VÍSPERAS

Cuando su libro (su novela, sus poemas, su ensayo) está a punto de salir de imprenta, el escritor -cualquiera que él o ella sea- trata por todos los medios a su alcance de reprimir el ataque de ansiedad eufórica que lo arrasa por dentro. A la publicación de un nuevo libro no se acostumbra ningún escritor de literatura. Al contrario, cada nuevo libro es un reto que no suele parecerse al anterior más que en el recuerdo. Además de la ansiedad, está la expectativa. La fe, más o menos dubitativa, en que ese libro es “el libro”: los escritores pensamos que el último de nuestros libros es el mejor que hemos escrito, aunque sepamos que tal vez eso no sea exactamente cierto, sino tan sólo un pensamiento desiderativo.
Llevo en ese estado anímico más de un mes, desde la última corrección de pruebas de mi novela “La noche que Bolívar traicionó a Miranda”. Sucede que, al entregar esas últimas pruebas de galeradas, el escritor ve cómo su libro, que hasta entonces era sólo suyo, ahora va abandonándolo para comenzar a pertenecer a otro mundo mucho más ancho y ajeno: el mundo editorial, el mundo de los lectores y, si el libro pasa a ser un “producto editorial convincente en el mercado” (detesto este tipo de lenguaje técnico economista), el mundo del público en general, la masa que dice ser lectora pero que sabe que en el fondo y en la forma no lo es. Distingamos, pues: hay un lector (o lectores) y un público (la masa). No son la misma cosa: no es lo mismo soplar que hacer botellas, aunque desde fuera algunos o muchos crean que todo el monte es orgasmo. El lector es un especialista, el público en general es una suerte de magma social que entra en el libro por razones no literarias. ¿Conviene la masa al libro literario, a la literatura en general? Supongo que sí, aunque a veces, tengo mis dudas. Lo que forma parte de la misma literatura es el lector, me da igual que ustedes lo traten en singular o en plural. El lector llega a serlo leyendo, por múltiples caminos, y el escritor en vísperas recuerda que ese es su destinatario particular y que él, ese lector hará de un ejemplar del libro del escritor su propio libro (ése y no otro). La masa, el público, suele transformar las cosas y convertirlas en otras: un libro puede, a través del público masivo, convertirse en best-seller, pero no tendrá por ese solo motivo más valor artístico y literario que otro que tal vez se venda mucho menos pero se lea mucho mejor, de otra manera, tal como leen los lectores de verdad.
Un lector de verdad puede hipnotizarse con la lectura de una novela muy difícil de leer y sentir en su interior, e incluso a flor de piel, un placer y un disfrute excepcionales. La masa del público puede -de hecho casi siempre es así- abandonar una obra de arte literaria a las pocas páginas de haber comenzado a leerla simplemente porque el texto le ofrece dificultad de lectura. Allá la masa, allá el público con sus manías y sus veleidades.
Un lector de verdad no le exige al escritor más que calidad y va buscando en el libro, en el poema, en el relato o en el ensayo, va buscando el lector -digo- un camino que le abra muchas puertas para que su propio pensamiento o su imaginación camine por el aire o por el agua inmerso en la aventura de leer. Porque leer es una aventura que, una vez realizada, enriquece y perturba. Puede incluso que un lector empedernido siga la senda de la emulación y termine, más tempran o que tarde, por consagrarse vocacionalmente a la literatura, a la escritura literaria.
En vísperas de la salida a las librerías, cada vez con menos espacio, cada vez más asfixiadas por la crisis y la muerte del papel, de mi novela “La noche que Bolívar traicionó a Miranda” el estado anímico de inminencia gana tiempo y espacio en mi interior y exterior. Se me nota, quiero decir, expectante. Se me nota, lo noto yo también en el ritmo de mi respiración, un poco subido de tono, viendo pasar los días últimos de verano y los primeros del otoño con la cerviz levantada y atento a los ruidos del bosque.
El escritor sabe que una novela, un poema, un ensayo, cualquier clase de género literario que lo sea de verdad, no está nunca terminado del todo. Del todo quiere decir que siempre puede haber un tiempo más de reflexión sobre una palabra, una frase, un texto determinado de la obra. Pero, a la vuelta de tanto tiempo trabajando en una novela, ¿qué hacer para saber que ya está terminada? Hace poco supe que “La Cartuja de Parma” fue dictada por su autor en sól,o cuarenta y dos días. ¿Cómo es posible que ese escritor tan nuestro, tan apasionadamente nuestro, supiera que su novela formaría parte de la eternidad literaria y de las obras aplaudidas sin fin por toda la posteridad (no por el público masivo, sino por el lector, los lectores, sus lectores)? Pues lo supo y se jactaba de ello. De haber dictado en tan pocos días y de un golpe su gran novela y de que esa novela, si no era entendida por la gente de su tiempo, sería entendida treinta o cuarenta años después. Así fue, así es, si así os parece. No quisiera que pasaran veinte o treinta años de la publicación de “La noche que Bolívar traicionó a Miranda”. Quisiera, me gustaría, ver la impresión de los lectores, muchos o pocos, de esta novela y poder hablar con ellos, cara a cara o electrónicamente, para conocer sus opiniones, sus ideas sobre esa novela y sobre el género literario de la nove,a a veces tan masivo, tan lleno de público, otras veces tan lejos del aplauso de la masa y entregado a una logia delectores elegidos vaya uno a saber por qué dios o dioses de la lectura, que tampoco nadie a estas alturas sabe quien o quienes son.

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