La ruina y la vida

Si nos venden a crédito y, al final, no podemos pagar, perdemos lo que compramos y lo pierden también quienes nos prestaron el dinero. Si quienes nos han vendido no nos venden más, porque no nos dan más crédito, no podremos pagarles nunca. Si los que tienen dinero, que son los que nos venden (y lo tienen porque nos venden, precisamente), no nos prestan más, nosotros estaremos hundidos antes, pero más pronto que tarde, quienes no nos prestan se hundirán con nosotros, no sólo porque no nos prestan, sino porque no podremos pagarles y además no podremos comprarles más lo que nos venden y nosotros le compramos, gracias a lo cual ellos tienen dinero. Cierto: nosotros teníamos que haber sido más prudentes. Tal vez no debíamos haber hecho caso de quienes nos daban créditos para que compráramos. Además, mucho de lo que compramos no nos era necesario, lo compramos por avaricia, por tener cuatro o cinco, cuando con dos teníamos de sobra. Encima, nos dimos a la holganza y la fiesta: la mitad de la semana estábamos de jarana y la otra mitad recuperándonos para entrar de nuevo en el círculo de la fiesta unos días más tarde.
Cuando nos dimos cuenta de la ruina nos habíamos gastado todo y ya era demasiado tarde. No teníamos dinero y nos amenazaban constantemente con perderlo todo y con que nos iban a prestar más dinero, ni para pagar lo que debemos ni para seguir adelante. Esas amenazas constantes no llamaban a la esperanza y al optimismo, sino todo lo contrario, al pesimismo y a la inacción. Mal asunto, cuando lo que necesitamos es acción, competir, tener en todo caso un optimismo a prueba de ruina y una fe de carbonero en el futuro, porque en la vida la ilusión y la esperanza es una voluntad que mueve montañas, más temprano que tarde. Darse por derrotado es la peor manera de deberlo todo y no pagar nada. Aceptar la ruina y no salir de ella cuanto antes con un nuevo esfuerzo es prueba de cobardía. Ayer mismo, en plena fiesta y jarana, nos aplaudían desde fuera porque sabíamos vivir y habíamos levantado un país en muy pocos años. Nos creíamos héroes y nos ayudaban a creérnoslo. Cultivamos el vicio del nuevo rico a una velocidad vertiginosa. Ese vicio provocaba vergüenza en lo que nos quedaba de conciencia. Esa fiesta no era la nuestra y cuanto estábamos gastando de más habría que pagarlo. Ahora hay que pagarlo, tenemos que pedir prestado para pagar lo que debemos, claro que sí, pero quienes tienen dinero deben prestárnoslo, entre otras cosas porque si a nosotros nos va la vida en la ruina a ellos les va la ruina en la vida.

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