En el Cervantes de París

Esta vez fui a París para hablar del “boom” y de “La ciudad y los perros” en el Instituto Cervantes. Como decía mi barbero de juventud, “el público estaba lleno de gente”: no cabía un alma en el salón de actos del Cervantes. Cuando tomó la palabra el primer panelista, Gustavo Guerrero, venezolano, escritor y editor (y profesor de literatura), después de que el director del centro, Juan Manuel Bonet nos hubiera presentado a todos, ese loco -en este caso parisino- que interrumpe todos los actos desde el público gritó que era inadmisible que en París se hablara español. Se le dijo que estábamos en el Instituto Cervantes y que en el Goethe se hablaba alemán. Dije que asistía a reuniones y actos en el Instituto Francés de Madrid y que allí se hablaba francés. El loco -parisino- no cejaba: insistía en que teníamos que hablar francés y que si no él se iría del acto inmediatamente. Mucha gente del público le pidió que se fuera, pero él porfiaba: quería que habláramos en francés. Guerrero se dirigió a él, amablemente y en lengua francesa, pero el hombre, colérico en este momento, no permitía ya ni que se hablara en francés. Al final, se levantó de su asiento y murmurando en alta voz contra Cervantes y el español se marchó dando un portazo.
Cuando me tocó hablar en el panel felicité a Juan Manuel Bonet por haber contratado a aquel actor francés para iniciar nuestra reunión por todo lo alto. El loco, dije, es uno de los mejores actores de teatro francés que he visto en mi vida, deberíamos invitarlo a cenar. Se rieron mucho con mi ocurrencia y el loco -parisino- no volvió a a aparecer en toda la noche.
Se contaron anécdotas, episodios y datos más o menos secretos del “boom” y de la novela que nos había congregado allí, “La ciudad y los perros”, iniciada por Vargas Llosa cuando tenía 22 años en una taberna de Madrid, en la Avenida Menéndez y Pelayo, llamada El Jute, y terminada en su departamento de Rue Tournon, en París, dos años más tarde. Todos coincidimos en que ese año, 1962, la de la terminación de la novela y la obtención del premio Biblioteca Breve, fue el principio “institucional” del “boom”. Añadí, en mi intervención, que aquel original de Vargas Llosa que luego fue una bomba editorial y literaria no tuvo al principio tan buena suerte. Muchas dificultades determinaron el destino de esa novela y su triunfo total. Primero fue rechazada por la prestigiosa Ruedo Ibérico, la editorial española antifranquista, con casa en París, y luego, cuando Claude Couffon le aconsejó a Vargas Llosa enviarla a Carlos Barral, el original, sufrió la condena de los lectores editoriales de Seix Barral, que la tildaron de inmoral y dijeron que, además,m el autor no sabía gramática española. Sic transit gloria mundi.
Cuando la novela fue premiada, tuvo que tropezarse con la censura del régimen de Franco. Vargas Llosa se avino a cambiar trece palabras, entre ellas “barriga de ballena” (la del coronel-jefe del Colegio Leoncio Prado) por “barriga de cetáceo” y algunas otras, que en la segunda edición, y gracias a la audacia de Carlos Barral, fueron restituidas sin que la censura dijera esta tijera es mía.
Cuando la novela ya era un triunfo, y se había traducido al francés, Roger Caillois, editor de Gallimard, auctoritas incontestable en la literatura francesa y universal, maestro de las letras y gran patrón académico, puro canon francés, le preguntó a Vargas Llosa que si ya sabía quién, en la novela, había matado al Esclavo. Vargas Llosa le contestó tranquilo: “Fue El Jaguar”. Entonces Caillois empezó a gesticular como expresión negativa, como refutación de la afirmación de Vargas Llosa. “¡Ni hablar, hombre, ni hablar!”, le dijo Caillois, “usted no ha entendido nada de su novela.Vuelva a leerla, hombre, vuelva a leerla”, le dijo.
Tal vez es desde ese día que Vargas Llosa sostiene que el autor no tiene verdadera perspectiva de su obra y que, mientras el escritor cree una cosa de ella, los lectores informados tal vez creen otra. Conrad decía que él escribía la mitad de sus novelas y que las terminaban de escribir, la otra mitad, los lectores. Algo de eso hay, aunque Conrad y Vargas Llosa, me consta, son tan hiperbólicos al hablar de literatura que podemos perdernos en sus explicaciones y tener que reclamar finalmente al autor, como hizo Caillois, que le lean de nuevo su novela.
Me pasé con esa excusa de la literatura una semana en un París otoñal espléndido, lleno de gente bella, de champán, paté de campaña y tabacos cubanos, además de ver a mis amigos parisinos, ganar nuevos conocidos y airear por el mundo mi olfato de escritor vivo, que respira todo cuanto ve y asimila el universo como si fuera una droga necesaria, que lo es y de las buenas.

* Artículo publicado en La Prensa, Panamá, el 21 de octubre, domingo, en mi columna semanal “En la corta distancia”.

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