El chico de Quilmes

He visto dos veces por televisión el reportaje sobra la vida de un ex-boxeador, Sergio Maravilla Martínez, argentino de Quilmes, y uno de los mejores campeones de la historia del boxeo. Sin embargo, durante años, Maravilla fue devaluado por promotores y críticos, y tildado de púgil “sin público”. Y, por tanto, fuera de combate para las grandes masas incluso antes de subir al ring. El chico de Quilmes se vino a vivir a España y se puso a trabajar en no sé qué cosa mientras seguía entrenando con una voluntad de hierro para llegar a ser campeón del mundo, seguramente parecida a esa fuerza de titán que Henry James exigía al novelista vocacional.
Un día se cayó del cartel uno de los aspirantes al campeonato del mundo y, como no hubo púgil a mano (creo que de los superwelter), los promotores tiraron del chico de Quilmes que trabajaba en Azuqueca de Henares, cerca de Madrid. Lo avisaron con ocho días de antelación. Maravilla se preparó como el cazador Francis Macomber, el protagonista de “La corta vida feliz de Francis Macomber”, escrito por un amante pasional del boxeo, Ernest Hemingway, un relato que para Gabriel García Márquez, pasional amante de los cuentos de Hemingway, era el mejor del mundo. Maravilla se subió al ring como si fuera un sparring, pero terminó dándole a su oponente una gran paliza y proclamándose campeón del mundo ante el asombro del universo oscuro del boxeo. Entonces, Maravilla, ya en su trono mundial, comenzó a dar gritos y a exigir a los promotores de Julio César Chávez Jr. una pelea por el campeonato del mundo de los pesos medios, a la que el mexicano se negaba porque, decía, que Maravilla no valía la pena. Se llevó años en este penuria, sin dejar de entrenar, sin dejar de dar gritos exigiendo la pelea de su vida que nadie le daba. En medio de todos esos años, se hizo un gran showman de televisión en Argentina, aunque sin dejar de entrenar un solo día de su vida. Hasta que llegó el momento y su perseverancia tuvo premio: se hicieron los contratos para la pelea en Las Vegas. Las apuestas estaban a favor de Chávez: Maravilla contaba entonces con 37 años y Chávez tenía 26. Para el público entendido en boxeo no había color. He visto esa pelea dos veces por televisión. Inmensa pelea. Y sucedió el milagro de la vida: Maravilla ganó por puntos por unanimidad de los jueces.
García Márquez decía que el escritor era como Francis Macomber, el cazador de Hemingway que, en este caso, es Hemingway mismo: todos los días Macomber se levantaba temblando de miedo a cazar al rey de la selva en parajes que no había visto en su vida. El escritor era igual: todos los días, con una voluntad casi irracional, se levanta a “cazar el león” de una novela única que, en una gran cantidad de veces, no aparece nunca. Es posible que el escritor no tenga lectores, de la misma manera que Sergio Maravilla Martínez “no tenía público”, según los entendidos en el arte del boxeo, pero su voluntad férrea de “cazar el león” lo lleva todos los días a levantarse y a escribir en un papel en blanco que lo hace tiritar de miedo o en una pantalla vacía que, en ocasiones, le provoca un pánico imponente. Esa es la voluntad de la que hablaba Henry James cuando le preguntaron por las condiciones para llegar a ser un novelista: ante todo, una voluntad de hierro contra todo y contra todos. La misma voluntad que exhibió durante su vida profesional el chico de Quilmes, convencido de que él iba a ser campeón del mundo y que su nombre sería escrito en oro para siempre en la historia del boxeo profesional.
Me pongo siempre en el lugar de Macomber, el cazador que no encontraba su león, y ahora añado a mi perseverancia el recuerdo del chico de Quilmes que se fraguó en el silencio para llegar a cazar el león de sus campeonatos del mundo. De modo que, en efecto, la mayoría de los novelistas que hay en el mundo no tienen público lector o no han llegado a cazar su león. No importa: su voluntad de hierro está por encima de la soledad, la necesaria para escribir y la otra, la silenciosa, la que no dice nada pero puede matar como un estilete. El mundo entero está lleno de ejemplos de escritores nunca reconocidos por el público lector, por los editores y los críticos, pero su voluntad férrea de seguir escribiendo puede con los que ni lo conocen ni sabe que existe en el silencio de su propia escritura. No se equivoquen: no son novelistas frustrados. Los novelistas frustrados son los que no escriben, los que no se suben al ring cotidiano para entrenar, los que no entran en la selva a matar su león. No tendrán lectores, pero son reyes en su trono: la escritura literaria. Con una férrea voluntad para sobrevivir contra todo y contra todos.

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En la muerte de la Mamá Grande

