Sobre Gauguin en Panamá

En los primeros capítulos que llevo escritos de “Boulevard Balboa”, mi novela panameña, aparece el fantasma de Gauguin en sus cuadros. El protagonista central de la novela batalla con ese fantasma desde hace cuarenta años. Sostiene el tipo que Gauguin dejó descendencia en Panamá, cuando vino a trabajar en la construcción del Canal y vivió en Taboga. También sostiene, pero esto no lo voy a decir aquí sino en la novela, que Paul Gauguin dejó algo más que una oscura descendencia en Ciudad de Panamá. Y que ese “secreto” vale una fortuna. No es uno sino dos “secretos”, y son secretos porque permanecen ocultos después de tres generaciones y sólo sus dueños, que han heredado los “secretos” de sus padres (y sus padres de sus abuelos), los han visto y saben de qué se trata. Telón. Hasta aquí lo que puedo hoy descubrir a mis lectores de “La Prensa” sobre la novela que escribo.
Hace algunos días, en Madrid, aunque ahora escribo desde Valencia (Venezuela), mientras trasegábamos un fantástico cocido madrileño y unos caldos de Ramón Bilbao excepcionales, comenté esta parte no tan secreta de la novela con algunos amigos, entre los que se encontraba la artista panameña Olga Sinclair, cuya semblanza, aunque no sea ella misma, también transita por la novela. Ella me recordó entonces una frase de Picasso que siempre repite, con muy buen tino: “El pintor pinta lo que vende, el artista vende lo que pinta”. Y, después de esa lección, me regaló un lienzo espléndido, con sus rojos, blancos y negros estratégicamente colocados. Entonces y después, Gauguin en Panamá se ha convertido en una de nuestras interminables conversaciones favoritas. Y de aquí, lo confieso, de ese frenesí hablador, también han salido historias laterales de la novela “Boulevard Balboa”.
Queda esa carta de Guaguin a su esposa, escrita desde Panamá, que dice entre otras cosas que “se vino a vivir a Panamá para vivir entre salvajes”. A primera vista, los panameños pueden verse menospreciados gravemente por esta afirmación, pero si nos atenemos a lo que para el gran artista francés significaba “el salvajismo”, lo que dice en la carta es la exaltación de la felicidad. Para Gauguin vivir entre salvajes significaba haber encontrado la felicidad, pero inmediatamente hay que añadir que no le debió de gustar el ambiente “salvaje” de aquella ciudad de Panamá, en la medida en que después, un tiempo después, emprendió viaje a Las Marquesa, donde vivió, fue feliz, sufrió horrores, murió y está enterrado decorosamente.
Un día viajé y visité Taboga, donde Gauguin vivió, buscando tal vez una huella novelesca que me diera aliento para empezar mi novela. Me divertí mucho con mis amigas de entonces y de ahora. Me emborraché feliz, como si fuera Gauguin en plena selva. Me bañé hasta cansarme en una piscina de agua tibia. Y además conocí, aunque no lo suficiente, a una de esas mujeres que aparecen en la vida de un hombre sin saber que son aparecidas, imágenes falsas, espejismos que se esfuman como fuego fatuo en cuanto pasan unos minutos. O unos días. Ahí también estaba Gauguin, en esa infatuación erótica de la que hablo, que surgió repentinamente en el barco que me llevaba a Taboga, como si surgiera del mismo mar la diosa Atenea, y desapareció días más tarde dejando tan sólo un rastro de su perfume inolvidable. Y el color de su piel: alabastro pasado levemente por el sol.
Hace tan sólo unos días, antes de venir a Venezuela, giré mi primera visita a la gran exposición de Gauguin que está abierta en el Museo Thyssen de Madrid. Anduve absorto por las salas, como si yo mismo fuera el experto en arte protagonista de mi novela panameña. Tengo que decirlo: hablé con Gauguin en baja voz y le prometí volver a mi vuelta a visitarlo de nuevo. Una y mil veces. La fiereza de sus cuadros está tan viva que esos mismos lienzos salvajes me responden con una voz primaria, lejana, irreconocible. Es la voz de la felicidad que me provoca observar estos Gauguin como si yo mismo fuera el depositario por herencia de aquellos “secretos” que viven hoy en Ciudad de Panamá.
La próxima vez que vaya a Panamá, le dije a Gauguin como otro secreto, trataré de encontrar a tus dos nietos panameños de mi novela. Todo empezó como una ficción escrita y se está convirtiendo lentamente en la verdad de las mentiras. ¿Quién puede negarme que Gauguin tiene dos nietos secretos en Panamá? ¿Quién puede negarme que Gauguin dejó además dos “secretos” más que descansan en el silencio de sus ricos propietarios, “secretos” que, además, sus dueños saben que tiene sustanciales propiedades: suerte, la salud, la felicidad, el dinero? ¿Quién puede negármelo? Y, en fin, ¿qué pasaría si todo cuanto estoy escribiendo no fuera una mentira llena de verdad sino una verdad llena de mentiras?

* Artículo publicado en el diario La Prensa, Panamá, el domingo, 28 de octubre de 2012, en mi columna semanal “En la corta distancia”.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *