarlos para que de ninguna manera nos entre a nosotros el bicho del olvido. Mucha gente, sea dicho de paso, no quiere sino olvidar los malos momentos de la vida y envía al cerebro órdenes negativas diciéndole que se olvide. Mucha gente no saben cómo funciona el cerebro, y yo tampoco, y enviarla ondas negativas para bloquear la memoria puede ser tan malo como que todas esas órdenes se hagan intemporales y se queden ahí, en la memoria, anulándola para siempre. Puede o no, porque la vejez nos trae un cansancio de memoria que a veces es natural: tanta información termina matando la propia información y liquidando la memoria de las cosas malas y la de las cosas buenas.
Por ejemplo, una persona rencorosa, como es mi caso, lo es porque tiene mucha memoria y no quiere olvidar nada. Ni las cosas buenas, ni las malas. Otra mucha gente, con tal de no ser rencorosa y “vivir feliz” se olvida de los males que ha sufrido y a veces termina por no acordarse tampoco de las cosas buenas. Sencillamente, termina por no acordarse. En una novela de García Márquez, creo que en “El general en su laberinto”, hay un general que expresa su felicidad constante con una sonrisa bobalicona que no cambia nunca. Lo que ocurre, en realidad, es que ese general no se acuerda de nada ni de nadie, le sonría incluso al enemigo en trinchera y es feliz por eso, porque no se acuerda de nada. Ni de su nombre. Ahora se sabe, tras arduas investigaciones científicas, que hay un rencor bueno, que alimenta eficazmente la memoria, y un rencor malo, que va matando al rencoroso hasta acabar con él. Mi rencor, como mi memoria, está alimentado por frutas buenas, por el recuerdo de todo, y no olvido fácilmente una falta de respeto ni una intromisión en mi vida. Es muy bueno recordar, aunque o sean recuerdos felices los que se mantienen en la memoria. Lo peor es olvidar, hacer como que las cosas nunca sucedieron como se recuerdan y pasar a otro cosa como si nada. Malo para la memoria, malo para el recuerdo y malo para la vida. En cambio una memoria frondosa, ordenada, fuerte, siempre dispuesta a la defensa o al ataque de nuestra propia personalidad, que es en efecto parte de nuestra vida, es propia de quienes amamos la vida por encima de todas las demás cosas. Propia, en fin, de quienes gozamos mucho de esa misma vida, aunque algunas veces recordamos las malas pasadas de la vida, las cosas oscuras que tal vez nadie conoce y aquella parte en sombras de nuestra alma que nos reconcilia, sin embargo, con lo mejor de nosotros, con lo mejor que somos.

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En mi biblioteca

Orden en mi biblioteca hay sólo en unos pocos miles de libros que reposan en sus sitios exactos. Censados por orden alfabético de autores, encuentro con cierta facilidad los títulos que voy a buscar y que marcan referencia literaria en mi trabajo cotidiano de escritor. El resto de mi biblioteca es un desastre desde hace años: columnas de libros que sólo he ojeado en algunas ocasiones, libros que no deberían estar en el lugar que ocupan, nuevas columnas de libros que impiden llegar con facilidad a las ventanas de mi estudio, donde tengo la biblioteca.
Jesús Marchamalo, que tiene un programa espléndido de visitas a las bibliotecas de los escritores se ha quedado asombrado y perplejo al ver la mía, en la que para entrar hay que hacerlo con un plano en la mano para saber los caminos por los que hay que transitar sin riesgo de que una columna de libros se te venga encima. Tuve, le dije a Marchamalo, secretarios y asistentes de mi biblioteca, pero noté que me incomodaba su presencia cuando me ponía a escribir, que no me concentraba como debía y que aquel ser que estaba haciendo tanto bien al orden de mi biblioteca me estaba al mismo tiempo haciendo mucho daño a mí a a mi escritura. Porque nada me vuelve más feliz que escribir cuando estoy solo en mi casa, sin coger el teléfono ni abrir la puerta si el timbre suena. Nada ni nadie: yo solo conmigo mismo. Eso es fantástico.
Marchamalo me llamó también la atención por la cantidad de papeles sin orden que sobrevuelan las mesas en las que escribo. Me encogí de hombros y remití su memoria a una fotografía en la que Julián Marías aparece en su biblioteca personal como si acabara de caer sobre ella un terremoto de más de 8 en la escala más criminal del mundo. Le dije a Jesús que sé perfectamente dónde está cada papel que busco, pero es mentira: cuando busco papeles no los encuentro y cuando no los busco aparecen sin que yo nos necesite. Así es la vaina.
Le expliqué a Marchamalo que hace años dejé de escribir por las noches porque me entraba, a partir de cierta hora, una inquietud que me metía el miedo en el alma. Soy de los que creen que ciertos libros tienen vida, mucha vida y mucha alma, y salen a airearse por la noche, por los alrededores de la biblioteca en la que duermen durante el día. Una noche estaba escribiendo como un poseso, movido por la pasión de la misma escritura literaria, y a la derecha de la biblioteca, desde un estante normal y corriente, se cayó un libro al suelo. “Ya empezamos”, me dije, nervioso. Lo malo no fue eso, sino que ese libro, un título de V.S. Naipaul, fue buscado por mí y por mi ayudante durante todo el día sin que nuestras pesquisas dieran con él. Y cuando el ayudante se retiró de mi casa y me puse a escribir solo, como mandan mis propios cánones, el libro que habíamos dedo por perdido apareció. Era “India”, en una edición inglesa que yo había comprado en la Plaza Indira Ghandi de Delhi en uno de mis viajes tras la historia de unos españoles asesinados y su posterior misterio sin resolver. La novela está ahí, intacta, cociéndose en la paciencia. A veces le echo un vistazo, otras veces no la toco durante meses, pero está ahí y un día saltará sobre mi como un tigre salvaje y me herirá hasta que termine de escribirla y darla a la imprenta.
Una biblioteca que se ocupe y en la que se trabaja activamente tiene vida, mucha vida y mucha alma. Esas bibliotecas huelen a respiración libresca y hay que tener cuidado con las costumbres de los libros que tienen su propia respiración y su propia existencia. Aparecen y desaparecen cuando les da la gana, según un escondido recorrido de sus vidas y llenan la biblioteca de misterios que laten en el interior del estudio.
Les confieso que no sólo he sentido miedo en mi biblioteca. Una vez, en la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí, tuve entre mis manos el manuscrito en tinta verde de “Paradiso” o lo que quedaba de él. Páginas y páginas fantásticas escritas en una letra clara por el Gran Tótem del festín habanero de la palabra, José Lezama Lima, que murió de pena y sin salir de Cuba sino una vez en su vida. Una voz interior me decía que me llevara aquel original, que lol robara; otra voz me advertía de que cámaras ocultas vigilaban cada uno de mis movimientos y pasos dentro del recinto del tesoro, donde sólo se escuchaban en esos momentos los zumbidos del viejo aparato de aire acondicionado de la biblioteca. Algunas veces, cuando estoy solo en mi biblioteca, reflexionado sobra la nada y la literatura, recuerdo aquel momento habanero junto al alma de Lezama Lima. A veces me arrepiento de no haberme llevado algún capitulo del manuscrito. Otras veces pienso que me salvé al aguantar la tentación…

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La Isla del Doctor Castro

Cuentan las múltiples lenguas habaneras que el dictador Fulgencio Batista se gustaba muy poco. Sabía que era mulato y sargento, dos cosas que detestaba, pero impuso en Cuba una dictadura que sólo pudieron tumbar, años más tarde, aquellos muchachos legendarios de la Sierra Maestra que acabaron por convertirse también en dictadores. La isla de Cuba, tras el machadato y el batistato, cayó en las manos de quien el poeta Gastón Baquero llamaba “el Monstruo de de Birán”, Fidel Castro, el Supremo, el Dios de la Guerra, el Gran Loco, el Comandante en Jefe, el Doctor Castro. Cayó en sus manos y se transformó en un experimento militar, una dictadura férrea, paranoica y ruinosa que ha provocado hasta ahora un exilio de dos millones de personas y el desastre económico y social en la Historia de Cuba.