Cuando Fidel Castro, hace unos años, mandó matar al general Ochoa y a Antonio de la Guardia, Carmen Balcells, llamada la Mamá Grande, dejó de ir para siempre a La Habana. Cuestión de amistad, dijo. Una vez, todavía en su casa de la calle de Anglí, en Barcelona, en una fiesta para Vargas Llosa, hubo una discusión terrible entre Carlos Barral y Vázquez Montalbán. Los dos estaban en tragos altos y cabalgaban sobre un tigre. Al final, Vázquez Montalbán, le gritó a Carlos Barral: “¡Hemos salido pese a ti”. La Mamá Grande, a dos pasos, se sonreía. Ella era la agente literaria a la que temían los editores, la agente que hizo que sus autores tuvieran contratos menos feudales con sus obras, la agente que convencía a sus autores de que eran unos genios (eso un día) y al mismo tiempo no eran nada (eso al día siguiente). Era simpática, generosa y terrible. Lo más que le gustaba en el mundo era comer con sus amigos, incluso comer sola, pero con sus amigos mucho mejor. Cuando viajó de regreso de la India le dijo a todo el mundo que ella el único ser humano que había engordado en aquel lugar salido todavía de las páginas de la Biblia, las mejores y las peores. En la negociación de derechos de autor hacía, entre los editores, una carnicería por cada contrato. y, sin embargo, la querían, y hasta la amaban. En otra ocasión, recorrió Santiago de Chile en un helicóptero alquilado por un gánster que había conocido en La Habana, amigo de su íntimo amigo García Márquez. Después contó que era una delicia ver Santiago desde el cielo, ella que era la Mamá Grande de tantos escritores. Gritaba y lloraba, si hacía falta, para salirse con la suya y perdió en la vida muy pocos contratos. Era insaciable en le discusión y podía estar en ella cinco o seis horas hasta salirse con la suya. Después invitaba a comer en su propia casa a los derrotados. Y, sin embargo, la querían.
Una vez, durante una temporada en la que nos tocaba ser amigos, me vio muy preocupado por las críticas que había vertido sobre mí un tal Mario Muchnik, que de tan malo no parecía ser hijo de su padre, el Gran Jacobo.
La Mamá Grande se enfadó y me dijo: “Pero, no te preocupes tanto por un tipo que es tan tonto que no parece judío!”. Mano de santa: pocas veces me volví a a acordar del tonto que no parece judío. No recuerdo bien cuando la conocí, seguro que de la mano de Carlos Barral y Mario Vargas Llosa, en alguna fiesta en su casa, pero fue en los primeros 70, cuando llegué a Barcelona después de haber sido condenado en un Consejo de Guerra franquista a seis años y un día de cárcel. “¡Así que tú eres un guerrillero!”, me espetó la Mamá Grande en cuanto me vio en su casa. Después, con los años, llegó en algunos casos a ser mi confidente, mi agente, mi amiga, y también mi adversaria y, al mismo tiempo, mi odiosa amiga intratable. Me hizo varios homenajes. Uno de ellos fue en el mejor restaurante de mariscos de Barcelona. Al final, hizo venir a los guitarristas que me cantaron Islas Canarias, “a tu salud y en recuerdo de aquella isla preciosas a la que me llevaste en 1979”, me dijo. Y así había sido, porque Carmen Balcells fue, con todos nuestros amigos, incluida su gran amiga Nélida Piñón, al I Congreso de Lengua Española que se celebró en Las Palmas de Gran Canaria. Como siempre, bebió y comió todo lo que quiso y, al final, se sentía la gran madre de todos los escritores que estábamos allí.
Con los años, ella, que era glotona y golosa, engordó más de la cuenta y tuvo que sentarse ya a tiempo completo en una silla de ruedas que no le impidió seguir con su actividad. Tenía un chófer que se llamaba Dionisio y que la llevaba a todos lados y una vez en el Hotel Reconquista, en Oviedo, durante la entrega del Príncipe de Asturias a Nélida Piñón, me invitó a cenar. Le dije que no podía y se enfadó mucho. “¡Dionisio, puertas y rampas!”, le ordenó a su chófer y se fue a cenar con otros amigos.
Yo la recordaré siempre con un fuerte sabor agridulce en mi memoria. Ella forma parte de la memoria de la Barcelona de los 70, la más brillante ciudad de Europa bajo una dictadura. Y fue el paisaje más optimista de un tiempo que ya pasó, de una ciudad que ha cambiado para mal, de un mundo y una época que se están desmoronando sin que nosotros queramos darnos cuenta. Ella, la Mamá Grande, era esa época y esa Barcelona. Ahora ya estamos huérfanos de los dos. Lo deploro y lloro.

