La placentera sensacion de escribir

Esta tarde, durante la presentación de mi novela “La noche que Bolívar traicionó a Miranda”, les hablé a mis hipotéticos lectores de lo divertido, interesante y gratificante que me resulta escribir. Escribo y publico en periódicos (y escribo y publico libros) desde hace más de 40 años y me sigue pareciendo una de las cosas más interesantes y divertidas que he hecho en mi vida. La literatura no es más un “ajuste de cuentas” entre el escritor y los otros, sean los otros infierno o cielo, sea el escritor malo de solemnidad o excelente. Pero cuando el escritor cotidiano, a ese me refiero, al vicioso pasional de la escritura literaria, está solo, enfrentado a sí mismo y a un mundo imaginario es, como dice Vargas Llosa, un deicida, un hombre privilegiado que está creando un mundo distinto y hasta ese momento inexistente; ese mundo sigue siendo inexistente fuera de la escritura, por eso el escritor hace como que mata a los dioses cuando escribe para robarle la luz del nuevo mundo, como Prometeo robó la luz para los hombres.
Claro que para llegar a ser escritor cotidiano hay que haber sido antes, y simultáneamente, un lector cotidiano y vicioso; un lector curioso que no cesa de leer y que necesita de esa acción solitaria como si fuera una obligatoriedad biológica. Así es, si así os parece. Otrosí: no esperan los jóvenes escritores hacerse ricos con la escritura y la literatura. Quien desde el principio imagina ese disparate está perdido de antemano en el bosque: no es una vocación para buscadores de dinero, sino del verdadero oro, porque la creación literaria puede ser oro, aunque no sea oro toda la literatura ni todo lo que reluce.
Hablé en Panamá, en la FIL, de lo agradable y gozoso que me resulta escribir todos los días dos, tres o cuatro horas. No más. Leer, aunque forma parte de mi trabajo necesario, es otra cosa. Otra cosa paralela en el escritor a lo que significa escribir, pero otra cosa. Cuando nos vamos haciendo viejos, como es mi caso (que sigo estando en mi primera vejentud), miramos con más condescendencia las escrituras de los demás y, cada vez más, nos exigimos a nosotros mismos aquel viejo compromiso de los primeros años de vocación: escribir lo mejor posible.
Lo más divertido de la tarde de hoy es que mis hipotéticos lectores, mis oyentes en el aula de la FIL de Panamá, me confesaron que se habían divertido tanto con mis palabras como yo dije que me divertía escribiendo. ¿Lo ven? La felicidad está en los detalles, en las cosas chicas, en los instantes más sorprendentes. En mi caso escribiendo y compartiendo con los demás la sensación placentera de escribir.

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