La risa y la vida

El privilegio de vivir vale la pena, a pesar de los pesares y las desgracias, a pesar de los dramas y las tragedias. La risa es un gran antídoto contra los males y sería interesante que aprendiéramos desde pequeños, desde el colegio, a reírnos de nosotros mismos y contener esa misma risa cuando se trata de los demás. Pero nos enseñan todo lo contrario: reírnos de los otros, como exorcismo de nosotros mismos. Tomamos esa costumbre desde que somos niños, cuando la crueldad parece una virtud, y desarrollamos una suerte de desprecio fascistoide por el otro, por el débil o por aquellos que no son como nosotros. El resultado es una mala educación que se hace patente en la falta de respeto que luego exhibimos los ciudadanos en cada uno de nuestros actos cotidianos.
La risa de nosotros mismos es parte del privilegio de la vida, y tendría que ser una disciplina que nos desarrollara como seres humanos desde que tuviéramos el mínimo uso de razón. Como parte de la educación necesaria. Por el contrario, lo que cultivamos es el sarcasmo contra el otro, la carcajada senil frente a los errores del que no nos gusta, la exclamación de gloria estúpida cuando el error del otro se hace evidente.
El privilegio de vivir tendría que darnos también el derecho al fracaso e incluso al ridículo, ese estado horrible en el que los seres humanos nos sabemos desnudos, a la intemperie y a la vista de todos. El ridículo es siempre, y así hay que entenderlo, una espita contra el ego excesivo y el fracaso una consecuencia de la vida que es así, azarosa y llena de sorpresas.
La otra tarde vino a verme el tiempo, medio siglo de tardanza en conversar mano a mano y echarnos en cara las cosas y preguntarnos por qué no habíamos hablado antes. no vale la excusa de la timidez o el despiste, esos son elementos psiquiátricos que no soportan el más mínimo análisis. No queremos encontrarnos con el tiempo porque el tiempo es la vida y la vida nos auxilia en asuntos donde nosotros pensamos que nadie, ni siquiera la vida, debe meterse. Pero, no hay que olvidarlo, la vida es un privilegio, el tiempo y la vida es parte de una misma cosa que, cuando es libre, consigue el summum total, el llamado instante de felicidad: encender una luz, tomarse un café con leche caliente, tomar una ducha fría en pleno verano, morder una fruta prohibida. Y reírse mucho de uno mismo.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *