Adelanto de la Navidad

Ya estamos hablando de Navidad, aunque falta media estación por llegar. Se oyen las campanas a lo lejos, tras la huelga general, que no ha sido un éxito para nadie, sino que es el resultado de un fracaso para todos. En cuanto a la Navidad, se oyen las campanas por anticipado y hay una noticia que se repite todos los días: este año no hay tantos “belenes” como en los años anteriores. Otra vez la crisis. Ora vez este maldito fraude que nos ha metido en el abismo de no saber qué cosa es el futuro. Vivir al día es propio de la Navidad: hay que pasárselo bien, como si fuera la última vez. Pero casi nunca es la última vez, y cuando lo sea nosotros no lo sabremos jamás antes de que se cumpla ese momento.
Si hay que adelantar los planes de Navidad, y no hacer ningún Belén este año en las porterías de las casas o en las mismas casas de familia, que no se hagan. Los economistas, esos brujos que nunca dan en el clavo, aconsejan gastar para que la cosa camine, pero luego se quejan de que no ahorramos cuando debiéramos. Y cuando ahorramos lo que debemos, nos dicen que no gastamos todo cuanto es aconsejable. La Navidad, entonces. El otro día pasé por una calle principal de Madrid y ya está ahí, colgando de nuestras cabezas, la bombillada, aún sin encender pero a punto de deslumbrarnos para darnos la noticia de la llegada de la Navidad. Pasamos el tiempo de fiesta en fiesta, aunque no ahorremos ni gastemos lo necesario. Pasamos del drama a la fiesta como el que cruza una calle, mientras la clase media se tira de la piel para alcanzar el fin de mes, la misma fecha que no alcanza nunca la clase trabajadora.
La Navidad no es un chicle. Todo lo contrario, no podemos estirarla más allá de nuestras posibilidades. Y esa llamada del cuerno para que empecemos a prepararnos para gastar es de las que menos, al menos personalmente, me gustan.
Adelanto mis Navidades: en casa, leyendo, reponiendo mi pensamiento loco con palabras nuevas que estoy seguro encontraré en algunos de los libros que lea. Leyendo y descansando de ese mundanal ruido de la crisis que amenaza también con acabar con nosotros a lo largo del año que viene. Leyendo y con esperanzas de poder llegar a las Navidades del año que viene tal como estamos ahora, al borde del abismo, pero ni un centímetro más.

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