Loa grafómanos del Titanic

Por culpa de Pedro Camacho, el gran escribidor de Vargas Llosa, hay un párrafo fantástico de “El grafógrafo”, el magnífico libro de relatos (¿?) de Salvador Elizondo, que se ha hecho celebérrimo. Tanto que tiene cientos y cientos de entradas en Internet, sin que más de la mitad de los internautas interesados sepan qué significa el aparente galimatías del poeta: “Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribiendo que escribo…”, con todas las variedades que ustedes quieran. Elizondo era un escritor de culto, respetadísimo, excelente, y “El grafógrafo” es una de sus huellas textuales más exigentes. Un lector normal (no me hagan repetirlo, de un par de libros al año) diría que en “El grafógrafo” no sucede nada, que el libro es aburrido y que no vale la pena leerlo. ¿Qué no? Sucede el milagro del grafómano de la palabra en cada palabra; cada palabra sucede, ocurre, corre, se oculta, aparece, enciende el fuego y las luces, a veces grita y otras enmudece, como pronunciada por un tartamudo ahíto de palabras. Cada palabra, lector amigo, tiene su acción o su omisión. Lo que ocurre es que el lector tiene que ver lo que sucede en cada palabra y descubrirlo, y si no tiene esa gloriosa costumbre de leer cada palabra para entender lo que hay dentro de ellas, qué quieren que les diga, haber estudiado más y no se metan en vuelos que exceden el ala.
Conocí a Elizondo en la Hacienda Morales, en el Distrito Federal de México, en una tenida de tarde con Octavio Paz, Caballero Bonald y José Esteban. Febrero de 1979. Estuvo medio mustio hasta que se tomó dos tragos (no recuerdo si de tequila). Después de eso, se robó el show y fue la estrella de la reunión, a pesar de la presencia de Paz, que se reía como loco con las cosas de Salvador Elizondo. Había leído sus libros desde principios de los 70, en Joaquín Mortiz, colección El volador, y me pareció y me parece un grafómano excepcional, un maestro de la palabra (de cada palabra), un pianista fino del tono verbal y la música poética. Después de otra gran fiesta, en Madrid, Arturo Pérez-Reverte (de parte del que estoy desde hace ya decenios luego de leer bastantes de sus novelas) nos retrató a los grafómanos literarios de periódicos como “músicos del Titanic”. El mundo ya estaba hundiéndose desde entonces (hace de esto un par de años) y los músicos del gran trasatlántico herido por el iceberg de la vida seguían tocando al mismo ritmo. Como si la ruina no fuera con nosotros…
Los grafómanos del Titanic creemos con excesiva frecuencia que estamos tocando música celestial para los pasajeros de primera clase; soñamos que tocamos en el gran salón del buque insignia y que, bajo los focos deslumbrantes, somos rutilantes estrellas de kriptonina que no pueden ahogarse. Sin embargo, estamos siempre tragando agua sucia y viajamos, las más de las veces, como simples polizones, escondidos en el fondo mugriento de las sentinas y dedicados al escabroso vicio de escribir sobre cualquier papelucho que vayamos encontrando por delante. ¡Papel, papel!, gritamos desaforados como si tuviéramos una urgencia escatológica que no nos permite ni dar un paso más sin escribir. “Escribo que escribo, sueño que mentalmente escribo que escribo y me veo que escribo escribiendo que escribo…”. Elizondo otra vez, Pedro Camacho en el papel.
El barco se hunde. La flota entera del sistema ha sido saqueada delante de nuestros ojos por los más altos oficiales desde el puente de mando.¿Y qué hacen los grafómanos del Titanic en estos momentos de terror? Escribir, soñar que escriben, verse escribiendo y desearse escribiendo. No somos más que grafómanos, viajeros en el furgón de cola que se abren paso en el agua marina que los ahoga a golpe de palabras, palabras, palabras. Palabras: nuestra gran defensa, nuestro ataque contra los molinos, los gigantes y el viento de una tormenta interminable y perfecta; grafómanos a quienes les quedará para siempre el vicio de la palabra escrita, porque la palabra por sí misma, el hecho mismo de pensarla y escribirla es una Epifanía de las que hablaba Joyce en su vuelta a Ítaca por las calles oscuras de Dublín. “Chillen putas”, gritaba Octavio Paz en uno de sus poemas. Llamaba a la palabra, aquella cosa huidiza y difícil que Flaubert dibujaba “exacta”: la palabra, el amor insobornable del grafómano.

* Artículo publicado en mi columna semanal “Al pie del cañón”, en www.elcultural.es, el viernes, día 21 de septiembre de 2012.

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