Todos en Manhattan

Todos los poderosos están en Nueva York. Y yo también, aunque mi viaje, siempre literario, sea pura coincidencia con la estancia de los poderosos.Jefes de Estado y de gobierno se reúnen estos días en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Coches negros de lujo, con los cristales velados y haciendo sonar sus sirenas corren por las avenidas y las calles de Nueva York, tomadas por la policía. Están aquí los poderosos y no puede pasarles nada. La gente, en fin, camina y pasea por Manhattan ajena a aquel trasiego de los poderosos que dicen reunirse en convención para arreglar cosas del mundo, pero ni arreglan nada ni son cosas del mundo las que hablan.
No hay que ser pesimistas. mientras Occidente mantenga como método de vida la alegría, precisamente la alegría de la vida, habrá quien envidie al menos esa imagen exterior y, en fin, los poderosos de todo el mundo se seguirán reuniendo aquí, en uno de los corazones del mundo, para hacer negocios, sonreírse, cumplir con el protocolo y lo que hay de farsa en la comedia. Los veo pasar en sus coches de ricos, lleno de seguridad por todos lados. En la esquina de la Lexington con la 47 east, me siento a tomar el sol otoñal de media mañana en Manhattan. Enciendo un “señoritas” y recuerdo la boutade de Tony López Lamadrid: que desde que los americanos han dejado de fumar, comen mucho, se ponen muy gordos y no dicen sino inconvenientes. La otra mañana, antes de esta magna convención de poderosos y ricos, entre Clinton y Kissinger, entre guapos y jefes del mundo, tomé por la calle del medio y luego de recorrer a pata parte del Village, me senté en un banco de Washington Square a oír tocar el piano dominical a un joven artista que obnubila t doro el mundo que lo oye. Juro que pase un rato mucho mejor y más alegre que el que pudieron pasar en hoteles de lujo y sonriéndose los faroles de los gobiernos del mundo. Yo me sentí joven, tuve un ataque de euforia y alegría, me sentí yo mismo. Pensé en mi juventud perdida y en alguna muchacha a la que creo que quise bastante y en silencio. Lo bueno de la vida es poder recordar las cosas del pasado con alegría, como si todas hubieran pasado a favor. En cuanto a los poderosos, se irán mañana de Nueva York y la ciudad quedará en paz, liberada de esa manía de la seguridad bajo la que no se mueve nadie. Yo también me irá mañana, a Arequipa, Lima, pero todo es pura coincidencia: me voy a mi vida literaria, a una feria del libro, ese mismo libro de mi vida del que no quiero ni pienso salir nunca.

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