Visión del atardecer en Cholula

Después de veinte años he regresado a Cholula, la ciudad sagrada. Aquella primera visita fue para buscar a Fernando Tola en el desierto de Tlahualpan, donde estaba escondido tras desaparecer del resto del mundo. Cuando lo esperaban en Barcelona con los brazos abiertos, Tola, cuyo padre era un sanscritólogo de dimensiones universales, se hizo humo entre montañas, muy cerca de Cholula. Así que Carlos Barral y yo recorrimos aquellos andurriales cercanos a Puebla y terminamos por encontrar la casa de Tola. Durante las horas amarillas, aquella ciudad sagrada respiraba silencio y desde los hogares domésticos las chimeneas elevaban la oración de la tarde a los dioses lares que nunca habían abandonado la ciudad. Ni siquiera cuando Hernán Cortés construyó una iglesia cristiana sobre cada una de las trescientas sesenta y cinco pirámides truncadas, los templos aborígenes que estaban allí cuando los españoles llegaron. De modo que, en el secreto más obvio de la vida, allí estaban los dioses de la ciudad. Respiraban bondad, y las horas amarillas se volvían una suerte de tiempo paradisíaco en el momento en que las campanas de aquellas cientos de iglesias tocaban al Ángelus casi al mismo tiempo.
El Cónsul Firmin habría pedido mezcal, pero yo pedí en aquella cantina cercana a la casa de Tola,, un tequila seco, sin limón ni sal. Barral hizo lo propio. Estaba nervioso porque, después de tanto, ya sabía que había encontrado a su amigo perdido, aunque ninguno de los dos supiera entonces lo fuerte que iba a ser el abrazo del reencuentro. Llegamos a la puerta de la casa de Tola y el peruano apareció en la puerta con una sonrisa que alargaba su rostro mientras se fundía en un abrazo verdadero con Carlos Barral. Me acordé entonces de Esther Tusquets, de Jordi Herralde, de Beatriz de Moura… Después supimos lo otra vez lo que ya sabíamos antes: que Tola había utilizado el dinero de los cobros de Distribuciones de Enlace para montar dos editoriales en el desierto de Tlahualpan: Ediciones del Bicho y Premià Ediciones (de Premià era Margarita, su mujer de aquel entonces). Barral contaría después que Tola tenía una imprenta renacentista con un inca puro que se había traído del Perú como mayoral, un cholo que hacía restallar su látigo por las galerías de la imprenta mientras los inditos de Cholula componían tipo a tipo los libros de poemas de Ezra Pound o Alí Chumacero. Pura literatura. Pueden imaginarse la borrachera de aquella tarde y aquella noche en casa de Tola. Rememoraciones de viejos amigos, debates sobre literatura inmediata, planes para el futuro: ni una palabra del viaje de Tola al fin del mundo con los dineros de Distribuciones de Enlace.
Un infiltrado, Fernando Sánchez Dragó, se interesó por “las plantaciones” de Tola en aquella casa. “Peyote”, dijo el peruano sin mover un músculo de la cara. El resultado fue un interés inusitado de Sánchez Dragó por la fruta secreta y sagrada de los Tarahumara y, al final, el de Gárgoris y Habidis cargó con un saco de aquellos mangos que tenían en su interior el secreto de la vida. “Prueba primero con perros”, le advirtió Tola, “si los perros lo resisten y no se vuelven locos, entonces tú puedes tomártelo”, añadió. Sánchez Dragó quería viajar hasta Estados Unidos con el peyote, pero al final desistió -tras tratarme de cobarde por no secundarlo en la locura- y le regaló al conserje del Hotel Ciudad de México el fruto de sus desvelos. De modo que no es verdad el rumor que dice que aquella noche en casa de Tola, cerca de Cholula, todos los comensales tomamos nuestra ración de peyote y nos echamos a volar en aquel desierto como si cada uno tratara de imitar a Mary Poppins. En Cholula se desarrolla una de las novelas de Carlos Fuentes, “Cambio de piel”, que fue prohibida en España en el momento de su publicación (¿1967?), una novela que trataba de conseguir la altura de “Bajo el volcán”, de Malcolm Lowry, que algunos tienen como la mejor novela mexicana de todos los tiempos. La novela de Lowry es el modelo que usa Fuentes para su novela y Cuernavaca es, en este caso, Cholula, cuya vista del atardecer es única en el mundo, llena de religiosidad y profundo recogimiento. “-Mezcal -dijo el Cónsul”, puede leerse en “Bajo el volcán” una y otra vez, como una llamada repetitiva a la muerte. “-Tequila -pedimos nosotros en Cholula, una vez más”, como un canto a la vida de esta ciudad en la que no hay más que iglesias que recuerdan el tiempo que se mueve por el aire entre ellas.
Me gustó recordar a algunos de mis amigos muertos en esta melancólica tarde de Cholula; me gustó acariciar ciertos minutos de aquellas horas amarillas como el oro entre mis memorias más íntimas. Al final, pedí otro golpe de tequila, y brindé por ellos en otra cantina de Cholula.

* Artículo publicado en mi columna semanal Al pie del cañón, en El Cultural del diario El Mundo, el 29 de noviembre de 2012.

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