Judas

El mundo y la vida están llenos de traiciones. Hay filósofos, no sólo contemporáneos de nosotros, que sostienen que la mentira es el orden (o el desorden) que más mueve el mundo. Yo estoy de acuerdo con esa afirmación. La peor de las mentiras es la traición, aunque también hay filósofos que dicen (sostienen, como Pereira, aquel personaje de Tabucchi verdaderamente inolvidable) que es una vía primordial del conocimiento humano. Una de las divisiones más verdaderas en las que se puede partir en dos a la Humanidad es la parte de los traidores y las de los no traidores.
Judas, el apóstol que traicionó a Jesús y lo llevó al Gólgota estuvo desde siempre señalado por los profetas, y por el propio Jesús (“uno de vosotros me traicionará…”), como un traidor, de manera que su destino estuvo marcado y lo sigue estando por el estigma de la traición. Por toda la eternidad. Sucede, eso dicen los expertos en traiciones, que los traidores sufren mucho cuando traicionan por primera vez, pero a partir de ese pecado ya no les cuesta ningún trabajo repetirlo cuantas veces haga falta. Todos conocemos a traidores que lo son por naturaleza, gente que si no traiciona no puede vivir, gente que se pasa la vida ganándose la confianza de otro amigo para luego, en el momento menos pensado, traicionarlo sin paliativos. Las relaciones entre hombres y mujeres están llenas de traiciones, ahí tienen ustedes la literatura, porque del amor y de la pasión de los celos a la traición no hay ni siquiera un solo paso. El gran traidor de la literatura clásica está en Shakespeare y se llama Bruto, que mata a Julio César, que lo tenía por hijo. “¿Tú también, hijo mío?”, le dice el dictador. El retrato de Judas y el de Bruto van de la mano, son destinos iguales o parecidos. El de Judas es peor, porque tiene que ver con la religión que luego originó el cristianismo, y eso no se perdona; el de Bruto es literario, bastante histórico. César no se cuidó de lo que los arúspices le habían pronosticado durante meses: “¡Cuídate de los idus de marzo!”, le dijeron, porque en esa fecha estaba escondida la traición que lo llevaría a la tumba y a la literatura universal y eterna.
La peor de las traiciones, sin embargo, es aquella en la que la persona, sea quien sea, se traiciona a sí misma y a los principios a los que se había jurado ser fiel. Y el mundo también está lleno de traidores a sí mismo. En tono de farsa, pero no menos filosóficamente, lo diría Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no les gusta tengo otros”. Los principios son el hombre en sí. Un hombre sin principios puede ser un hombre, pero es alguien de quien no podemos fiarnos jamás. Como del alacrán aquel que le pide por favor a la ranita que le cruce el río en sus espaldas. La rana se resiste, porque conoce la condición del alacrán, pero al final le puede su buen corazón y comienza a cruzar el río con el alacrán a la espalda. A la mitad de la travesía, el alacrán le dice a la ranita: “Lo siento, no puedo resistirme. Es mi condición”. E, inmediatamente después, le clava el aguijón. Aunque se ahoguen los dos. Puede más su condición de traidor que el instinto de supervivencia. Así le pasa también al traidor, que nace para traicionar a los amigos, a aquellos a los que le debe algo (y no soporta su peso o su memoria), aquellos a los que cree mejores, más importantes e interesantes. A aquellos a los que envidia. El traidor, como Judas o como Bruto, nace sólo para vivir la intensa pasión de la traición suprema, matar al Maestro, matar al Padre, liquidar los lazos de buena voluntad que había entre ellos. A veces sospechamos que un amigo está traicionando: tal vez con nuestra propia mujer, de la que también sospechamos que nos está traicionando (aunque no sabemos con quien…). Se da con mucha frecuencia este caso, y no sólo en nuestro convulso mundo contemporáneo. El asunto viene desde la Biblia y más atrás y es propio de la condición humana. Cierto,hay que luchar a brazo partido contra la traición y los traidores. Pero reconozcamos nuestra derrota: son muchos y variados en sus astucias. Es difícil verlos venir, a no ser que se desarrolle una paranoia poco recomendable incluso en estos casos. Lo mejor es saber que no estamos libres de ese pecado, que hay que huir de las tentaciones de la traición y huir, en lo posible y con la máxima distancia, de los que reconocemos como traidores, una legión de falsos que pulula por el mundo…

*Artículo publicado en el diario La Prensa, Ciudad de Panamá, el domingo 31 de marzo de 2013.

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