Una noche gloriosa

Anoche dormí como un niño: casi diez horas en el gran placer del descanso. Al mediodía de ayer, como todos los lunes, fue al Café Gijón, en el centro de Madrid, a almorzar lentejas y carne a la plancha con la tertulia literararia y reducida de todas las semanas: el novelista venezolano Juan Carlos Chirinos, el editor y escritor José Esteban y el pintor Félix Arellano. Nada ni nadie vino a perturbarnos la amistad y la conversación, pero sobre las seis de la tarde nos dijimos adiós, me fui a casa, hablé por teléfono con algunos amigos y me puse a leer “La revolución sentimental”, de Beatriz Lecumberri, la experiencia de una periodista de verdad en la Venezuela de Chávez durante los últimos cuatro años. Una escritura limpia, firme, fascinante: la historia de la realidad venezolana galopa con alma y profundidad, con testimonios que asombran. La brillantez de la prosa y su contenido quitan el sueño. Estuve leyendo casi tres horas, hipnotizado en la lectura del libro y asombrado por el método, la perspectiva de la autora, su profesionalidad al contar las cosas sin dar más opiniones que las necesarias… Un hallazgo Beatriz Lecumberri para el periodismo español, el que vuela a contracorriente del poder, frente por frente a las tempestades, los vientos y las mareas: el periodismo serio, el que no tiene fin ni edad; el periodismo indócil, leal consigo mismo, el periodismo documentado y trabajado. En fin, el periodismo al que aspira la excelencia a través del trabajo, de la verdad, la ética y la estética que, al menos para el profesor Valverde y para otros muchos entre los que me encuentro, es la misma cosa, el mismo asunto, la misma brida de la misma cabalgadura.
Por eso dormí como un niño: había leído tres horas, fuera del mundo, embebido en uno de los grandes y más placenteros vicios que quedan en nuestro universo contemporáneo, la lectura, un acto de soledad y regocijo que, aunque sea algunas pocas veces, siempre te da satisfacciones de toda índole. Y descubrí a una escritora que no conocía. Y supe más de la Venezuela de Chávez, que acabo de visitar. Y por eso dormí, y estuve fuera del mundo, aislado, imaginando esa película de Caracas de la que acabo de salir.
Dormí luego de leer tres horas y me encontré, por eso, conmigo mismo, en paz con el mundo, y -lo que es raro- nada inquieto, sin sobresaltos ni nada que pudiera interrumpir mi plenitud. Un gran placer, un libro, una cama, la soledad, la lectura. Y, después, casi diez horas de sueño y en plena forma.

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