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Traidores a la patria

Hay un poema muy conocido del mexicano José Emilio Pacheco titulado “Traidor a la patria”. Está escrtraidoresito en primera persona. Dice no amar a su patria, pero adora a su país y daría la vida por cuatro cosas que señala precisamente en el poema: algunos amigos, algunos paisajes, algunos recuerdos, algunos platillos de comer. Recuerdo este poema en vísperas de las elecciones autonómicas de Cataluña que los nacionalistas catalanes pretenden hacer pasar por plebiscitarias. Gato por liebre porque no me dejaron hacer lo que pretendía, fuera de la ley constitucional. Recuerdos de Barcelona, los míos: muchos. viví allí cinco años y tengo vivencias muy cercanas. Con respecto a los poetas y los traidores a la patria, también tengo recuerdos. No hace muchos años, cuando ya se está desarrollando este delirio colectivo del independentismo, me encontré con el gran novelista Juan Marsé, en una lado de la Plaza Macià, en una cafetería que antaño había sido uno de nuestros espacios preferidos de reunión. “No te importará que te vean con un traidor a la patria catalana”, me dijo con sorna el novelista catalán, precisamente catalán. Me reía de la ocurrencia; una ocurrencia festiva que estaba empezando a dejar de ser las dos cosas. Poco después, el gran escritor Javier Cercas escribió unos artículos en los tiempos que ya se veía venir esta locura independentista. Cercas denunciaba en sus escritos, y naturalmente tomaba postura frente a ls nacionalismos secesionistas, que la demencia subía enteros en ls sociedad catalana; que esa misma sociedad se estaba partiendo en dos porque los patriotas catalanes excluían del proceso, y los trataban de traidores, a todos los ciudadanos que se delataran contrarios al independentismo. Cercas fue inmediatamente lapidado por los escribidores al servicio de la Generalitat independentista. Le dijeron y escribieron de todo. Hasta le quitaron su condición de catalán, por no haber nacido en Cataluña y a pesar de haber pasado en aquella tierra toda la vida. Un poco más tarde saltó ala arena mi también amiga y escritora Nuria Amat, catalana de cepa intemporal. Venía a decir lo mismo, aunque a su manera, que habían dicho Marsé y Cercas: que la locura política inyectada en vena colectivamente por los secesionistas catalanes llevaría a su país, Cataluña, al desastre social, económico y político. Inmediatamente fue tildada de lo que ella ya esperaba: traidora a la patria.
Muchos otros escritores que conozco también decidieron ser traidores a su patria, nunca fueron patriotas ni jamás nacionalistas, esa manía de primates, como dejó bien claro Jorge Luis Borges. Muchos otros, que también conozco, saltaron del comunismo y la nada hasta abrazarse a las banderas nacionalistas y encontrarse con el destino que siempre estuvieron buscando: convertirse en cabezas de ratón aplaudidas por las masas nacionalistas como héroes en la pelea de las patrias. Como escribió Neruda, “patria, palabra triste/como termómetro o ascensor”.
Jamás he sido un patriota, conozco de memoria mis señas de identidad, no amo a mi patria pero siento por ella un espíritu crítico que entró en mí con el uso de razón y sigue en activo todavía. Mi país, el pequeño y el grande, me ocupan y me preocupan. Y, como en el poema de José Emilio Pacheco daría por ella (por mis recuerdos en ella, por tres paisajes, cuatro amigos y un par de memorias del paladar) incluso la vida. Y la libertad. Siempre me molestaron los patriotas, del lado que fueran, y si sonde mi país mucho más. Los detesto desde siempre. Cuando veo ahora el proceso político catalán me siento al lado de mis amigos Marsé, Cercas y Nuria Amat, y de todos aquellos que por situarse al margen de la patria han sido declarados traidores a la patria por los canallas, cuyo último refugio, si no el primero, es precisamente la estupidez de la patria. Otros escritores, a los que también conozco, me han decepcionado en estos tiempos difíciles para Cataluña y el resto de España. Uno, muy famoso, llegó incluso a decir que él no tomaría postura en público porque temía perder lectores en Cataluña y el resto de España. Asombroso cobarde. Otros, no tan asombrosos, guardan silencio también por cobardía y no dicen en público absolutamente ni una palabra: como que lo que está ocurriendo en su propia casa no va con ellos, pase lo que pase. Cobardes fueron, son y serán hasta que la gente se olvide de ellos.
Se acerca, pues, un gran momento: los miles y millones de traidores a la patria que no votarán a los partidos secesionistas en las elecciones que tendrán lugar dentro de una semana, están llamado a hacer un país real frente a la patria irreal que los nacionalistas trabajan, fuera de España y fuera de Europa. A estas alturas, no tengo que decir una vez más que me considero, vistas así las cosas, uno de los más grandes traidores a la patria que he conocido en mi vida. A la patria y a las patrias.

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Refugiados

Hace unos años, durante una corta estancia en Líbano, pude visitar los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. Una mañana entera, sin bajar del coche con matricula diplomática con el que entramos en los campos, pude observar, entre asustado y escandalizado, el lamentable e inhumano estado de los que allí vivían, hacinados, sin alimentos, sin dignidad: echados sobre la vida, con la respiración cautiva, mirando a quienes los visitábamos como si fuéramos los dueños de aquella selva zoológica. Allí había entrado el General islaelí Dayan, cuando paseó sus tanques por Beirut, a poner orden y buscar a los terroristas palestinos que, así dijo, se escondían en los campos. La masacre es uno de los recuerdos más indignos de las guerras del siglo XX que continúan en el siglo XXI. Fue una lección de humildad ver allí a millones de humillados y ofendidos aquella mañana en Beirut que ya no voy a olvidar. Después, salimos de aquel infierno, giramos una visita más, a los territorios de Hamás, todos uniformados de negro, y terminamos nuestra hazaña almorzando en un gran restaurante, a todo lujo, en medio de la guerra. Que nadie piense que yo soy uno de esos profesionales de la bondad, a quienes detesto tanto como a quienes tienen la banalidad del mal como una profesión decente. Recuerdo también que, en la tarde, antes de cenar opíparamente mientras hablábamos con dos beirutíes de la guerra (contaban anécdotas y se partían de la risa), me di un chapuzón en la piscina del hotel de cinco estrellas donde estaba hospedado, el hotel Martinez (pronunciado a la francesa, claro) por las instituciones españoles que me habían invitado a dar un ciclo de conferencias en el Instituto Cervantes. Allí, en medio de la guerra que se veía por todos lados, veía también el lujo. Y lo gozaba. Para terminar el día, me llevaron a un bar de gran envergadura, con terrazas en las calles, donde fumamos narguili y tomamos whisky de malta. Quiero que sepan que, a pesar de los lujos, las conversaciones y las risas, no dejé ni un momento de pensar en los campamentos de Sabra y Chatila que había visitado por la mañana.
Ahora regreso a la actualidad: la tragedia siria, el resultado de políticas criminales, torpes y egoístas, que responsabilizan tanto a musulmanes como a occidentales. Veo a los refugiados sirios huyendo por mar a por tierra hacia Europa, a lo que creen la vida y la libertad. Eso sí: huyen del infierno que entre todos han ayudado (yo no me siento responsable en ningún modo) a crear, a crecer y a convertirse en la bola de fuego que ahuyenta cualquier destello de humanidad. Huyen los sirios y veo por televisión los campos de refugiados que se extienden por aquellas tierras del Islam que hoy son el infierno. Y recuerdo a Sabra y Chatila, como si hubiera estado esta misma mañana recorriendo sus calles de barro donde los niños gritas, juegan a la pelota y, de vez en cuando, ¡se ríen a carcajadas! Veo el cuerpo sin vida, ahogado, de ese niño sirio de tres años y lloro al recordarlo, recuerdo a mi nieto de la misma edad, riéndose, jugando conmigo el domingo pasado, bañándonos felices en la piscina durante los últimos días de calor de Madrid.
Alguien, con un terrible sentido común, nos lo hizo saber en un inglés occidental muy claro: yo no quiero irme de Siria, paren la guerra. Recuerdo los campos de refugiados en varios lugares de la guerra de Yugoslavia, esa vergüenza contemporánea que nos acompañará para siempre. Veo en las redes sociales a los profesionales de la bondad echando pestes sobre Occidente sin tener que mirar hacia Arabia Saudí, Qatar, los Emiratos. En fin, soy occidental. Irremisiblemente. Creo que la civilización occidental es la que mejor ha interpretado los deseos colectivos de los pueblos. No entiendo una religión que se mantiene en el siglo XX, con todas sus consecuencias, y que quiere sacar rédito de la sangre de sus pobres, que se cuentan por millones. No entiendo una matanza de seres humanos, sean de la religión y la raza que sean, a manos de la nada asesina que los rodea, los jefes de sus patrias y sus tribus, y los que organizan la venta de las armas con las que con masacrados día tras día, incluso el día de Alá, de Javeh o de Dios.
Como tiburones en el agua, los profesionales de ls bondad tienen servido el banquete ante sus ojos: lloran como niños pero no hacen otra cosa más que eso, llorar, mostrar sus quejas. Así no se para la guerra, y todos ustedes lo saben, con lágrimas y llantos de pesadumbre. Y, sobre mi memoria, aquella visita a Sabra y Chatila se hace hoy más clara y cercana que nunca.

