Candidatos y “expertos”

El mejor disfraz del ser humano es el de candidato a la presidencia de su país. El candidato es educado, sonriente, firme, elegante, obsequioso, conoce a todo el mundo en el último mítin, ganador, amigo de muchísima gente y enemigo de ninguna. El candidato se mira en el espejo y se ve como un ser humano perfecto, las imagen inmaculada de un señor o una señora que han llegado hasta la cumbre del prestigio gracias a sus esfuerzos, su trabajo ímprobo y su capacidad para convencer a la parroquia y a las masas de que él es el mejor. Si ese candidato es norteamericano, el escenario del teatro cobra ribetes imperiales. Todo el cine de Holliwood queda supeditado a la cámara ante la que el candidato se bate el cobre por la presidencia que ya tiene a la mano.
Sus mejores ropajes acompañan al disfraz de hombre o mujer. Está perfectamente preparado para el mandato y se lanza hacia las masas con la confianza y la autoestima que ha estado soñando siempre como elementos propios de su destino.
Republicanos y demócratas norteamericanos están a la par. Leo en algunos periódicos de España que algunos “expertos” en política internacional, obviamente partidarios desde hace años de cualquier candidato republicano, apuesta una vez más por el candidato de estas elecciones. No les gustó nunca el “Negro” y sigue sin gustarle, aunque nosotros lo votaríamos con mucho gusto si tuviéramos ese derecho. Los comentarios de estos “exentos” son a veces, o siempre, un tanto vergonzosos. Estos caballeros que escriben en ciertos periódicos no se recatan en esgrimir. argumentos cercanos a la ultraderecha para dar votos imposibles al candidato republicano. Es grotesco: se pasan un mes entero hablando bien de un candidato, el suyo, y mal del enemigo (o el adversario, por seguir siendo elegantes) y terminan perdiendo. De batalla en batalla, hasta la derrota final. Recuerdo las últimas elecciones norteamericanas. Uno de estos “expertos” trató de convencerme en directo y en una emisora de radio, con argumentos verdaderamente peregrinos, de la imposibilidad de un triunfo de Obama. Lo único que yo le había dicho es que Obama podía ganar, que miraba con mucha esperanza esa candidatura y que, si pudiera, yo votaría por el “Negro” con toda la fe del mundo. El tipo, recalcitrante, se sonreía por mi ignorancia de la política norteamericana. Así son los “expertos”: sonrientes en su complejo de superioridad. Ganó Obama.
Ahora veo al mismo “experto”, en esta nueva convocatoria de elecciones, apostando por el candidato republicano, con los mismos argumentos peregrinos con los que apostó hace cuatro años por el perdedor en las elecciones. Ya sé quien va a ganar: Obama.

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