El lobo de mar de Hemingway

La pasión de Hemingway por el mar -sobre todo por el Caribe atlántico- está impresa en sus crónicas para la revista Life y, al menos, en dos de sus novelas, “El viejo y el mar” e “Islas a la deriva”. Pero Hemingway no pudo recorrer con su pasión los mares del Caribe sin la ayuda de un lobo de mar, Gregorio Fuentes, el patrón de su yate “Pilar”.
Conocí a Fuentes cuando ya tenía más de 80 años de edad y era un hombrón como un castillo, con un poder físico y una memoria infatigables. Me hice amigo de él de la mano de Norberto Fuentes, en el año 1985, en Cojímar, al este de La Habana, donde el viejo lobo de mar tenía su casa familiar. Durante largos años navegó con Hemingway hasta que se hicieron muy amigos y se entendían hasta por señas, sin tener que hablar. Sucede que Gregorio Fuentes era natural de Lanzarote, una de las Islas Canarias, donde yo nací (en la isla de Gran Canaria) y entró en Cuba muy joven, de polizón. Anduvo en la vida del puerto de La Habana, hasta que encontró un salvador, el mercader cubano Mediavilla, que lo apoyó hasta que consiguió la nacionalidad cubana. “Me naturalicé cubano de manera natural, porque era isleño por partida doble, por canario y por cubano…”, me dijo después de empinarse un par de tragos de ron de la botella de Matusalem que le llevé la primera vez que lo vi al borde del mar, en su casa de Comímar. Hablamos de su vida y de Canarias, de su aventura como clandestino y de sus muchas travesuras en el puerto de La Habana. Tenía un sentido del humor, muy sarcástico y particular, y había navegado con Papa Hemingway durante más de veinte años. Muchos profesores, turistas, viajeros, e incluso muchos cubanos pensaban, y seguro que muchos lo siguen pensando, que Gregorio Fuentes, un verdadero lobo de mar, es el viejo Santiago de la novela por la que los académicos suecos dijeron que le habían dado el Nobel a Hemingway. Pero Gregorio Fuentes, a pesar de ser llamado “Viejo” cariñosamente por todos no era el viejo de la novela. Fue, eso sí, el viejo de la vida de Hemingway y el amos y señor del “Pilar”.
Vi el “Pilar” ya museable, varado en tierra, junto a Gregorio Fuentes. “Sí lo echáramos al mar de nuevo, se rompería en pedazos”, me dijo. “se desencuadernaría”, así me dijo con ese nombre técnico. En mis frecuentes viajes a Cuba (he ido ya 21 veces), visité a Gregorio Fuentes una y otra vez, todos los días que pasé en La Habana. Y en todas esas visitas le llevé regalos que para él eran como dulces: una caja de tabacos Cohiba, maduros a ser posible, una botella de ron Matusalem, que sólo podíamos comprar los “turistas”, y gofio, harina de maíz tostado (alimento popular de Canarias desde los tiempos de los aborígenes, antes de la Conquista).
Muchas de las narraciones que aparecen en mi novela “Así en La Habana como en el cielo” me las contó Gregorio Fuentes después de tardes inolvidables de conversación. Sé que muchas de estas historias las inventaba, sobre la marga, conforme iba hablándome y notaba que me iba hipnotizando. Pero algunos de aquellos episodios fueron verdad. Una vez salió al mar con Papa Hemingway, que cargada el “Pilar” con grandes cantidades de whisky y ginebra cuando iba a la caza de los merlines y castores, a millas de la costa cubana. Por lo que fuera, un golpe de mar sacudió el “Pilar y Hemingway, que estaba al gobernalle en el puesto de mando, cayó de golpe desde arriba -unos tres metros- a la cubierta. Se abrió la cabeza por la frente. Y esa es la cicatriz que luce el Nobel en todas las fotografías cuando obtuvo la eternidad de los suecos, que parece ser un salvoconducto para que los escritores se vayan precisamente al cielo de la eternidad. En esa ocasión, Gregorio Fuentes fue el que lo atendió. “Lo salvé, lo curé, lo recuperé para la vida”, me confesó Fuentes, el “Viejo”, tras echarse al gaznate otro tanganazo de ron. Esa epopeya, entre otras muchas que me contó y a las que yo le di forma novelesca en mi novela, fue verdad.
Gregorio Fuentes, el gran lobo de mar, murió con un siglo de edad colgado de su memoria. Casi con 95 años lo fue a ver a Cojímar. Ya no era el mismo, pero tenía la misma fortaleza. En un recodo de la conversación, le entré con la controvertida sexualidad de Hemingway. “Y todavía hay gente que dice que Papa era homosexual”, le dije. Como estaba medio sordo creyó que yo estaba diciendo que Hemingway era gay. Me miró muy serio, se puso en guardia, cambió el gesto de a amistad por un rictus de guerrero invencible y me contestó dando un puñetazo sobre la mesa y sin decirme media palabra. El cristal de la mesa se partió hecho añicos y el puño del Viejo no sufrió ni el más ligero rasguño. Después, más calmado, se sirvió otro Matusalem, y se lo echó de golpe a la garganta. Seguimos hablando de otras cosas y nunca más volví a meter la pata y hablar con él de lo que no debía. Tremendo e inolvidable tipo Gregorio Fuentes, el lobo de mar de Hemingway, patrón del “Pilar”.

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