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Una tumba sin reposo

En los primeros meses del golpe de Estado de Pinochet en Chile, Carmelo Soria, ciudadano español con pasaporte diplomático, fue secuestrado por un grupo de militares. El cadáver de Soria apareció días más tardes a las orillas del río Mapocho, dentro de su coche, con una botella de alcohol y una carta en el bolsillo donde explicaba las causas del supuesto suicidio. Lo habían asesinado. Un grupo de la Brigada Mulchen, de la DINA, la policía secreta de Pinochet, había ejecutado al reo sin muchas contemplaciones. Investigaciones posteriores dieron luz a la trama y se supo cada paso de los animales con uniforme que acabaron con Soria. En el mismo edificio, en el barrio de Lo Curro, donde vivían Townley (agente de la CIA) y su mujer, la escritora chilena Mariana Calleja, dieron fin a la vida de Soria luego de romperle el cuello. En la casa de los Townley se celebraban con frecuencia, mientras el los bajos se torturaba y mataba a ciudadanos chilenos, tenidas literarias a las que asistía todo el Santiago intelectual, tal vez ignorando que la la banalidad del mal se tomaba por su cuenta la vida y hacienda de otros chilenos ansiosos de libertad. Roberto Bolaño escribió sobre este asunto en “Nocturno de Chile”.
En mi caso, durante un par de años seguí la pista del caso, me entrevisté con mucha gente, me hice con la causa judicial (con una copia, claro) y escribí una novela (un relato de ficción a partir de la realidad criminal) titulada “Al sur de la resurrección”. También durante mucho tiempo, se habló por parte de la Justicia chilena de cerrar el caso, aunque el asesino no hubiera pagado sus culpas mayores. Los vaivenes del tiempo sacaron del ostracismo más de una vez el caso Soria y, cuando ya pensábamos que todo estaba muerto y en reposo, ahora mismo la Justicia chilena reabre el asunto.
La de Carmelo Soria es una tumba sin reposo, sin sosiego, sin descanso. Una alianza casi secreta pero visible hace que el asunto venga una vez más a los juzgados, a la búsqueda -espero que definitiva- de la culpabilidad del criminal. Una vez lo vimos Carmen Soria, Jorge Edwards y yo en una marisquería de Santiago que luego fue destruida por un incendio. “Ahí se ve la cabecita de un asesino”, dijo Edwards. Carmen Soria lo miró: él estaba de espaldas, pero la hija del asesinado lo reconoció. “En los juicios, nunca le quité los ojos de encima. Nunca me mantuvo la mirada. Me conozco su rostro de memoria”, dijo.
Ahora que los chilenos viven desde hace años en democracia y que una Justicia, lenta pero segura, vuelve al caso Soria, he vuelto yo a leer algunos de los episodios de mi novela “Al sur de la resurrección”, poco leída incluso en Chile. Pero ahí está en mi biblioteca y en de algunos de los pocos lectores que tengo en el mundo hispano y en España. Hace algunos años que no voy a Chile, donde siempre me encuentro con amigos y, al hablar, se renuevan los humos de aquel caso que después de décadas sigue vivo entra las manos de un juez que no descansa.
¿Qué sabemos del asesino? No podemos tranquilizarnos diciendo que los culpables han pagado. El criminal, aquel que con sus manos le arrancó del cuello la vida a Carmelo Soria, anda suelto, todo el mundo lo conoce y ahora es el momento de dar con sus huesos en la cárcel. Ya no es el joven teniente del ejército chileno que se lanzó a la calle como un tigre rabioso, como una hiena insaciable, a matar a quienes no pensaban como él y la dictadura. Ahora será ya un hombre mayor, un viejo que entra en la senectud y que lleva sobre su conciencia el caso Soria, su muerte y su tumba sin reposo. Será un abuelito querido para sus nietos y un gran ciudadano que goza de las libertades de la democracia que cercenó Pinochet en 1973. ¿Tiene nombre el asesino? Lo tiene, todo el mundo en Chile lo sabe. Estas son sus iniciales: G.S.
No es la primera vez que lo publico ni será la última. Entre otras cosas porque también en la conciencia de ese asesino hay una novela, tal vez no la novela del arrepentimiento, sino de la un tipo que ha cargado toda su vida con el silencio de un asesinato que todos conocemos. ¿Lo conoce también el juez que ahora quiere reabrir el caso? Carmen Soria, la hija del asesinado, no ha dejado en ningún momento que el crimen cometido en la persona de su padre pase al olvido. Es una luchadora incansable. Una luchadora que no se dará nunca por vencida, hasta que G.S. pase sus culpas.

