Entre Franzen y Lucho Gatica

Jonathan Franzen es un héroe literario de nuestro tiempo. En la FIL de Guadalajara, ante cientos de personas, reivindicó la novela decimonónica, el relato realista, la condición omnímoda de ese género literario. Citó a Galdós, entre las cumbres de aquella novela que nunca se fue. Vino a decir después que la novela es un género de gran resistencia frente a la aparatosa invasión de las nuevas tecnologías. Fue interesante escucharlo decir tantas cosas con las que el escritor respira y se convirtió en uno de los atractivos de la FIL. En el lobby del Hilton, frente al recinto ferial, cientos de escritores vienen y van (vamos y venimos), mostrando nuestros caminares de pavos de pasarela y dando abrazos a los amigos que vemos después de tanto tiempo, en los mismos momentos en los que esquivamos a quienes no nos quieren, que aquí, felizmente, son pocos.
En ese mismo lobby, Jorge Edwards me pregunta si se quién es aquel viejito: y me señala a un hombre mayor, impecable en sus modos y en su vestimenta. ¡Lucho Gatica!, el gran cantante de boleros, un maestro de la vida que ha resistido al tirón terrible del tiempo con una salud asombrosa. Me acerco al maestro,lo saludo, nos damos un abrazo. “Te vi cantar por primera vez en el Tánger Club, en mi ciudad canario”. Había estado, me dijo, un montón de veces en Canarias y yo le dije que lo había visto cantar boleros en un montón de lugares del mundo. Nos sentamos con un tequila a hablar de ahora mismo. Mañana, me dijo, me regalan la Orden de Neruda. Y me contó cuando conoció al poeta de “Residencia en la tierra”. “Yo le dije que tenía treinta libros de él en mi casa y que quería abusar de su paciencia, rogándole que los firmara todos”, me contó. “Quedamos citados para el día siguiente en el hotel de México donde se hospedaba”, siguió Gatica. “Pero, desgraciadamente, esa noche robaron en mi casa, se llevaron todos mis trofeos de cantor y me robaron veintinueve libros del maestro Neruda. Sólo dejaron `Canto General`”. Pasó mucha vergüenza cuando tuvo que contarle a Neruda el suceso tan desagradable. Neruda le dijo que no se preocupara, que aquellos ladrones eran muy buenos lectores… Estallamos en una carcajada y le dimos un golpe de tequila a la garganta. “Escuchar a Franzen”, le dije cuando me preguntó qué había hecho en la mañana en la Feria. “¿Buen cantante?”, me preguntó Gatica. “De los mejores”, le contesté. Otro golpe al tequila y otra carcajada. Después,el gran maestro del bolero me contó cómo conoció a Vargas Llosa, un Vargas Llosa de 17 años, en la emisora de radio Panamericana, en Lima. “Me montaron un falso escenario para que yo cantara ante mis fans. Cientos y cientos de personas que se venían hacia mí, mientras yo cantaba y retrocedía para seguir cantando. Hasta que me di de espaldas con una falsa cortina acartonada que se vino abajo. Al fondo, pegado a una máquina de escribir y aporreándola sin parar había un joven muy atractivo. Ese era Vargas Llosa, que hacía seriales para la radio y trabajaba con Raúl Salmón”. Salmón sería después el Pedro Camacho de “La tía Julia y el escribidor”, donde Gatica aparece a lo largo de cinco páginas recordando ese episodio que Vargas Llosa no cuenta exactamente así. La literatura. Cuando estamos hablando y tomando tequila el maestro Gatica y yo, pasa Franzen delante de nosotros. “Ahí va el cantante”. “¿Qué canta?”, me bromea Lucho Gatica. “Country”, le digo a carcajadas. Después le conté mis aventuras a mitad de la década del setenta, en Caracas, en el Hotel Tamanaco. “Allí me emborrachaba”, le dije al maestro, “con Olga Guillot, con una porquería que se llama, creo, zambuca, un licor de café terrible. Al final de la noche, yo llevaba a Olga hasta su habitación, le besaba la mano, le daba las buenas noches y me iba a mi habitación”. “¡Olga, mi gran amiga!”. Después le hablé de mi amistad en esa temporada con Iris Chacón, la bailarina, “La Terremoto del Caribe”, una bailarina blanca que bailaba como negra, puertorriqueña, fantástica. “¡Mi gran amiga!”, me dice Gatica. Le explico que Iris Chacón, que ahora vive en Miami, es una de las protagonistas de “La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez”. Y después hablamos de sus boleros, de su vida, de sus amores y amoríos. Al final, ya entrados en tequilas y carcajadas, nos pusimos a cantar a dúo en el lobby del Hilton “Historia de un amor”. El asombro general consiguió un silencio atronador entre los muchos escritores que nos veían cantar. Un privilegio. Al final, vi que Jonathan Franzen aplaudía nuestra interpretación. Gatica y yo, agradecidos, levantamos nuestras copas de tequila y brindamos al público. Fue un gran momento de la FIL de Guadalajara.

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