El ego de los políticos

Tanto hemos hablado del ego de los escritores; de las divas de la ópera; de los pintores, con sus enloquecidos egos analfabetos; tanto hemos hablado de los artistas de cine y teatro, de sus amores, egos y amoríos; tanto hemos hablado de los egos de tanto que nos hemos olvidado, tantas otras veces, de los egos terribles de los políticos de aquellos que ejercen el poder de una manera tan personal que se terminan por creer superiores al resto de los mortales e, incluso, elegidos por Dios para salvar a la Humanidad. Algo por el estilo, léanlo ustedes, ha escrito José María Aznar, ex-presidente del gobierno español, en su libro de memorias recientemente publicado. Que no es como el resto de los mortales, sino un ser especial, tocado por Dios, incluso dice que, como a quien considera su mejor amigo, el ex-presidente norteamericano Bush, habla con Él. O que Dios le dijo que lo elegía, una vez que superó el atentado de ETA, para que salvara a la Humanidad. O al menos una parte de ella. Es mucho, digo yo…
Cuando era muy joven y director de la editorial Argos Vergara (yo estaba en los treinta y poco), llegó al poder en España Felipe González y su socialismo generacional. El segundo al mando se llamaba Alfonso Guerra. Como habíamos publicado un libro sobre González, “Un estilo ético”, con mucho éxito de ventas y público, encargamos a Miguel Fernández-Brasso, gran amigo de Guerra por entonces, que nos escribiera un libro de “confesiones” de Guerra. Allí, quien fuera todopoderoso gobernante de los socialistas hasta la ruptura con Felipe González, dice que aprendió a leer a los tres años y que a los cinco la leía obras de Shakespeare. Líbreme Dios de ponerlo en duda, pero que Alfonso Guerra me lo pique menudo que lo quiero para la cachimba, como dicen en mi tierra insular. Experto en Antonio Machado se atrevió a “mejorar” algunos errores del más experto de los machadistas en el mundo, el profesor Macri, italiano, y otras muchas cosas más que dejaban ver que el personaje no era cualquier cosa y que, aunque no hablara con Dios, era un elegido de los dioses (él no era ni religioso ni monógamo, era un visir con ínfulas de príncipe de Florencia).
Si ustedes leen algunas páginas de “Democracia”, el cínico libro de memorias del cínico Henry Kissinger, uno de los mayores criminales del siglo XX (y ahí están los dos, Kissinger y el siglo XX, tan campantes, impasibles sus ademamos, indemnes e insólitamente inocentes), se darán cuenta de cuanto ego derrocha el político yanki, que se excluye de los asesinos políticos con una limpieza estética asombrosa. El ego del político, del Príncipe de Maqueavelo, está aquí, en esas páginas en todo su esplendor, manejando el mundo con la misma soltura que los dictadores pero “a favor de la democracia”. ¡Qué decir de Fidel Castro! Sus interminables discursos, en mejores tiempos para él que éste agónico que le ha tocado en su otoño de sátrapa, no dan para nada: son un canto a su inconmensurable egolatría, un palabreo vacuo y pesado, aburrido y pasional, una egolatría con la que ha sometido a su pueblo hasta la más escandalosa humillación del mismo. Winston Churchill, a quien le gustaba tanto escribir como beber ginebra y fumarse un habano, escribió tanto y tan bien que retrató medio siglo en sus memorias, interminables, desde luego, pero frondosos y ricas en episodios, tesis, antítesis y síntesis: alcohol, literatura, poder político, humor inglés, tabaco, mujeres. Un ego exactamente fabricado por Dios a la medida del propio Winston Churchill. Por eso tuvo la suerte de los académicos suecos se volvieran locos por su escritura y le dieran el Nobel de Literatura ante el asombro de todo el mundo que, sin embargo, aplaudió la concesión del galardón a uno de los hombres más democráticos de entonces.
El ego, pues. Sin él, no vamos a ningún lado. “¿Cómo se suicida un argentino?”, pregunta el chistoso. “Se sube a su ego y te tira””, contesta el otro chistoso. El ego de los argentinos es proverbial: “Allí no tenemos calles, che, tenemos avenidas”, dice el porteño. Pero el ego de los políticos es superior al de cualquier argentino. Imagínense el ego de un político argentino. El ego de Perón, por ejemplo. El ego de Cristina Kichtner, por ejemplo. Dios, que juega a los dados trucados para divertirse con nuestros errores, pone un ego en cada una de las personas para que la desarrollemos. Yo he desarrollado el mío como debía, como escritor que soy, y no hay quien me lo toque sin que sufra un tratamiento de choque inmediatamente. Pero yo soy sólo y nada menos que un escritor. El ego de los políticos es terrible porque hace daño a los demás con sus terribles errores. Esos los pagamos todos. Y Dios tan tranquilo, carcajeándose invisible y en todos lados de la vanidad, terrible y destructiva, del ser humano…

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