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Nostalgia de la FIL

Ahora hace un año que no voy a Panamá. En estas fechas se celebra la Feria Internacional del Libro, en Atlapa, un edificio del que sospecho que está enfermo pero que, a pesar de todo, carga con los libros todos los años en una fiesta cultural que asombra a cualquiera. Llena de niños, jóvenes y adultos; actos por doquier, simultáneamente, en varias salas llenas de gente; gente que acude nada más y nada menos que por curiosidad intelectual; gente que parece seguir divirtiéndose en torno a los libros y al hecho fulgurante de la lectura.
Llevo yendo a la FIL panameña más de cinco años seguidos. Ahí veo amigos, me entero de novedades, leo libros nuevos,me encuentro en cualquier rincón del Atlapa con la escritora Rosa María Britton y con la bibliotecaria María Majela Brienes, dos amigas integrales que han estado conmigo incluso cuando rumores de mala baba corrieron por las bocas sucias de gente en la que nunca debimos confiar; veo a los Morgan, de un lado para otro, siempre Juan David entre libros cuando él mismo puede ser objetivo de una novela.
Hay personajes de novela que viven cerca de nosotros, en nosotros mismos, y a veces no los vemos, casi nunca, a veces no vemos, quiero decir, que son personajes de novela, entre dramas, deseos, tragedias y privilegios.
Recuerdo que el año pasado, entre muchos actos muy agradables, un grupito de energúmenos mostró su desafecto hacia mí en un acto en el que se presentaba mi “Réquiem habanero por Fidel”, novela a la que meses más tarde otorgaron el reconocido premio literario “Francisco Umbral”. Creo recordar que eran cuatro o cinco. Un dizque ex-embajador de Panamá en La Habana, una monjita de nacionalidad chilena de cuyo nombre no me acuerdo, Gaby, o algo así, y tres gorilitas de peso preparados para la pelea. Eso en Cuba se llama “acto de repudio”, y sólo se lo hacen al acto y la o las personas a las que dan importancia desde el régimen cubano. Así que muchas gracias por el gesto. Llegaron los bomberos, primero, como si allí se le estuviera prendiendo fuego a otra cosa que no fuera la libertad de expresión (sí, claro que sí, el Che Guevara era un enfermo, un asesino asmático); después llegó la policía, para resguardarme y sacarme de la FIL protegido, no fuera a írseles la mano a los gorilas. La cosa fue desagradable, las crónicas lo recogieron todo (menos Prensa Latina que mintió descaradamente, como suele hacerlo siempre, a disposición de la dictadura), en todos los periódicos de América Latina. Cuando esa noche me retiré a mi habitación de hotel, reflexioné solo sobre el “acto de repudio” cubano a mi persona y a mi novela.
¡En la FIL de Panamá!, que hasta entonces era parte de mi casa y de mi amistad.
De todas formas, ya pasó todo. Solo pude darme cuenta de que tenía, también aquí, muy pocos amigos. La inmensa mayoría no intervino en separar a la gente de los gorilas, sino que se dedicó a ver el espectáculo, frivolizado hasta el ridículo por la monjita y los gorilitas cubanos, y por el embajador panameño, a quien sólo le faltaba un par de maracas en las manos para parecer un miembro suplente del celebrado trío “Los Panchos”.
El trabajo de este verano, en el que debía de haber aprovechado el tiempo mucho mejor de lo que hasta ahora lo he hecho, me ha privado asistir una vez más a la FIL. Y ahora, aquí, escribiendo esta nota, en mi casa de verano en la sierra de Madrid, siento la nostalgia de la FIL, los almuerzos con amigos importantes, las conversaciones políticas y literarias, mis viajes a Balboa, mis desayunos en el “Boulevard Balboa”, en la misma orilla del Pacífico, mis guabinas en el Jimmy y tantas otras cosas con las que Panamá demuestra ser uno de los grandes anfitriones de América Latina.
Ya estoy esperando que alguien me traiga desde la FIL la última novela de Rosa María Britton, una de las primeras escritoras que conocí en Panamá, con quien he hablado y discutido de todo, sin nunca haber entre nosotros la más mínima distancia en una amistad que se prolonga por muchos años ya. Gracias a ella encontré en Panamá la pastilla exacta con la que duermo todos los días. Dicen que tumba a un caballo, yo duermo nueve horas con esa droguita todos los días y todos los días me levanto con un prosac que me pone de pie en el día que me toca vivir. Hoy, por ejemplo: esta nota, ya lo dije, es nostálgica. Quería escribir más y mejor sobre Panamá, que crece en una de mis novelas, un texto que no le gustará a todo el mundo en ese país, pero que es un texto de amor por esta tierra que ahora celebra, con mi sentida ausencia, su gran fiesta del librio, la FIL de Panamá.