Por Fidel Castro han sentido verdadera fascinación periodistas, escritores, políticos, aventureros de todo pelaje y gentes de todo tipo cuyo resentimiento vital -más que por ideología por fracaso- los ha llevado hasta la adoración personal del dios máximo de la Historias de Cuba. Un ensayo titulado “Los guerrilleros en el poder”, de K.S. Karol, daba ya idea de por donde le entraba el agua al coco de los barbudos, qué querían de Cuba, (quedársela para ellos) y qué iba a pasar con el experimento. Pero la fascinación colectiva condujo a la leyenda al Che Guevara y a los hermanos Castro, Fidel y Raúl, Fidel en el papel del muchacho de la película y Raúl en el papel del malo del cuento. La añagaza de Castro para fascinar a sus ilustres visitantes que ya iban a La Habana entregados a la hipnosis del dictador era simple: estar al tanto de lo que pasaba en los países de los visitantes y desnortarlos con un a conocimiento superior al de ellos de sus propios países. Los dejaba asombrados. Si eran gringos, especialmente. Castro se hacía traer de los Estados Unidos el último ensayo sobre economía y sobre política que había sido publicado en los Estados Unidos, se lo entregaba para que lo tradujeran en menos de veinticuatro horas a una veintena de traductores y a un coordinador que lo leía, tal vez su consejero, asesor y “negro” de sus interminables discursos Antonio Núñez Jiménez, llamado “Cuevita”, y cuando llegaban sus visitantes el Doctor Castro daba una lección fantástica del último libro que ni siquiera sabían los gringos presentes que había sido publicado en su país. A Tad Szulc lo convenció a la primera, como a Oliver Stone. Los dos, en épocas diferentes, vieron a Fidel Castro como un dios griego contemporáneo, ayudado por millones de cubanos que repetían como becerros que hombres como Fidel sólo se daban una vez cada siglo. Eche usted y no derrame.
Sartre quedó entusiasmado con su visita a Cuba. “Tempestad sobre el azúcar” es el mediocre resultado de su viaje en el que el filósofo europeo fue derrotado por ko. por los bárbaros barbudos, los mismos que habían montado con talento y lentitud su régimen y su leyenda, acrecentada por la muerte en combate de Ernesto Guevara en el callejón sin salida de las selvas bolivianas. Toda una novela del fracaso de un mal militar, un asmático asesino cuya ansiedad lo devoraba día y noche. Miles de páginas han construido sobre el altar del Che Guevara la leyenda de un hombre entregado a la causa de la justicia, un nuevo Cristo al que losa poderes imperialistas de la nueva Roma sacrificaron en el fin del mundo. “La vida en rosa”, de Jorge Castañeda es, sin embargo, un ensayo a releer constantemente ante la ignorancia colectiva y los aplausos y llantinas por Ernesto Guevara. “Retrato de familia con Fidel”, de Carlos Franqui, guerrillero de primera hora de la Sierra, amigo y luego enemigo del castrismo deja ver, tan claro como “el caso Padilla” después, los tintes dictatoriales de un tipo violento que había conquistado el mundo de su imagen y su imagen en el mundo diciendo y contando mentiras de muchos quilates sin que la gente se diera cuenta. Los dos tomos de “Autobiografía de Fidel Castro”, escritor por quien fuera un “raulito” de las grandes ligas y cronista de las hazañas de las tropas cubanas en la guerra de Angola, Norberto Fuentes, dan clara idea de quien es en realidad Fifo (así lo llamaba Reinaldo Arenas en el “Calor del verano”), el “Monstruo de Birán”, un dictador que detestaba y detesta a los intelectuales, creadores y escritores, a los que tiene, salvo que le sirvan para su proyecto totalitario, como gandules y crápulas del sistema.
