Verano en el Cayo (la sierra), como Hemingway

Las vacaciones no sólo son para descansar. La gente tiene derecho a ese asueto anual que en Europa llega con el calor y en América del sur y otros lugares con el llamado verano austral. En ese tiempo, la gente baja la escala de ansiedad, se relaja, se deja acariciar por los sueños y, sobre todo, descansa. Sin embargo, un escritor -como el que escribe esta reflexión en voz alta y para su blog- no debe descansar de escribir, ni siquiera cuando sus lectores se marchan a otros lares y geografías a vivir el sueño de ser ricos y no trabajar durante más o menos un mes. Así nos hemos acostumbrados desde hace décadas y así será. Yo lucho este verano contra millones de hormigas y enanos, como Gulliver, todas y todos en mi jardín de la sierra barrenando la tierra. Lucho con todas mis fuerzas aunque sea media hora en ese ejercicio de expulsar de mi territorio a las molestas invasoras y de mi cabeza a fantasmas con los que no merece la pena ni tener un diálogo lejano.
El mundo en el verano se volatiliza, y eso que no estamos en temporada de vacas gordas y tenemos que conformarnos con lo que hay, cuando hay, y con lo que no hay, como ahora que vienen mal dadas. Cierro los ojos al sol cuando llega el mediodía y pienso en la cantidad de gente que no puede tener ese gesto de placer en el verano: respirar y sentirse vivo, con ganas de que pronto todo vuelva a una cierta normalidad y cada uno a lo suyo. En la batalla que tuve ayer con las hormigas, cientos de ellas (pisé el hormiguero para ver el horror de esos bichos airados porque el extraño, que soy yo, quería echarlos de la ciudad que habían construido en el subsuelo de mi jardín, bajo la madera de intemperie sobre la que paseo todos los días dándole vueltas a la novela que ando escribiendo durante la calma que los demás tienen en el verano. Ya cayó el título: “El coleccionista de monstruos”, y tiene que ver con la España de los ochenta, cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados, cuando el esplendor en la yerba parecía inacabable y la fiesta de la madrugada no tenía fin sino con las primeras luces del día. Me divierto como Hemingway en Cayo Hueso,en aquella casa espléndida que le regaló el tío de Pauline Pfeiffer, una de sus mujeres, para que el gigante que nunca fue joven escribiera todas las mañanas y no dejara de hacerlo ni siquiera en aquel verano eterno del cayo.

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