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Todos esos muertos

La muerte de un león en África ha desatado en todo el mundo una llantina hipócrita. El león era un animal, al parecer, muy importante, y fue sacado con engaños por los cazadores de la reserva natural en la que vivía. En las correrías de cazador de Ernest Hemingway, el escritor norteamericano escribió un relato que, al decir de García Márquez, es el cuento más bello del mundo. Se titula “La vida feliz de Francis Macomber”. O “La breve vida feliz de Francia Macomber”. Macomber es un cazador que todos los días sale a matar un león. Quiere encontrarlo pero tarda en conseguirlo. Y quiere a toda costa matar un león, necesita hacerlo, es su obligación, su deseo, su trastorno obsesivo y compulsivo. Así deben ser los cazadores entregados a la orgía de matar animales mayores. En la selva profunda, donde la vida parece libre aunque siempre aceche la muerte.
García Márquez le confiesa a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, creo recordar que en el diálogo que compone el libro “El olor de la guayaba”, que el escritor se levanta todos los días como Macomber en la selva: buscar encontrar el león para matarlo. Es una bella metáfora: el escritor mayor buscando caza mayor para transformarla en literatura. Debo haber leído ese cuento de Hemingway más de diez veces, buscándole el truco, intentando ver donde están las costuras. Hemingway era un genio para coser palabras: apenas dejaba huella de cicatriz entre ellas. Cada uno de sus cuentos es una novela en en pequeño, lleno cada uno de ellos de sustancia humana que los convierte en seres eternamente vivos. En cuanto a que es el relato más bello de mundo, es una frase. García Márquez tenía una virtud excepcional, además de otras muchas: era un hombre que exageraba la realidad hasta hacerla mágica. Sucede que Hemingway es uno de sus maestros, en la metáfora, en el tratamiento de la misma y de toda la tragedia que siempre es un cuento literario, aunque acabe bien.
“Cecil” se llamaba el león “asesinado”que tanto lamento ha despertado en todo el mundo. Y, sin embargo, todos los días hay atentados y episodios terroristas o simplemente militares que matan a decenas de personas en parques públicos,, entre multitudes que huyen despavoridas. Vemos cómo el crimen se comete todos los días en África con una impunidad que nos lleva a la costumbre. Esa es la vaina: estamos viviendo en un infierno, pero tenemos tal costumbre de esa geografía que la hemos convertido en nuestro hábitat. No nos remuerde la conciencia cuando algún dictador africano, asiático o americano liquida la libertad, la hacienda y la vida de sus “súbditos” porque esa es simplemente su soberana voluntad. Nos dolemos, pero seguimos en lo nuestro, en la respiración fácil, en el comercio diario de nuestras vidas, según marca nuestra propia moral de cada época. Pero matan un león y el mundo de subleva. Dejan un perro solitario en pleno verano y las redes sociales, manejadas por una izquierda bonita y bastante tonta, se incendian hasta la llantina y el tembleque de dientes. Impía y humana hipocresía que se desgañita por un león salvaje o un perro abandonado y apenas se inmuta por la muerte de los inmigrantes en pleno Mediterráneo, camino de la muerte o del otro infierno que le espera tras el triunfo, la llega a Europa: como si eso fuera el cielo.
“Cecil”, entonces. Macomber: el cazador de la selva. Como Hemingway: el escritor que todos los días se levantada y no dejaba de escribir hasta que, por lo menos, tuviera tres mil palabras. Sobre él cayó la leyenda del borracho y de la oculta homosexualidad. Bebía, claro: como casi todo el mundo, como casi todos los escritores. Como casi todos los cazadores de caza mayor. Lo de la homosexualidad encubierta es mentira. Cuando alguien que es un gigante se hace todavía más gigante, y en cada palabra caza un león, la conciencia de los enemigos, los enanos morales y envidiosos que minimizan el talento de los demás, se enloquece y crea los fantasmas de la calumnia. Así, en la vida hay columnistas que se creen que lo son, pero en realidad son gacetilleros “calumnistas”, intelectuales de mentira que dejaron de intentar la caza del león o dejaron, cansados, el esfuerzo para coger las uvas y se convirtieron en zorras, lo único que evidentemente son pasados los años.
Macomber: su vida breve es la vida feliz del escritor que caza palabras todos los días. Como si fueran mariposas, que es lo que además hacía el gran Nabokov. Como si fueran leones prohibidos a los que se busca en la selva para seducirlo, conducirlo al laberinto y acabar con su vida. Mientras tanto, la guerra no existe. Nadie muere en el mundo. Todo es normal. Y nos duele muy muy muy lejos. Levemente.