García Márquez, amigo del Doctor Castro, escribió una novela, una de las mejores que escribió, titulada “El otoño del patriarca”. Salvo en pequeños episodios que se pueden atribuir a otros tantos decadentes escritores, la realidad de la Historia ha coincidido al final con la verdad de las mentiras que es una novelas. Relean la gran novela, tengan en la mente al Doctor Castro, veánlo ahora pasear en chandal por el jardín de su palacio real, su casa de La Coronela al oeste de La Habana, observen sus manías, sus locuras a veces divertidas, sórdidas o sentimentales. Vean cómo quiere vender el mar en la vejez para ser más rico y poderoso aún de lo que es. Vean sus demencias seniles y sus juegos infantiles: vean su maldad: Vean a Fidel Castro retratado tal vez sin que García Márquez fuera consciente del todo de ese fenómeno. O tal vez sí: tal vez fue consciente, tal vez se dio cuenta que servir al dictador como un bufón de compañía iba a reportarle la complicidad del texto literaria, de una extraordinaria belleza. Con razón sostiene el poeta y periodista Raúl Rivero que, hasta el momento, no está demostrado que Fidel Castro, el Doctor Castro ya en estado seco, sea mortal. “Será mortal, no lo sé, pero por el momento es inmorible”, dice con sorna habanero el poeta Rivero. Inmorible: eso es. Inbmorible y legendario, mientras fallecen a su lado todos los amigos que lo acompañaron en el gran proceso hacia las estrellas y sus enemigos, en la lejanía, fuera del cielo que el dictador creó como un gran experimento.
Alfredo Guevara, un cardenal ateo de la Revolución, un ilustrado internacional, gay fino y gran asesor áulico del Doctor Castro, además de ser el fundador del moderno cine cubano, murió hace un par de años en su casa de La Habana. Lo que ocurrió después es digno de la mejor novela por escribir sobre la decadencia paranoica del castrismo. Una jauría amaestrada del G2, la Seguridad del Estado Cubano, entró en la casa de Guevara a desmontarla de desde los cimientos hasta el penthouse. Buscaron como locos en la biblioteca, en los archivos, dentro de las paredes, tiraron mamparas y tabiques, destruyeron muebles, robaron cuadros de gran valor y dejaron la casa, al final, como un campo de batalla lleno de muertos. ¿Qué buscaba la Seguridad del Estado? Ahí está la novela por escribir. Dicen que buscaban las memorias escritas de Alfredo Guevara, desde el batistato hasta su muerte. Un testigo de siempre de la Revolución no puede dejar su testamento a la intemperie. Otras versiones van más allá, y habrá que preguntárselo al babalao de turno. Dicen que lo que buscaban las termitas del G2 son las memorias del doctor Castro que tal vez fueron escritas por su amanuense de confianza, precisamente Alfredo Guevara. Voilé. Lean “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura y saquen conclusiones de la terrible tragicomedia de de Cuba, el gran experimento del “inmorible” Doctor Castro.

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Como una novela negra

Según podemos ver, oír y leer en estos tiempos nuestros, la vida se ha vuelto una novela negra, una novela de sucesos muy policíaca en la que ocurren cosas increíbles, hasta que ocurren, y la lógica aristotélica parece no regir ya ninguna norma de la vida. Quizá por eso muchos escritores de ahora se han metido de hoz y coz a escribir novelas negras, novelas como la vida misma, que es negra, y es una novela y un suceso que se puede escribir. Siempre hubo novelas negras que recogían episodios macabros de ilimitada imaginación. El cine y la televisión ha hecho de los guiones negros un género fílmico que no para de producir beneficios y de crear leyenda y mito. Hubo para mí grandes creadores de esta mal llamado subgénero, porque subgénero es sólo aquella escritura pretendidamente literaria que no alcanza los mínimos estéticos para ser llamada literatura, mientras que la novela negra, tal cual, en manos de un genio literario como Hammett, llega al cielo con mucha más facilidad que la de otros escritores supuesta o realmente literarios. Ya sé que todo cuanto expongo, que queda como reflexión y en ningún momento como dogma, es discutible, y tal vez de eso se trate también de escribir para provocar un debate, como hace el cubano Leonardo Padura, que negocia su escritura literaria, negra o mulata, lo mismo me da que me da lo mismo, con un policía, un investigador del alma negra del ser humano, a quien bautiza como Mario Conde.
