Hay días

Hoy quería ponerme lírico, escribir de algún sueño perfecto, de esos que deseamos que se den en la realidad, del cumplimiento de algún extraño y lejano deseo que se actualiza por casualidad, si es que la casualidad existe.
Hoy quería escribir al margen del mundo, sin importarme lo que está pasando en la calle, sin saber cuanta gente se ha quedado hoy sin casa porque no pudo pagar a tiempo su hipoteca. Quería escribir una suerte de poema a unos zapatos a los que le tengo un cariño raro, me quedan bien, me gusta verme con ellos, me siento contento cuando camino con ellos. Quería escribir sobre esa pequeña satisfacción cotidiana, pero me es imposible desasirme de mi propia realidad. Leo y releo los periódicos y la lírica se me hace poco menos que una parodia. Están pasando muchas cosas trágicas a nuestro alrededor , aunque nuestra intención sea la literatura, todo eso que está pasando nos trastorna, nos perturba hasta el punto de hacer tartamudear al teclado y no sacar la palabra exacta en el momento que la buscamos, aquella palabra que Flaubert reivindicaba justa. Hay días que estoy más Sartre que Camus, aunque soy más Camus que Sartre casi siempre. Hay días que la reflexión me lleva al borde de la indignación, días en los que, a pesar del sol y de la luz, a pesar del azul del cielo, la limpieza de las calles y mi respiración personal bastante contenta, no puedo dejar de pensar en la tragedia que en cada instante que respiro ocurre muy cerca de donde estoy escribiendo. Hay días así, tenebrosos a pasar de la apariencia.
No se trata de que mi sentido del humor y mi propio estado de ánimo hayan bajado enteros en la bolsa de mi propia estimación. Al contrario, lo que ocurre es que los síntomas externos de la vida no ayudan mucho algunos días a que estamos del todo contento, hablemos de los zapatos que nos gustan y del trago que nos ha sentado tan bien en el aperitivo del mediodía día.
Hay días aciagos, no para uno mismo sino para mucha gente que nos rodea y a la que, sin embargo, no conocemos de nada. Hay días en los que piensa uno que la tragedia de los demás puede haberle sucedido a uno mismo: a mí mismo. O a usted, amigo lector, que lee sólo por curiosidad. Esos días, ni siquiera a los enemigos más hostiles y detestables les deseo nada malo de cuanto está ocurriendo, sino todo lo contrario: que están bien y que se sientan a gusto con los zapatos que calzan y con los que caminan por la calle.

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