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Sartre y el humo

A Jean-Paul Sartre le dieron el Premio Nobel de Literatura en el año 1964. Lo rechazó. Muy dignamente, y en su línea crítica-cínica. Después, por detrás y por lo bajo, estuvo reclamando el dinero del gran premio que se le había otorgado por sus muchos méritos intelectuales. El humo del existencialismo estaba de moda en todo el mundo. Los franceses, con Sartre, a la cabeza habían logrado una vez más inundar el planeta intelectual de la Tierra con una sarta de palabras que el Gran Gurú había puesto moda. Dogmas irrefutables de los que hoy sólo los muy especialistas se acuerdan. En mi juventud me puse siempre parte de Albert Camus. Sartre me parecía sospechoso de todo, un personaje capaz de enviar al suicidio a sus mejores alumnos mientras él se quedaba hablando sin parar, y tirándose a sus alumnas, en los mejores cafés de París. Así era la libertad y el humo que vendía. Tuve, en esa dorada juventud de la que ahora, en la vejez (aunque todavía no en la ancianidad), tanto me acuerdo, un amigo comunista que citaba a Sartre en todas las esquinas de la conversación. Sartre era su ángel de luz. Su padre protector, en su marxismo primario, un jeroglífico que comprendí sólo cuando supe que mi amigo no había leído casi nada y que lo que había leído, poco, no había entendido nada. Para mi asombro, llamaba a Sartre por su nombre de pila, Jean-Paul. Jean-Paul esto, Jean-Paul lo otro. Un día, ya cansado de tanta familiaridad, le hablé de Carlos varias veces. Como escribió Carlos por aquí, como escribió Carlos por allí… Él tipo se me puso serio y terminó preguntándome que a que Carlos me estaba refiriendo. ¿A quién va a ser? ¡A Carlos Marx! Y, por una larga temporada, abandonó la maniática costumbre de llamar a Sartre con un Jean-Paul que sonaba más ampuloso de lo lógico.
Dije antes de Camus: ese era y es uno de mis escritores favoritos. Me encantaba leer las polémicas con Sartre. Me fascinaba la claridad de los mandoblazos dialécticos que Camus le daba a Sartre una y otra vez. Sin embargo, y para no variar, la izquierda francesa y, por supuesto, el resto de la izquierda europea, tan fumadora de humo entonces como ahora, llena de Varoufakis que organizan y profetizan un mundo como si realmente lo conocieran a fondo. Y tuvieran todas las soluciones en sus manos. ¡Ah, los economistas! Menudo desastre para el mundo de hoy y de siempre. Y los filósofos franceses con Jean-Paul, ustedes perdonen el desliz en este dominical comentario, que venden humo una temporada y cuando se mueren la gente se va olvidando de ellos para siempre.
Sin embargo, a Camus lo seguimos leyendo muchos de los que seguimos leyendo, a estas alturas de la ruina griega. Lo seguimos leyendo y buscando en él un fondo de soluciones que, en mi caso estoy seguro, tienen todas sus enseñanzas. Su rebeldía de hombre de su tiempo es mil veces superior, en profundidad y en claridad, al palabrerío y la humareda vacía de la que Sartre hizo gala a lo largo de toda su fructífera vida. Ahora, Camus no sólo es uno de los mejores escritores del siglo XX; no sólo es uno de los más grandes luchadores por la libertad y la lucidez del ser humano en el siglo XX; no sólo es un novelista grande, un periodista enorme, un pensador de primera categoría cuya actualidad nadie pone en duda, a pesar de estar situado en el siglo XX. También lo es, todavía y ahora más, un gran personaje del siglo XXI, al que a ningún comunista ni ningún economista se le ocurre llamar Albert en las esquinas de cualquier conversación. El tiempo acaba con el humo, que se difumina día tras día, y sólo queda de él un rastro poco profundo que más bien nos interesa muy pocos. Sartre, pues: vendedor de humo. Después de él, de sus enseñanzas de catequista religioso, llegó el diluvio. Los franceses se cargaron el humo del nouveau roman, otra de las modas llenas, y se pasaron el tropel al Tel Quel, puro humo que contaminó la literatura durante una década. Repito que era puro humo sartreano, y en esa trampa cayeron incluso escritores amigos, cercanos y cómplices. Para nada: un instante olvidado. al final, tanto Phillipe Sollers como Julia Cristeva, los totémicos dioses de esa humareda, terminaron escribiendo novelas y memorias al estilo de los grandes (Balzac, Hugo), pero sin llegar nunca en su calidad a atarles ni los zapatos de todos los días.
El humo, ya se sabe, ciega los ojos de cualquiera, y los intelectuales y escritores no solemos tener la lucidez necesaria para distinguir la paja del trigo y las churras de las merinas. Y el humo sartreano de verdadera literatura.

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Las vacaciones de verano

Cuando llega el calor del verano, es irremediable que me llene de recuerdos. Cuando era joven, buscaba como loco el método por el que mi educación sentimental no fuera un fracaso. Había tres primas (entre sí) en mi barrio de Vegueta. Salía con una de ellas, pero la realidad que se escondía en aquellos paseos entonces virginales era un secreto que me guardé hasta hace muy poco tiempo: quien me gustaba era la prima que hacía de carabina de Ambrosio, de guardiana del bien natural de la mujer, de su honor y de su gloria.
Antes de eso, tuve un delirio de juventud por la tercera prima: le pedí fotos, le escribí poemas muy malos, traté de convencerla de que el destino nos había unido. Prefirió a un amigo mío, ya fallecido, y esa elección las sentí como un golpe mortal del que no me recuperaría nunca más. En toda mi vida. El ímpetu juvenil es así: cree que todo cuanto le sucede es para toda la vida.
Sobre esas fechas, vi una película que recuerdo con un amor extraordinario: “Verano del 42”. Ella tenía a su novio en la guerra y el joven, mucho más joven que ella, la observaba desde una pequeña duna de arena cercana a su casa. Ella se dio cuenta, lo dejó entrar en su vida y tuvieron una relación de amor completo que se extendió durante todo el verano. Luego él se fue al colegio, o a la universidad, y ella desapareció. Al verano siguiente, el chico la buscó, pero todo fue inútil. No volvió nunca más. El muchacho cuenta la historia con voz en off y a mí esa película me vuelve joven cada vez que la recuerdo en el calor del verano.
La educación sentimental: cada uno de nosotros y de nosotras viene obligado por la vida a enfrentarse siempre a cosas nuevas, no todas buenas, no todas susceptibles de ser gozosas. Al contrario, la educación sentimental, tan necesaria como cualquier otra, es necesaria, en su debido momento y en su lugar exacto. Si no la matemática invisible que nos guía a cada uno de nosotros salta por los aires.
Vuelvo a las tres primas. Una de ellas, a la que le pedí fotos, está felizmente casada con un amigo mío de los tiempos universitarios. A veces, cuando regreso a mi isla de vacaciones, los veo juntos y sonrientes, tal vez no tan felices como yo me creo ahora, pero por lo menos parece que les va mejor juntos que separados. La otra prima, la segunda, la que salía conmigo aunque a mí no me gustaba, murió. Mala vida. Mal matrimonio. Alcohol. Depresión, enfermedad y muerte. Muy joven. Una vez vino a buscarme a Madrid. Salimos una noche. yo ya era un hombre maduro y ella parecía seguir anclada en las primeras lecciones de su educación sentimental. Me hizo la gran pregunta: ¿Tú eres feliz?, me preguntó de repente, aquella noche que quiso que yo la llevara a El Pachá y yo me negué en redondo. Ante la pregunta, el estupor. Hacía mucho tiempo que no me preguntaba a mí mismo si marchaba o no por el camino de lo que llamamos felicidad. Le contesté que no me lo había planteado mucho y que para mí no era muy importante. Soy feliz escribiendo, le contesté. Y, entonces, ella fue la sorprendida. ¿Escribiendo?, me dijo. Soy escritor, le contesté. En mi vida me hubiera imaginado que un tipo como tú fuera feliz escribiendo, me dijo ante mi asombro.
A la tercera prima, la carabina de Ambrosio de mi juventud, la vi hace muy poco tiempo. Había tenido mala suerte en sus dos matrimonios. El primer marido, de quien ella estaba enamorada, la había abandonado por otra. Ella pensó que aquellos duraría una temporada, pero parece que es definitivo. Surgió otro hombre, un imbécil (ella no lo dijo, pero por lo que me contó, creo que es un imbécil y un cobarde). A los ocho años de convivencia, a ella le diagnosticaron un cáncer de mama. Se lo dijo a su hombre. Y dos días más tarde, el hombre (aunque yo no lo llamaría así) se fue de su vida para siempre, dejándole una carta en la que le decía que no estaba preparado para el trance de su enfermedad.
El verano: fácil para los recuerdos. A mí, este relato de las tres primas me ronda en la cabeza como si quisiera convertirse en una novela que remite a mi educación sentimental, a la primera parte de mi juventud, casi adolescente, tal como era el muchacho de “Verano del 42”. Cierto los ojos y la veo a ella, a la chica de la película, acariciando al joven que se siente acariciado así por primera veo el sudor del muchacho correr por todo su cuerpo. Siento sus nervios. ¡Ah, la juventud y el verano!, ¡qué maravilla!

