Arrensberg en Oviedo

Siempre que vengo a Oviedo, paso por la Plaza Porlier a saludar a Arrensberg, perenne y en bronce su escultura desde que Eduardo Úrculo, en un día memorable, la inauguró en este emplazamiento. La gente se detiene, ve la escultura, la observa, se fotografía junto a ella, pero tengo para mí que no saben con quien se la están jugando. Tengo en mi casa, a la vista y en el salón de estar, una réplica de la escultura de Arrensberg que Úrculo me regaló en un momento de amistad cómplice, de los muchos que tuvimos durante su fructífera vida. Porque todos los días, veo esa réplica, e incluso le hablo a veces como si fuera una persona, conozco cada detalle de esa obra de arte. Incluso la he convertido en parte de mi vida cotidiana, así que cuando vengo a Oviedo visito la origina como quien hace un peregrinaje y una parada obligatoria.
Esta vez vine a Oviedo como invitado a la entrega de los premios Príncipe de Asturias. Me cupo el honor, en junio pasado, de ser miembro del jurado que le concedió en premio de Letras a Leonard Cohen, del que todo el mundo sabe que es un gran cantor (un gran compositor y cantor, desde luego), pero casi nadie sabe que es un gran poeta, un gran escritor. Es muy difícil premiar en Letras, clomo en cualquier otro apartado, en el Príncipe de Asturias. Decenas de grandes candidatos, cuya obra y nombre nos asombran, son presentados todos los años, y hay que escoger al mejor con garantías de que no nos estamos equivocando. Este año, como otros atrás, salí convencido de la reuniones del jurado: habíamos hecho lo que debíamos y le dimos el premio a Leonard Cohen, por una mayoría suficiente.
Cuando he pasado por delante de la estatua de Arransberg en Porlier, me pregunté si la gente sabía quién era el personaje y por qué Úrculo le rindió ese homenaje personal en su propia tierra. Ahora, gracias a Aquiles Tuero, al que sus amigos llaman “el de los pies ligeros”, tengo en mi poder los papeles de Arrensberg, jna novela inconclusa, un poco fragmentaria, pero llena de iniciativa, titulada Eternity at Central Park”. Les confieso que resulta un texto interesante, de un escritor del que se sabe muy poco (por propia voluntad del mismo escritor, que odiaba el star system en el que se ha convertido demasiadas veces la literatura y el arte, en general), pero de quien también por el misterio que exhalan sus escritos y su vida se ha transformado en un enigma más o menos indescifrable. Su vida no es como la de Cohen, pero podían haberlo sido. El poeta y cantor se fue del mundo una temporada y se consagró a la reflexión en un monasterio. Retirado del mundo por propia voluntad, su gestor económico le voló todo el dinero que había ganado en su vida y se vio sin un dólar en el momento en que salió del monasterio. Cohen no se arredró. Se puso manos a la obra con lo mejor que sabe hacer, escribir poemas, y cantarlos con esa voz seductora de hombre de vuelta de todo, con su traje gris o negro y sus facciones y gestosa llenos de cercanía con el público que lo anima siempre a seguir cantando.
Arrensberg se retiró de la circulación pública después de escribir algunos de los diálogos de la película “Manhattan sur”, un film violento que describe la vida cotidiana de los gánsters jóvenes en la Nueva York última que vio y vivió Arrensberg. Se fue a vivir a una casa de Borroklyn y de allí no salía sino de vez en cuando a comprar unos dulces que le gustaban mucho en una panadería cercana a su domicilio. ni sus amigos volvieron a verlo ni quiso, según dijeron esos mismos amigos, verlos nunca más. La leyenda dice que cuandso vivió en Francia, en París, mató a un macró en un cabaret de Pigalle de una firme y certera puñalada. Luego huyó, se vino a Nueva York sin que la policía reclamara nunca su presencia, ni le achacara el asesinato, y después se encerró en el barrio de Brooklyn como si el mundo no existiera. Sus papeles han llegado a mis manos después de pagarle a quien se reclama como hija suya una buena cantidad de dinero. Merece la pena.
Me he queado con las ganas de contarle a Leonard Cohen la historia de Arransberg, que seguramente no conozca. La escultura de Úrculo tiene título: “El regreso de Williams B. Arrensberg, aunque todo el mundo lo llama “El viajero”. Leonmard Cohen es también un viajero. Vuela de escenario en escenario por el mundo entero y convence con cada uno de sus poemas cantados. Para él, lo ha dicho él mismo, la poesía y la canción son una misma cosa. Ese viejo asunto es más que discutible, pero de eso se trata: de establecer un diálogo que parezca una discusión entre la canción y el poema escrito, de modo que al final la conjunción sea perfecto. Cohen lo ha conseguido con creces. Incluso casi me consta que ya ha dejado atrás la terrible historia de verse en un momento determinado en la ruina, gracias o por mor de un robo de una persona de la que no podía esperar más que agradecimiento.
He reflexionado en todas estas cosas mientras observaba una vez a medio metro de distancia la escultura de Arrensberg en Oviedo. He visto de cerca a Cohen. Le dije que tenia el honor de haber sido miembro del jurado que le concedió el Prímncipe de Asturias. No sé si me entendió, porque mi inglés es inexpugnable al oído de cualquier persona que hable inglés. Pero lo que dije, en inglés, en mi inglés tan inconcluso y fragmentario como los papeles de Arrensberg, lo dije de corazón. Mereció la pena.
Merece la pena regresar a Oviedo de vez en cuando, a ver tantas cosas y tanas ánimas en bronce, en una ciudad en la que siempre he sido feliz, siempre estuve contento y siempre me encontré con gente amable y bien educada.

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