Volver otra vez

En estas fechas, no hay gacetillero ni bloguero que no se duela del regreso inminente. Se olvidan que sólo una vez en la vida, cuando nos llega la hora definitiva, nos vamos del aire para siempre. El resto de la existencia es un ir y venir, sin marcharnos del todo, es un regresar al lugar de siempre, en la misma ciudad u otra, con la misma gente o con otra nueva. Volver, dijo el poeta y repitió el cantante más de una vez, es morir un poco, pero volver es también vivir mucho. Hay que saber volver del asueto con el mentón alto y la esperanza renovada, y no medio asmáticos, con un miedo melancólico y echando de menos, como en el bolero, lo que pudo ser y no fue. El verano es, como todo, pasajero, viene todos los años por la misma época, disuelve a veces más de la cuenta e inventa espejismos que no duran nada y son producto del calor y los sueños.
En mi caso personal, voy y vengo con frecuencia, viajo con el cuerpo muchas veces y con el alma todos los días, sueño espejismos que sé que no son sino eso, puro humo, y regreso esperanzado al lugar de siempre, con una fe de carbonero en el futuro inmediato, aunque la turbiedad del tiempo otoñal a veces no sea todo lo deseable que queremos. Muchos blogueros y gacetilleros del papel se lamentan del final del verano. Cae la hoja, comenzará el otoño y nosotros, muchas de las gentes que conozco, seguiremos tocando los violines en la proa del Titanic, con la convicción de que la música amansa cualquier tormenta bestial, cualquier iceberg que se nos ponga por delante, cualquier inconveniente que el tiempo inmediatamente venidero nos presente como una batalla. Sólo será, pues, este regreso una batalla más, una jugada más de ajedrez. Comprendo, y respeto, aunque no comparto la desazón de mucha gente para este otoño. El paso del tiempo es de lo más normal del mundo, con o sin cambio climático, de modo que a cada uno nos llega lenta o rápidamente, como el ocaso del sol en el Caribe, la época de la nostalgia o la melancolía. El ego de muchos no es consuelo para el resto. Confundimos con frecuencia, ego, autoestima y vanidad. Ninguno de esos tres elementos son importantes para el tiempo, ese viejo inextinguible y eterno que pasa por encima de nosotros como si, en efecto, no se diera ni cuenta de que existimos.

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