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El regreso de Twin Peaks

Hace década y media fue un fenómeno televisivo universal. “Twin Peaks”, la seria genial creada por David Lynch fue aplaudida unánimemente por la crítica y el público televisivo siguió con ansioso interés cada uno de los episodios. La serie se levantaba sobre una pregunta sustancial: ¿Quién mató a Laura Palmar? Ella era una chica hermosa y fatal del lugar que Lynch se inventó para escribir la serie, que está llena, en secuencias, escenas y episodios, de las obsesiones y manías del director y guionista. Lynch ha sido para mucha gente, y sigue siéndolo, un director de culto, lleno de referencias y de trucos que el espectador debe conocer o por lo menos intentar hacerlo, si quiere final conocer las intenciones secretas y siempre sospechosas de los personajes de “Twin Peaks”.
Guillermo Cabrera Infante, gran conocedor del cine y él mismo un gran crítico de televisión, comparó en su momento “Twin Peaks” con la literatura de Faulkner, lo que a mucha gente le pareció una exageración, una suerte de boutade intelectual del cubano, hecho siempre al cine, que es uno de sus alimentos superiores. Sea o no el Faulkner de la televisión, Lynch consiguió rizar el rizo (y aquí el modo de narrar de Henry James) con su serie televisiva, vendida al mundo entero y sostenida por el público y el debate en todas las televisiones del mundo. Quiero decir que fue seguida tanto en Sudáfrica como en Japón, tanto en España como en china, y representó un éxito en culturas diferentes y muy separadas en el espacio y en la cilindrada. “Twin Peaks” tomó de la Biblia tantos episodios y tan actualizados y disfrazados de modernidad que casi nadie cayó en la cuenta de que el libro sagrado era el primer proveedor de los sueños escritos y filmados de Dabvid Lynch, que ya había probado en “Terciopelo azul” muchas de sus fijezas intelectuales y religiosas.
Particularmente, a mí “Twin Peaks” me sedujo desde el principio. Los pequeño errores, o algún que otro error de bulto, que aparece en la serie no es nada en comparación con la gloria que representaba meterse en la trama siempre nueva de cada uno de los episodios. ¿Y esa rareza escrita y filmada por Lynch, es tan extraña, tan rara? Si reflexionamos, quienes hayamos visto ya la serie, veremos que la vida es tal cual de disparatada como en los episodios de la seria, que los comportamientos, las conductas y las actitudes de los personajes que entran y salen de escena no son tan distintos a los de los que vemos todos los días en los sucesos que nos brindan los medios informativos. Algo hay también en “Twin Peaks” del horror cotidiano que Conrad nos enseñó en “El corazón de las tinieblas”. Al final, Lynch se encierra en sí mismo y termina por morderse la cola, tanto dar vueltas y vueltas a la tuerca, para dejarnos a la vista, y antes de lo que podíamos esperar, quién es el asesino de Laura Palmer. Tan cerca estaba que acabó por delatarse en la misma serie.
Ahora se anuncia el rodaje de una nueva “Twin Peaks” a partir de los elementos que intervenían en la serie anterior del mismo nombre. Les adelanto que voy a seguir esta nueva parte de la historia televisiva con más interés que el del simple telespectador. Me va a valer la pena, porque David Lynch es un director que enseña, no sólo a los actores, sino a los espectadores de sus películas y de sus creaciones televisivas. Tengo para mí que, aunque habrá gente que rechace la segunda parte la serie, Lynch no nos defraudará: su fantasía casi gótica, los colores de su ficción, los espacios físicos en los que se desarrolla la acción, o las acciones varias, de la historia son demasiado buenas, demasiado excelentes para que nos canse y nos ponga en contra de su creación artística.
Tengo, claro que sí, personajes que me gustan más que otros, manías y fijaciones de la acción que me gustan más que otros, pero en general siento devoción intelectual por la historia, las historia de Lynch, casi bíblicas (como las de Faulkner), historias que tocan todos los palillos del pecado, todas las músicas secretas de la perversión, todos los pianos de la sospecha. Y luego están los sueños, las pesadillas de los personajes, personajes además de pesadilla, que comienzan siendo manías etéreas y terminan solidificándose en fijezas que son claves y determinantes en la ficción e interpretación final de la serie.
Ahora, cuando tantas series de televisión tenemos todos los días antes nuestros ojos, la mayoría de ellas aplaudidas por mayorías televidentes (aunque a mí no me gustan muchas de ellas), podemos mantener la esperanza de que, en el futuro inmediato, la satisfacción de la televisión culta llegará a nosotros de la mano del regreso de “Twin Peaks” y David Lynch.

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