CARACAS DE NOCHE

Son las dos y media de la madrugada en Caracas. Todavía es noche cerrada. En el Valle se oyen los ecos lejanos o cercanos de los carros (los autos) que navegan por las autopistas y las calles de la capital venezolana. De pronto, por la Avenida de México adelante, en el centro de la ciudad, una jauría de ciento cincuenta perros se lanza en estampida como si el diablo los persiguiera. Imagínense la escena: como búfalos corriendo por la pradera, pero sobre la misma superficie negra de la avenida. Van dirigidos por un líder que los guía ciudad adelante. Corren guiados por el hambre y la desesperación (también los animales se desesperan: es un instinto de supervivencia el que los lleva hacia adelante). En las basuras y restos de la ciudad buscan su sustento en plena madrugada, al oscuro. Da miedo verlos en tropel a cien por hora, con la velocidad de la oscuridad, como sombras demoníacas atravesando el silencio. De vez en cuando se detienen, miran a un lado y a otro. Si encuentran a cualquier persona caminando o paseando la madrugada de Caracas, lo despedazan y lo devoran. Son como hienas en un desierto buscando la más mínima salida. A veces, esa salida está en calmar el hambre en la noche.
Esa manada de perros salvajes hace que la gente se recoja pronto, porque Caracas se ha convertido en una de las capitales de nación más peligrosas del mundo. La jauría de perros hambrientos y callejeros liderados por su jefe no es más que un añadido alucinatorio, tal vez una metáfora nada literaria, de lo que ocurre todas las noches en Caracas: decenas de muertos de bala, violencia en general que no se silencia con silencios ni con discursos demagógicos para escolares que llevan al fracaso a un país.
La historia que acabo de relatarles con brevedad, tal como debo en estas circunstancias, es sin duda una sobrecogedora imagen literaria que me contó hace unos días el novelista y escritor venezolano Juan Carlos Chirinos, que acaba de publicar en Casa de Cartón su novela “Nochebosque”, sin duda un homenaje en el título y en el contenido a la novelista Djuna Barnes y a su novela “El bosque de la noche”. Fue, mientras tomábamos unaaas lentejas sabrosísimas en el Café Gijón de Madrid, una asociación de ideas a la que no pudo resistirse Chirinos, ante todo un escritor, como ha quedado demostrado en todos sus libros publicados, incluido este que ahora tenemos en las manos, “Nochebosque”, una novela negra escrita con sutileza y elegancia.Para escribir una novela negra, basta ser escritor de novelas y tener un “caso” en la mano. Lu bueno en literatura, y en la vida, es escribirlo bien, con talento, delicadeza y elegancia. Y con eficacia. Desde la primera página, muy erótica, Chirinos consigue que el lector vaya detrás del enigma como los perros salvajes corren por Caracas, con ansiedad noctámbula y robándole las sobras a la vida.
Esta historia urbana de Caracas me recuerda la que yo viví en un ya lejano 1980. En la madrugada acompañé en su carro y a su casa a una amiga con la que había pasaos una agradable e inolvidable velada. Ella era hermosa y divertida, pero
había perdido a su marido hacía muy poco tiempo y todavía su rostro moreno y sus ojos negros estaban muy envejecidos por la tristeza. En un cruce de las autopistas, camino de un barrio del extrarradio de Caracas, Petare, un barrio hoy muy peligroso, ví que un caballo navegaba folotando en el asfalto negro de la noche:un caballo blanco y reluciente que bailaba una suerte de bolero triste, tan triste como al rictus que a veces se reflejaba en el rostro de mi amiga. Ella me lo dijo apenas susurrante: “No mires, que es un alma
en pena ylo que quiere es que nos matemos”. Inmediatamente pensé en el Capitán Akhab, el protagonista de la novela de Melville sobre la ballena blanca. Aquella escena de Akhab colgado sobre el lomo de la ballena, ya muerto por la ansiedad de su propia venganza, llamando a sus hombres a seguir luchando por la batalla perdida. En aquella ocasión de Caracas, nos seguía un taxi que yo había alquilado para que me devolviera al hotel donde estaba alojado, una vez que dejara sana y salvo a mi amiga en su casa. Cuando regresaba al hotel, le hablé al taxista sobre el caballo blanco que habíamos visto media hora antes, en el viaje de ida a Petare. “Es un fantasma transformado en caballo blanco, un alma en pena”, me dijo, “no hay que mirarlo porque da mucha mala suerte”.
Me quedé impresionado con la imagen y con la historia y, finalmente, pudo más aquel recuerdo que su olvido y terminé por recogerlo en un episodio de mi novela “La Orden del
Tigre” y atribuírselo a la sombra literaria de aquel mimo recuerdo. Ahora, cuando hablo con Chirinos de la ciudad de Caracas siempre me imaginaré la historia alucinante de los perros de la madrugada caraqueña lanzados a todo galope sobre la Avenida México, a dos metros del Caracas Hiklton y ekl peligroso barrio de malandrín llamado La Charneca. ¿Es la historia que me contó Chirinos sobre los perros salvajes una aulicnaci´ñon, una simple imagen literaria, un juego de palabras, una escena de película de terros o corresponde a la realidad fascinante de la peligrosa vida de la capital venezolana hoy en día? Siempre le tuve respeto y bastante miedo a la ciudad de Caracas de noche. Después de ver el fantasma del caballo blanco pastando en el aire y trotando como si estuviera en la mejor pradera del mundo, no me caben dudas sobre la rea.lidiad de aquella visión y la que me acaba de contar Chirinos. cierto: los novelistas somos unos mentirosos que nos inventan os las historias para vivirlas primero nosotros, mientras las escribimos, y la vivan después nuestros lectores, mientras las leen, todavía una esperanza. Pero Caracas existen, la violencia extrema de la ciudad es un hecho, los perros callejeros de la Avenida de México una evidencia y la memoria de las cosas también es una fascinación y forma parte del recuerdo de una ciudad que para nbosotros siempre fue y será hermosa.

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