Los libros de mis enemigos

Hace ya un año que decidí no leer ni una línea más de los libros de mis enemigos personales. Tengo, pues, enemigos personales entre los escritores que conozco y he leído, pero son muchos más los amigos que los enemigos. ¿Por qué seguir leyendo los de los enemigos, que son por lo general pequeños y mediocres, malos escritores, además, cuando tengo que leer los libros de tantos amigos?
Durante mucho tiempo cultivé la curiosidad morbosa de leer los libros de mis enemigos personales. Fue una pérdida de tiempo, no sólo porque no me decían nada especial, sino porque ni siquiera sabían decirlo. En literatura, como en la misma vida, sólo se sabe lo que se sabe decir. Ahora veo que ese entretenimiento morboso, esa curiosidad malsana por saber que los escritores que son enemigos míos eran malos escritores pudo haberme convertido a mí también en uno de ellos. Ya aconsejaba Borges alejarse todo posible de los enemigos porque corremos el riesgo de terminar siendo uno de ellos o alguien muy parecido. ¡El horror, el horror!, diría Conrad al final de “El corazón de las tinieblas”.
De modo que pueden, queridos enemigos de mi alma, escribir mil libros cada uno y cada una de ustedes que ya no voy a meterme en camisas que no me interesan. Las once varas de medir las quiero para mis amigos, cada vez más, en todo el mundo, y en todas las literaturas.
Mi consejo a la gente nueva de la literatura que, sin embargo, ya tienen enemigos, es que ni los nombren ni los lean. Se pierde el tiempo. Que cada uno diga lo que le da la gana y que el sistema métrico de cada uno enfoque la línea a seguir. Así nos quitamos un peso de encima y nos vemos mucho más ligeros, como yo me veo desde hace un poco más de un año, el tiempo que no leo a ninguno de los escritores que son, constatados, enemigos míos.
Leo a escritores de verdad, y muchos de ellos son mis amigos. Ya se sabe que en todas partes cuecen habas, pero en la literatura (como decía César Moro del Perú) sólo se cuecen habas. Tampoco leo noticias u opiniones de prensa, radio y televisión de esos mismos enemigos. Son pura filfa, cenizas. Digo lo de las habas porque hace nada John Irving ha declarado a la prensa española que Ernest Hemingway es el mayor fraude humano y literario que conoce. ¡Joder, con Irving! Ya quisiera el gato lamer del plato.

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