Úrculo in memoriam

Conocí a Úrculo en los cuadros que había pintado en Tenerife y estaban en las paredes de la casa que tenía en Vistabella su amigo y el mío Emilio Machado, gran artista como el propio Úrculo. Después, me hice cómplice y compinche, viajé con él a Cuba y a otros lugares de este planeta y nos bebimos medio mundo a carcajadas. Pueden imaginarse lo que sentí cuando me enteré de su muerte repentina al pie de la Residencia de Estudiantes, Madrid, un 31 de marzo de 2003, hace ahora diez años. Un día, unos años antes, en plena euforia de la vida, le pedí que pintara un cuadro que sirviera de cubierta de mi novela “Así en La Habana como en el cielo”, y el tipo se inventó una mulata imposible, de espaldas, mirando por una celosía hacia la bahía de La Habana, con El Morro al fondo. Úrculo, tremendo tipo. Se tomó su tiempo, un par de meses, y cuando terminó el cuadro, casi dos metros por uno y pico en dimensiones, me invitó a su casa de Emilio Rubín, me lo mostró y me dijo que me lo llevara para mi casa. Le dije que no, y ahora me arrepiento (porque sigo enamorada de la figura de aquella mulata de espaldas, como todas las mujeres de Úrculo, y de quien no conozco su nombre), que el cuadro que yo quería era el titulado “Otro es mi sueño”, que había sido quemado con cigarrillos durante una exposición en una ciudad francesa. Aquel cuadro se restauró, pero nunca me lo regaló. Hizo una excepción y volvió a pintar otro gemelo al que yo le pedía constantemente, pero con otras técnicas y otros colores. “Pero éste me lo pagas”, me dijo picassianamente. Se lo pagué y lo tengo colgado al final de la escalera de mi casa de la sierra madrileña: es un escándalo.
Uno de los días más felices que recuerdo haber pasado con Úrculo fue el día de la inauguración de su escultura “El regreso de Williams B. Arrensberg”, en la Plaza Porlier, Oviedo, ciudad a la que amé siempre pero que amé mucho más desde que la recorrí de la mano y los tragos, además de las carcajadas de Eduardo Úrculo. Ese día publiqué un artículo explicando en parte el enigma de Arrensberg (no confundir con el crítico y coleccionista W.C. Arensberg), conocido por algunos pero desconocido para muchos. Al día siguiente, algunos eruditos locales de Vetusta ya habían leído artículos y críticas del Viajero y decían conocerlo bien. Ya he dicho que tengo en mi poder su interminada novela “Eternity at Central Park”: un muchacho está sentado en un banco del Central Park neoyorkino. Fuma y ve pasar el tiempo. Tararea una canción, mientras tanto. De repente, pasa una muchacha bellísima que deja tras de sí un perfume a eternidad, o lo que el muchacho cree que es eternidad. Durante años busca ese olor por todo Nueva York, pero no lo encuentra. Corre mujer tras mujer, las enamora, lo enamoran, pero aquella sensación de eternidad no se produce. Como la novela está inacabada, no sé cómo termina, ni me la imagino. Sólo sé que Arrensberg tampoco la encontró en su vida real y que, cuando murió, en su casa de toda la vida en Brooklyn, dijo una palabra final, como Ciudadano Kane: “Eternity”, dijo. El asunto es saber exactamente donde nació el personaje y cómo se convirtió en inseparable de Úrculo, en sus viajes a New York, hasta hacerlo partícipe de sus aventuras juveniles, entre las que hay un asesinato en un antro de Pigalle, París, que el pintor nunca se creyó. Úrculo me contó que, en una borrachera que los dos se agarraron en el Village una noche interminable, Arrensberg le confirmó que, junto con Picasso, era el único pintor que conocía que no era del todo analfabeto. Se lo dijo con sorna, y añadió además una frase atribuida a Picasso: “Esa es la diferencia entre un pintor y un artista; un pintor pinta lo que vende y un artista vende lo que pinta. Tú eres un artista”. Úrculo le dijo que tenía dos amigos, artistas como él, muy cultos, Manolo Valdés, que vivía frente al Central Park, y Eduardo Arroyo, un tipo duro que se había recorrido el mundo como si fuera suyo a lo largo de toda su vida, y que, como Julio Cortázar, podía hablar de literatura, jazz y hasta de boxeo (había escrito un libro sobre Al Panama Brown, el púgil negro que fue amante de Jean Costeau) horas y horas sin dar el brazo a torcer. Ahora que llevamos diez años sin Úrculo, tengo al artista y al amigo en la memoria, y en algunas paredes de mi casa y cubiertas de mis libros hay recuerdos palpables de su generosidad inolvidable.

*Artículo publicado en mi columna Al pie del cañón, en El Cultural, diario El Mundo, Madrid, 29 de marzo de 2013.

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