Ahora leo, asombrado, una novela de Claire Kendal que me acaban de enviar desde la editorial Anagrama, en Barcelona: “Sé dónde estás”. Es impresionante y digna de leer para aprender, precisamente porque el lector llega a la conclusión con la inicio este comentario finisemanal: que vivimos una novela negra que vibra a nuestro alrededor sin que nos demos cuenta. Entre las novelas negras que adquiero en librerías y las que me envían hay muchas que me gustan y otras que detesto desde las primeras páginas. Lo dicho, todo el mundo quiere ahora ser escritor de novelas negras como si, en efecto, la novela negra fuera fácil de escribir y no significara más que un simple entretenimiento de lectura. Lo más que me interesa ahora de la novela negra, tan detestada por profesores universitarios que se levantan todos los días pensándose creadores del canon occidental, es distinguir entre aquellas que están escritas por verdaderos escritores, los que desde luego entran por el agujero de una aguja gracias a su exquisitez de escritura literaria, y todos los advenedizos y actores de reparto que quieren participar del festín de la gloria literaria sin apenas haber leído tres o cuatro títulos clásicos. Es decir, lo que me gusta es distinguir quien es escritor de novelas negras porque ha sido antes lector de literatura y quien o quienes no. Y hay una gran cantidad de escritores de novela negra que no han sido lectores de nada. Para llegar a los pies de Hammett hay que estar en San Francisco y recorrer las calles de una ciudad y un mundo violento que fabrica al escritor para que el escritor fabrique el mundo literario y negro de la novela. Para llegar a Kendal y a su “Sé dónde estás” hay que andar mundo en la lectura de muchas novelas, como lo hizo Cortázar, gran lector de novela policial y negra. Como lo hizo García Márquez y como lo han hecho siempre los verdaderos escritores literarios. Siento mucho sospechar de todos los que llegan a la literatura, a la novela negra en este caso, como método para ser famosos, ganar lectores como novelista de crímenes nada verosímiles o retratar universos que aburren por lo mal escritos y lo poco inteligentes que nos resultan al leerlos.
Estoy diciendo lo que siempre he dicho como teórica: la experiencia personal es importante para la vida. Haber vivido en un burdel da mundo, por ejemplo, o haber sido policía. O camarero en un cubil de ratas urbanas. Pero hasta el asesino o el policía más inteligente, si no han leído todo lo que hay que leer, hasta elementos de psiquiatría, por ejemplo, no podrán, salvo excepciones, escribir una novela negra, blanca, mulata o mediopensionista. La lectura antes que nada: ese es el fundamento de todo buen novelista. No por escribir una novela negra se está trabajando el escritor que lo tilden de subescritor, sino porque no ha leído lo suficiente para escribir una novela literaria en toda la conjunción de sus argumentos. Lo sé porque me pasé leyendo y escribiendo “mi novela negra” más de cinco años: leyendo documentos históricos, geográficos, leyendo manuales de anatomía, recorriendo los lugares del crimen, organizando los materiales de la novela, su estructura interna, sus personajes, las voces de esos mismos personajes, las razones y sinrazones de “El Niño de Luto y el cocinero del Papa”, leída como una novela “normal” por los críticos que nunca vieron que mi intención fue escribir una novela negra en el centro de La Habana, sobre un crimen que sucedió de verdad y sobre el que se echó tierra oficial para que prosperara el silencio total sobre tal episodio.

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Bogotá Norte

Óscar Collazos: la última vez que lo vi, en el Teatro Heredia de Cartagena de Indias, en pleno Hay Festival, ya estaba gravemente marcado por la grave enfermedad que hace días se lo llevó del aire. Lo conocí en la Barcelona de los 70, con el “boom” estallando” en cada esquina del universo editorial. El Hombre se metió en discusiones con Vargas Llosa y Cortázar. El hombre escribía todo el tiempo y daba la lata en interminables tertulias donde siempre pretendía llevar la razón. Después, lo perdí de vista durante muchos años, aunque seguí leyéndolo, hasta que en los últimos tiempos, así es la vida, nos hicimos amigos y en Cartagena de Indias, Valencia (Venezuela) o Bogotá bebíamos tratos de un ron que él me descubrió: el colombiano Tres Esquinas. Siempre en torno a la literatura y la política, nuestras conversaciones se hicieron cicatrices en la memoria y para mí, finalmente, encontrarme con un hombre como Collazos, que a fuerza de disciplina se había convertido en un hombre libre, era un verdadera privilegio. Un ELA galopante acabó con su vitalidad asombrosa y ya no podremos escuchar de su voz historias y asuntos que terminaban en grandes carcajadas de celebración. Era un caribe redomado y divertido. Una vez me metí con una amiga suya en una de nuestras conversaciones. “No sigas por ahí, es muy amiga mía”, me advirtió. “Eso te honra”, le dije, “defender a los amigos, aunque algunos no sean defendibles”.
