Escribir una novela

La gente del común, que sabe poco de literatura y creen que saben mucho de la vida, imaginan que escribir una novela es un trabajo menor, de niños o cuanto más de adolescentes. Por eso cuando se enteran de que hablan con un novelista le espetan, con una falta asombrosa de respeto la misma frase de siempre: “Si le cuento mi vida, usted escribirá su mejor novela”. El novelista, cuando es un escritor serio, se sonríe, para sus afueras y para sus adentros. “Seguro que sí”, contesta, y todo el mundo contento.
La gente del común, la que lee un libro al año o ninguno, cree que escribir es un juego, que no provoca cansancio y que los escritores, en fin, somos gente que se busca esta profesión vocacional y pasional para no dar un golpe en la vida y hacer como que trabajo. No saben, ni tienen idea, de cómo hay que trabajar, cuánto esfuerzo intelectual y físico hay que desarrollar, cuánta fe y confianza en uno mismo y en la escritura hay que tener, cuánto talento hay que echar encima del papel y qué profundo conocimiento del género y de la lengua en la que se escribe hay que tener.
A veces, por condescendencia, he cometido algunos errores que tienen que ver directamente con cuanto estoy escribiendo y acepto leer originales de escritores “de ocasión” que creen que sus vidas son excepcionales y que la novela que han escrito es la mejor del mundo. En realidad, una vez leídos, desgraciadamente veo que los esfuerzos de esos escritores “de ocasión”, “dominicales”, los llaman otros profesionales, no son sino bodrios, intentos infantiles de alcanzar inútilmente la magia de la palabra exacta, esa magnífica tontería de la que hablaba Flaubert (que no era precisamente ningún tonto ni un escritor cualquiera), y el dominio de la narración: de la descripción, del diálogo, del perfil de los personajes, de los puntos de vista, de los enlaces de unas historia con otras. En fin, de la estructura de esa misma novela.
Vale la pena, al menos de vez en cuando, reivindicar en público el oficio de escribir novelas como uno de los más viejos del mundo, porque el hombre y la mujer son viejísimos soñadores que han ido afinando esa magia que sólo tiene el talento y el oficio, combinados con la disciplina y el conocimiento, y que se traduce en la escritura literaria. De eso voy a hablar mañana en la Universidad de Panamá, en el ciclo Letras de España, que se celebra simultáneamente y dentro de la Feria Internacional del Libro de la ciudad del Canal.

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