Premios literarios

Son muy pocos los escritores que conozco que no aspiren a premios literarios. Naturalmente, me incluyo sin tapujos porque no participo de la hipocresía de tantos: decir que detestan los galardones y luego intrigar en la oscuridad para que les sean concedidos. Cuando Octavio Paz ganó el Premio Cervantes, dijo en público que su voto al año siguiente sería para José Bergamín. Bergamín era en España lo que se llama un resistente provocador. Escribía contra la monarquía y contra la frágil democracia española que nació después de Franco y era un símbolo de viejos tiempos de compromiso político. Acabó defendiendo la independencia de Euskadi, un error al que lo llevó su empecinamiento contra la situación política en España. Cuando llegó la hora de votar, Paz votó a otro candidato olvidándose de su declaración pública. Durante un año, se intrigó para que Bergamín no fuera Premio Cervantes, aunque desde mi punto de vista lo mereciera antes y más que otros. Los que lo hicieron consiguieron su propósito. Conocí a Bergamín durante la última parte de su vida, como conocí a Paz y al ganador del Cervantes cuando no lo ganó Bergamín, el poeta Luis Rosales. Bergamín era agrio, sarcástico en sus bromas, muy inteligente, sabio y con un sentido común imponente. En toda su vida se ganó respetos de todas clases gracias a sus actuaciones y frases brillantes. Una de ellas, proclamada en plena II República, ha hecho historia y escuela: “Con los comunistas hasta el abismo, pero ni un centímetro más”.
El premio literario a veces es justo, sobre todo si lo ganamos nosotros mismos, aunque muchos lo pongan en duda. A mí me alegra mucho que les den premios literarios a los amigos escritores e, incluso, a los enemigos personales, que son bastantes, porque así se muestran más tranquilos, menos ofensivos y arbitrarios. Yo mismo, como se sabe, he ganado dos o tres premios literarios con mis novelas, aunque en alguna ocasión el galardón no fue muy bien visto. La misma noche que me dieron uno de ellos, un novelista mediocre que posaba de gran estrella se acercó a darme la enhorabuena con esta frase: “¡Me birlaste el premio!”, me espetó. ¡Como si fuera de él antes de ganarlo! Casi siempre gana un premio literario aquel escritor que está mejor colocado que sus adversarios, con un manuscrito más o menos decente y los votos que se necesitan para ganar. En un determinado premio español, el editor que lo convocó quería que “no” ganara cierto candidato que, para si desgracia, acabó ganando. El editor, bastante torpe y poco profesional, le dijo a uno de los miembros del jurado que había elegido que el candidato que no tenía que ganar lo hiciera gracias a su voto. “A mi voto y cuatro más”, le contestó el miembro del jurado interpelado por el editor.
Una vez gané un premio, dotado con bastante más dinero que cualquier premio literario: 360.001 euros. Durante la semana previa a la noche de la concesión estuvieron intrigando para que yo no ganara el galardón, sino que los votos de los jurados recayeran sobre otra novela que resultó finalista. Escritores y amigos de quien no ganó influyeron para que algunos jurados cambiaran su voto pero lo lo consiguieron. En otras ocasiones fue igual, pero perdí el premio porque las intrigas dieron resultado y, aunque tal vez tuviera méritos suficientes para ganar, había fuerzas que no querían que tal cosa ocurriera. En cuanto al Premio Nacional de Narrativa de España estuvo a punto de ganarlo en la ocasión que se lo otorgaron a “El hereje”, de Miguel Delibes, novelista a quien siempre he admirado gracias en exclusiva a su literatura y a su actitud moral ante la vida. Cuando me preguntaron cómo me había caído el premio le di en público la enhorabuena al maestro Delibes. “Paciencia y a barajar”, fue el comentarios posterior que hice a los medios de comunicación.
A los premios se presentan los escritores (o los presentan sus agentes literarios) por suma vanidad y, además, para ganarlos. Es decir, nos presentamos por autoestima superior y por dinero. Un escritor siempre está en crisis, salvo excepciones nunca tiene dinero y arrastra su sombra por la cercanías de la pobreza. Un premio sirve incluso de espejismo para seguir tirando del carro: es la zanahoria delante del burro para que el animal camine. Si la gente supiera cuantos premios perdemos los escritores, nos aplaudirían mucho más cuando ganamos alguno de vez en cuando. Tengo un amigo novelista que nunca ha ganado un premio en toda su vida y al que siempre le preguntan quienes lo conocen para cuándo un premio literario con una novela suya. “Es inminente”, contesta cáustico. Así ha escrito ya más de quince novelas y tiene un nombre literario bien ganado entre las castas intelectuales.

* Artículo publicado en mi columna En la corta distancia, del diario La Prensa, Panamá, el domingo, 23 de septiembre de 2012.

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