Buenas personas

Encima de escribir bien, a los escritores se les exige ser elegantes, educados, buenas personas, generosos y pacientes. Si ponemos los ojos en Borges o en Juan Ramón veremos que los dos genios de la palabra en español en el siglo XX no eran buenas personas, eran de un ingenio insaciable y sarcástico, se mataba por una buena frase que diera en el suelo con los enemigos y, encima, tenían lo que en España, con mal resabio, se llama mala leche.
¡Cómo podíamos exigir de Truman Capote que fuera buena persona, cómo podíamos exigirle a Norman Mailer que fuera elegante! La irascibilidad de ambos escritores era parecida a la de Gore Vidal, capaz de darse de puñetazos en público y de llevarle la contraria al lucero del alba. Conozco, claro, escritores que son elegantes y educados, casi todos, pero cuando les pinchan en lo más mínimo el alma de su vanidad saltan como águilas sobre la presa y la destrozan a picotazos con una crueldad irresistible, palabra sobre palabra.
Hemingway cruzó una vez el Caribe, salió en avión desde La Habana y llegó al aeropuerto de Laguardia, en Nueva York. Tomó un taxi y se fue directamente al restaurante donde solía almorzar un crítico que había escrito una muy mala crítica de una de sus novelas. Cuando lo vio en la barra, don Ernesto le dio un puñetazo, se volvió, salió del local, tomó otro taxi, se fue al aeropuerto de Laguardia, tomó el avión hasta su casa de La Habana y, una vez en ella, se tomó una ginebra en un jáibol. “Misión cumplida”, se dijo.
Al llegar a una cierta edad, decía Borges que hay que saber escoger a los enemigos para no terminar pareciéndose a ellos. En esa cierta edad, en la que ya me encuentro felizmente, nos volvemos un poco paranoicos los escritores, lo que no quiere decir que los perseguidores no existen. Aunque sepamos que nunca nos van a alcanzar. Aquiles y la tortuga, ya saben.
Anoche hablé de estas cosas y de otras muchas buenas personas con uno de los pocos escritores que yo considero que es buena persona, además de un magnífico novelista, y -encima- con un gran sentido de la lealtad y la amistad. Se llama Jorge Eduardo Benavides. Estábamos en el fumadero de nuestro hotel, en Panamá, tomándonos un par de tragos de ron Abuelo. En un momento de la conversación me dijo que yo, en el fondo, era buena persona… “No te creas”, le contesté, “sólo soy buena persona con mis amigos de verdad, de probada solera y lealtad”. Y sí, así es.

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