Conversación en la FIL (Panamá)

Después de la conversación que sostuvimos ayer tarde mi amiga la novelista Carmen Posadas y yo, hablé en privado con dos o tres comerciales de libros: vendedoras y vendedores de libros, que pasan también la crisis como todo el mundo, con agobios y sobresaltos.
Una de las afirmaciones más firmes de algunos de estos comerciales es que el libro que se vende es el libro bueno y que, entonces, el escritor que escribe best-sellers es siempre un buen escritor. Algo tiene el agua cuando la bendicen, me dijeron. Me sonreí, entre bromas, y cité, para contradecirlos sin mucha acritud, “A la busca del tiempo perdido”, “Ulises”, Rojo y negro” y algunos clásicos más. Hablé de los escritores de esos libros y de muchos más. Y de uno en especial: Pérez Galdós. Esos son long-sellers seculares, les dije, y ahí está encerrado y a la vista el tesoro secreto de la literatura. Los comerciales se deben en su trabajo a la editorial que les paga, de modo que los libros de esa editorial no sólo son para ellos preferenciales sino exclusivos: tienen que hacer su publicidad y su propaganda para que se vendan, aunque estén mal escritor y peor pensados.
En los premios literarios también hay mucho gato por liebre, dije en público, y parece que muchas veces premian al que peor escribe, lo que en realidad merece un premio. Como decía Salvador Garmendia en broma, ¡qué difícil es escribir mal! Sin embargo, en muchas ocasiones se premia a los que peor escriben e incluso a las peores novelas de los peores novelistas. Esto, que conste de una vez, no pasa siempre, pero sí muy a menudo con la consiguiente tergiversación del canon mediático que consagra con mucha frecuencia como una estrella de primera plana a quien tal vez es un escritor de tercera o cuarta línea nacional.
Una vez le dieron un premio literario a un tipo medio escritor, medio político, medio profesor, medio de todo y nada de nada (se llama Juan-Manuel García Ramos y es sólo conocido en su casa y en su reducto barrial), y justificaron el galardón afirmando que era un profesor de “reconocida valía e influencia internacionales”. Agárrenme ese cangrejo que va por agua a la mar.
El caso es que este mundo que habitamos es más de mercachifles triunfadores que de escritores vocacionales empeñados en demostrar que la buena literatura encierra una escritura difícil, tenaz, llena de talento, y nada tiene que ver con gato por liebre, con premios que se fraguan con maniobras orquestadas en la oscuridad ni con la fabricación de falsos prestigios “de reconocida valía e influencias internacionales”.

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