El caso chipriota

Todo el mundo se ha puesto a hablar y a escribir de Chipre como si conocieran la historia de la isla de memoria y hubieran estudiado a fondo su caso. El que más o el que menos ha escrito sobre Chipre exhibiendo un descarado desconocimiento incluso de su geografía, tan intrincada como mediterránea. Dicen ahora los chipriotas (los greco-chipriotas) que no debieron entrar nunca en el Mercado Común ni en la Comunidad Europea; y que les hubiera ido mucho mejor con Rusia de gran aliado. ¿Cómo están tan seguros? Los grandes capitales rusos, extraídos de latrocinios y robos inmisericordes, reposan en loa grandes bancos chipriotas (greco-chipriotas), luego de escapar de Rusia y refugiarse en algo muy parecido a lo que conocemos en nuestro lares como un “paraíso fiscal”. A ese juego peligros, hasta quemarse, han jugado los ricos rusos y los ricos bancos chipriotas hasta liquidar económicamente el país. Que un pequeño país, con menos de un millón de habitantes, sea el ejemplo a seguir por los banqueros europeos con los países díscolos y gastones que no entren por el aro, se me antoja cuanto menos un intento imposible, además de una cabronada sin par. ¿Por qué no seguir el ejemplo islandés, que, claro, está compuesto sólo por 300.000 personas? Ellos resolvieron el problema de otra manera. Cierto que son países pequeños cuyo PIB no mueve demasiado molino en la Comunidad Europa. Me refiero a Chipre, porque Islandia siempre ha querido, como ahora quieren los chipriotas, estar fuera de la Comunidad Europea.
Y al hablar de la Comunidad Europea, veo que también hay expertos por todos lados que no sólo dan su opinión, o su criterio, que sería lo lógico y normal, sino que exhiben su característica ejemplar, la totalización, esgrimiendo e impartiendo doctrina, no criterio ni opinión. Así somos, exagerados y siempre al borde del abismo, día tras día. Las manifestaciones en todas partes agitan las calles y las plazas. El estallido social puede surgir en cualquier lado, pero seguimos adelante, día tras día, viendo cómo les va a los demás, al borde del abismo, casi en la ruina. Ni siquiera nos acordamos ya de tiempos mejores en los que tirábamos, digan lo que digan ahora, la casa por la ventana e íbamos al día siguiente a pedir una hipoteca bancaria para recuperarla. Atados de pies y manos, ahora observamos y sufrimos el espectáculo chipriota como si a nosotros nos tocara ser el próximo en el sacrificio…

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