La historia de nunca acabar

No soy muy partidario de escribir necrológicas a los amigos que se van, la tristeza me puede y el ánimo bajo me deja una huella en la pérdida que me impide escribir lo que desearía. Más si son escritores, ya hay profesionales en el oficio de escribir sobre los muertos, sean quienes sean, y ponerlos bien, sean quienes sean. A estos oficiales y escribidores de la muerte les tengo pánico y es una de las razones que tengo para no querer morirme:la necrológica que me hagan algunos “amigos” que, en vida, nunca lo fueron, aunque disimularan durante temporadas.
La historia es una continua apropiación indebida. Se atribuye a unos lo que corresponde a otros, los chamanes de la curia literaria dan y quitan jerarquía, rango, nombre y categoría a quienes les conviene, y el resto es silencio. En vida, por ejemplo, e incluso después de muerto, un escritor de cuentos como Tito Monterroso ha sido glorificado por críticos, alumnos, escritores y profesores. Nadie ha dudado de su esópica manera de escribir relatos breves, todos hemos hablado más de una vez del dinosaurio que está allí cuando nos despertamos, hemos hecho bromas con él y con el autor y hemos aplaudido sin parar al gran escritor de cuentos de la segunda parte del Siglo XX. ¿Y Medardo Fraile, recientemente fallecido? Casi ni caso, al menos en vida. En el momento de la muerte, vienen los buitres negros a llorar desde el techo mismo desde el que le proclamaron silencio durante años. ¿Tengo que decir todavía que a mí me parece mucho mejor escritor de cuentos Medardo Fraile que Tito Monterroso? Ojo, es una impresión de lector cotidiano, que no se deja llevar, al menos tantas veces como otros, por el ruido mediático y por las ganas de los policías de las literaturas de la lengua en convertir en santos intangibles a gente tan humana como nosotros. Medardo Fraile, tan buena persona como Monterroso, aunque mucho menos sarcástico, era un hombre dedicado silenciosamente a escribir. Se sabía extranjero en todos los lugares, incluso en su tiempo, en su generación, en su literatura, en su tierra. Fraile es un caso único: tiene tanta obra y tan importante como Ignacio Aldecoa o Carmen Martín Gaite (o Ana María Matute) y nunca fue mencionado para ascender a los cielos del aplauso. Imagino que, después de muerto, la mala conciencia de los mismos profesionales del silencio, los genios mediáticos y editoriales de este país tantas veces tan miserable, se pondrá en marcha con sus lágrimas de cocodrilo y sus lamentos amistosos. A buenas horas, mangas verdes.
Repito: la historia es una constante apropiación indebida. Los silencios en torno a un escritor mucho más que notable, como Medardo Fraile, un gran sobresaliente como escritor de cuentos y memorias, duran toda la vida del escritor y terminan en el entierro estrambótica de multitud de necrológicas firmadas por sepulcros blanqueados que nunca hicieron caso del muerto a lo largo de su vida. Así es, si así os parece, en medio de esta selva de hoy en la que el menos que corre tumba al de delante y el más tonto hace relojes. Así está el canon literario español: la realidad literaria, la calidad, no coincide nunca con la realidad mediática. Y tampoco con la realidad editorial. De modo que aquí la literatura ocupa el furgón de cola, los escritores de verdad andan en el silencio o defendiéndose de las sombras del silencio cada uno en su casa; los editores de verdad están escandalizado por las laboriosas trampas inventadas por el mercado para vender gato por liebre; y la realidad mediática hace en cada momento lo que quienes mandan en sus páginas dicen que hay que hacer y escribir, sin que eso tenga nada que ver con lo que de verdad hay que hacer y escribir. Así es la vaina.
He leído cientos de notas necrológicas sobre Medardo Fraile. En el ochenta por ciento de ellas hay una frivolidad de escritura que repugna. Debe ser la mala conciencia del silenciador la que ahora camina para tapar su propio error. Fraile tiene una bibliografía mucho más importantes que todos los chamanes que ahora escriben de él a la hora de su muerte para sentirse tan importantes como él: para pasarse al bando de los que lo admiraban decentemente en lugar de silenciarlo inmoralmente. El asunto, ya lo decía el propio Fraile, con ese humor británico que se le había pegado con el frío de las islas, es la historia de siempre acabar. O de nunca acabar. De nunca saber quién es quién en esta porfiada geografía del canon literario.Sé por qué me quejo y muchos de mis lectores también. Hay quienes se marcharon de la literatura y dejaron de escribir por esos silencios clamorosos. Medarlo Fraile nunca, escribió hasta el final, por encima de silencios y necrológicas hipócritas.

* Artículo publicado en mi columna Al pie del cañón en El Cultural, del diario El Mundo, el viernes 22 de marzo de 2013.

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