En una de esas reuniones, una noche nos llevó a un grupo de escritores a un antro que estaba en Bogotá Norte. En un rincón del alma de aquel lugar había amistad, camaradería y lealtad. Estábamos el puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, vestido de blando impoluto de los pies a la cabeza; el argentino Ricardo Piglia, que nos dio esa noche una lección de sus profundos conocimientos sobre el tanto; Rafael-Humberto Moreno-Durán, colombiano de pura cepa a quien nosotros llamábamos amistosamente R-H positivo (por su gran optimismo vital, verbal e intelectual; algunas mujeres muy guapas que esperaban a escritores mexicanos que no llegaron nunca; el mismo Collazos, acompañado por Eligio Yiyo García Márquez y yo mismo. Una fiesta de trago y estilo, de ingenio, verbosidad y recuerdos. En la madrugada, cuando la fiersta parecía comenzar a decaer, apareció en la sala -más bien saloncito- la famosa Totó La Momposina: venía a bailar e incluso cantar para nosotros. Óscar Collazos se había permitido el lujo de invitarla para que la conociéramos y fuera también para nosotros un privilegio poder verla cantar y, sobre todo bailar. La Momposina hizo maravillas, para mí inolvidables, y ahora, a la muerte de mi amigo Collazos lo recuerdo todo.
Estamos en una edad ya muy lejana de aquella de la noche de Bogotá Norte. Estamos al borde de un abismo en el que vamos a ir cayendo todos, uno a uno, y sin que nos demos cuenta de que el tiempo ha pasado para nosotros y que lo que estamos viviendo ya es un recuerdo lejano de lo que fuimos. Quienes amamos la vida hasta la desesperación, que ese es mi caso flagrante, vemos cómo se nos van nuestros amigos en esta temporada nada angelical que estamos viviendo. Óscar Collazos era de esos amigos necesarios con los que no había por qué estar de acuerdo siempre y tampoco estarlo viendo todo el tiempo. Nos encontrábamos por ahí: un día fui a desayunar al comedor del hotel de Valencia, Venezuela, en el que estábamos hospedados, yo sin saber que él estaba allí, él sin saber que yo estaba allí. El desayuno, cuando nos encontramos, fue una fiesta. Después, a la salida de Valencia, en vuelo a Cartagena, los “bolivarianos” lo retuvieron, lo bajaron del avión, lo encerraron durante cuatro horas en dependencias policiales y le advirtieron de que no les gustaba su libertad de palabra. A mí no me retuvieron cuatro horas, en Maiquetía, pero me hicieron el chantaje de pagar 50 euros por arreglar unos papelitos que, decían, no estaban en regla. ¡Cosas de la revolución! Revolución desastrosa que está llevando a Venezuela al infierno del que veremos a ver cómo y cuándo sale. En el Teatro Heredia, en Cartagena de Indias, Collazos estaba sentado (ya no se mantenía en pie), como ido de la cabeza. No hablaba, pero aún reconocía. Sonrió cuando nos acercamos a saludarlo Alonso Cueto y yo. Le hice una señal: que lo invitaba tomarnos un Tres Esquinas en cuanto terminara la charla de Le Clezio con Juan Gabriel Vásquez que nos había llevado allí. Melancólicamente se encogió de hombros, con la memoria de quien lo recuerda todo pero ya no puede repetir la jugada con la misma vitalidad que hace unos años. El otro día leí su esquela y me quedé helado. Otro amigo más que se fue. En paz descanse. Brindo por él con un trago de ron Tres Esquinas. Yo todavía puedo.

