El año que vivimos peligrosamente

Tras la muerte de Chávez he vuelto a leer “La revolución sentimental”, de Beatriz Lecumberri (PuntoCero, Caracas, 2012), un “viaje periodístico por la Venezuela de Chávez”. Conforme entraba de nuevo en la locura de la realidad venezolana, me iba acordando de la magnífica película “El año que vivimos peligrosamente”, dirigida por Peter Weir, con Mel Gibson en el papel de Guy Hamilton, Sigourney Weaver, Michael Murphy y un etcétera que cumple con creces el papel que se les encomendó. Estamos en la Indonesia de Sukarno, a punto de estallar, siempre a punto de golpe de Estado violento; estamos en las intrigas palaciegas, partidistas, discusiones secretas de élites del poder; estamos en un escenario de guerra interna, con muertos, heridos, miseria: la vida peligrosa. O sea Caracas, Venezuela. En todos estos años de Chávez, la violencia callejera y social se ha cobrado más de 120.000 muertos, casi siempre asesinatos y crímenes cuya mayoría quedó también para siempre impune. Por eso me acordé de la Indonesia de Sukarno. La adoración de su pueblo por aquel general asiático tiene mucho que ver con el espejo de Chávez, corazón de la patria, ahora mártir y un hombre que, al decir de sus fanáticos, no nace sino una vez cada cien años, lo mismo que oí decir mil veces a los castristas sobre Fidel Castro.
Venezuela vive años peligrosos, al borde del abismo.Un viejo historiador, muy amigo mío, me lo hace saber por mensajes todas las semanas: el país está en el suelo y todo esto es un peligro. Ahora, la realidad de Chávez ha cobrado una dimensión novelística, de ficción, de novela negra y política, con banda sonora de Vangelis, como en “El año que vivimos peligrosamente”. Guy Hamilton es aquí, en este cuento de verdad, Beatriz Lecumberri, periodista española de 1973 que estuvo en Caracas durante cuatro años dirigiendo la France Press en la capital venezolana. “La revolución sentimental” es un libro extraordinario, un viaje a la vez interior y exterior del chavismo venezolano, una radiografía de la farsa bolivariana, una verdad eterna (la de que los ricos venezolanos son un país y los pobres otro) y una retahíla de sucesos narrados por Lecumberri más propios del surrealismo de hace casi un siglo que de la actualidad venezolana de ahora mismo. Gentes informadas me dicen que este es el mejor libro sobre el chavismo, el más extenso e intenso, el más veraz y objetivo, en la medida en que la escritora hace alardes de equilibrio muy obvios para mantener esa misma objetividad cada vez más necesaria en el periodismo. Deberían aprender los cientos de corresponsales que vuelan y sobrevuelan con su corazón marchito y subjetivo guerras y miserias en las que ellos, esos corresponsales, hacen de buenos occidentales que están allí no para vivir peligrosamente sino para la hacer la más fácil y adecuada contra su propia condición de occidentales.
Beatriz Lecumberri es, por este libro y al menos para mí, un feliz descubrimiento, una epifanía periodística que abre esperanzas al periodismo del que algunos dicen que ya está muerto y enterrado. Guy Hamilton se me quedó grabado desde que vi por primera vez la película de Peter Weir. La imagen se me ha ido metiendo dentro conforme releo “La revolución sentimental”: Chávez no era -no puede ser- el Fidel venezolano, no era Bolívar más que en la apropiación indebida y abusiva. Era Sukarno en Caracas, el “salvador” de un pueblo que reza por él a la occidental como el pueblo miserable y enfermo rezaba orientalmente por Sukarno. Lecumberri y la lectura de su extraordinario libro han hecho el gran milagro: una película que quisimos tanto en un texto periodístico fuera de lo común. Las cuatro partes en las que Lecumberri escribe el libro son, cada una, a cual mejor: Patria, Socialismo, Muerte y Venceremos son los títulos de cada uno de esos capítulos que nos abren la visión de una Venezuela convulsa, sukarniana, violentísima, donde caben todos los disparates posibles, donde hay -seguro- cientos de novelas escribiéndose sobre estos años de chavismo que no sabemos hasta cuándo y hasta dónde va a llevar a un país que “ésta en el suelo”, como me decía Guillermo Morón hace algunas semanas. Vale la pena vivir peligrosamente para ser eternamente Guy Hamilton, pero vale mucho más la pena escribir este libro, este viaje periodístico, esta crónica perfecta, esta visión definitiva del chavismo con todas sus grandezas, pocas, y todas sus muchas miserias. El resto ni la medicina lo hizo posible. El milagro es la escritura de esta realidad venezolana que ha conseguido Lecumberri. Lo demás es triste realidad, laberinto, demagogia, embuste colectivo, superstición histérica. Como la de Sukarno en Indonesia el año que vivimos peligrosamente.

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