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Historia de una librería

La mayoría de las veces, las librerías tienen su propias historias secretas. Es fascinante conocerlas. Hablé ya alguna vez, y lo titulé “El héroe de la Albatros”, de Rodrigo Díaz, peruano, un caso de integración completa en el corazón de Europa, en Ginebra. Suiza. Rodrigo Díaz viajó primero de Lima a Rusia. Lo llevaron a Siberia a trabajar. Trancó allí, en el frío de la tundra esteparia, una bronconeumonía brutal al salir en la noche a la intemperie a 30º bajo cero de temperatura. Lo curaron a duras penas en un hospital, con gigantescas inyecciones de penicilina y, según él mismo, con grandes tragos de vodka bebidos a gollete y clandestinos tachos de marihuana que alumbraban las noches siberianas con humo de jazz neoyorkino. Una locura, que pudo matarlo pero lo hizo más fuerte. De Siberia saltó a Ginebra y encontró un trabajo de acomodador vestido de domador de leones en el Victoria Hall, donde se empapó de ópera hasta conocerla a fondo, como si fuera un avezado crítico de la música clásica. Se casó con una suiza rubia, Nathalie, y desde entonces puso en marcha su sueño demencial: abrir una librería de libros en español en el centro de Ginebra. Se lo propuso y lo hizo. La librería está abierta desde su fundación en un barrio lujoso de la ciudad del dinero callado, en el número 6 de la Rue Charles Humbert, rodeada por todos lados de las galería de arte más caras del mundo. Los horarios de la Librería Albatros me sonaron, en principio, a raros: abría y cerraba a ciertas horas extrañas, no había días fijos con horarios firmes, sino cambiantes según qué circunstancias. Hasta que Rodrigo Díaz, peruano, cuarenta y muy pocos años, me contó que su trabajo en el Victoria Hall le impedía abrir la librería a las horas que él querría y tenía que supeditarlo todo a la ópera, “que es lo que me da dinero para mantener la Albatros”, me dijo. Un héroe, pienso yo. Si se dan cuenta, el nombre de la librería es un guiño aventurero y nómada a Conrad. Además, publica (edita) y presenta libros con ese sello todas las semanas y por allí pasan escritores de la lengua española todas las semanas. De modo que Albatros es una fiesta constante de la literatura de lengua española, y nadie de los que viajamos a Ginebra, ricos, pobres o mediopensionistas dejamos de ir en peregrinaje intelectual a la librería de Rodrigo. Creo que esa humilde librería, grande de alma y de talento, es más que una pica en el corazón de Suiza, es un bastión intelectual que se levanta en medio de un universo al que sólo le interesa el espectáculo más lamentable de las televisiones y las comedias de barrio bajo. No dudaré, una vez más, en otorgarle a Rodrigo Díaz la categoría de caballero andante de la literatura de lengua española, un paladín resistente convertido en un gigante de los libros y la literatura de lengua española en el corazón económico de Europa. Sin duda, no es una exageración: es un partisano de los libros en una época y en un territorio donde ese objeto sacral parece sobrar por viejo y zorro, por inapropiado y políticamente incorrecto. Había que verlo en el Salón del Libro de Ginebra: se movía como pez en el agua, como jefe de filas del libro resistente, siempre con su sonrisa en los labios, divertido, pertinaz en la defensa de la literatura de la lengua española, siempre comentando las cosas más dispares y menos aburridas. Fue Rodrigo Díaz quien me llevó por primera vez al Cementerio de los Reyes, donde están los restos de Borges y Calvino, en medio de las tumbas de cientos de notables ginebrinos que dan lustre a la eternidad del lugar. Y él quien me inició en la fascinación por Grisélidis Marcelle Rèal, la presidenta y fundadora de Aspasia, la asociación internacional erigida en defensa de las prostitutas. Fue él quien me contó las primeras historias de la pintora extravagante, de la atrevida escritores y de la puta maravillosa que fue Grisélidis, y él quien me consiguió los libros que ahora estoy leyendo desaforadamente. A lo largo de mi vida me encontré con sorpresas muy positivas en mis viajes por el mundo entero, pero nunca pude pensar que iba a conocer a un héroe librero, el héroe de la Albatros, en Ginebra, y que fuera él quien me introdujera en la secta abierta de quienes adoramos a un ser tan extraordinario como Grisélidis Rèal. Ahora, cada vez que voy a Ginebra, siempre a resolver asuntos intelectuales que nada tienen que ver con el dinero, me paso por la tumba de nuestra gran escritora, toda una heroína de la vida. Fíjense como do es matemático: su tumba está a medio metro de la de Borges y a menos de cinco metros de la de Jean Calvino. Los dos odiaban el sexo que Grisélidis Rèal repartía a manos llenas cuando estaba viva.

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