Los “fantasmas del odio”

Tengo unos enemigos magníficos. No le los merezco. No son nadie, pero a fuerza de echarles agua en mis abrevaderos y pienso burdo para que se iluminen, algunos han crecido y se han convertido en chupacabras. Uno de ellos, un poeta que aspiró al Premio Nobel de Literatura, acaba de pedirle al gobierno de su región en España, y a las empresas privadas, una subvención para los próximo cuatro años escribir una Iliada y Odisea en un mismo libro. Así lo llaman, el desmesurado Homero de Canarias. Y a su libro lo titulan “La Canariada”. El tipo es un poeta mediocre, que responde al nombre de Justo Jorge Padrón, pero su voluntad de chupar del bote le permite sobrevivir pensando que pasará a la Historia como un héroe. Otro de esos “fantasmas del odio” se llama Arturo Maccanti, también poeta mediocre, que pretende, sin haber dado un golpe en su vida, que la Hacienda española le pase una pensión “porque ha hecho mucho por su tierra, aunque sea en el campo ideal” ha declarado (sic). El otro tipo, Juan Manuel García Ramos, es un epítome de la mediocridad, la traición y el odio juntos. Cada uno sabe que es hijo de su padre porque conforme avanzan los años se le va viendo en el rostro la señal de aquella paternidad genética. A ese tipo no se le nota nada; peor catedrático que escritor (que ya es decir), sus alumnos le toman el pelo desde hace años, pero él hace que no se entera, con esa pinta acelerada de galán sudamericano de telenovelas que se le ha puesto con los años. La cursilería es su característica ejemplar, además de no saber de dónde viene ni a qué lugar va. No navega, nada en la orilla, y ni siquiera hace espuma de lo malo que es.
El último de esos elementos del odio, a los que seguro que un día cercano dedicaré un relato más o menos largo, es un tipo bajito y con voz de canario flauta, de soprano con catarro perenne, a quien yo llamo el Enano de Twin Peaks, porque aparece bailando en las pesadillas de mucha gente que lo conoce, siempre para molestar. Se me olvida decir que García Ramos hace un tiempo que se compró un perro bulldog y le puso Chaves, como el presidente venezolano, lo enseñó a escribir pésimas gacetillas en los periódicos y lo alimentó de odio. Lo malo para García Ramos es que el perro escribe con mucha más gracia que él y ahora, aunque escribe s su dictado, le tiene celos porque su escritura es mejor que la suya. Lo que hay que ver.
El odio, lo decía un general judío de cuyo nombre no me acuerdo, es lo que mejor que hay para luchar, pero estos “fantasmas” son sólo obra de la literatura de quien esto escribe. También quienes no somos mediocres ni malos escritores necesitamos de polichinelas y marionetas para reírnos de la vida y poder seguir adelante, de crisis en crisis hasta la derrota final. El pobre poeta Arturo Maccanti es pobre en todos los sentidos. Y a mí, si algo hay que no me gusta, son los pobres. Pienso como Olof Palme cuando se entrevistó con Otelo Saraiva de Carvalho y le preguntó que para qué habían hecho la revolución de los claveles en Portugal. “Para acabar con los ricos”, dijo el teniente coronel guerrista. “¡Ah, fíjese usted que diferencia, aquí, en Suecia, todo lo que hacemos es para acabar con los pobres”. De todos modos, habrá quienes aceptan mal estos recuerdos de Olof Palme, el hombre que se creía que lo querían tanto que nunca podría matarlo. Pero el odio, en los “fantasmas” literarios y en los otros, en los de verdad que caminan en dos patas sobre el mundo, es incontrolable. Es una enfermedad infantil que se extiende por todo el mundo con la garantía de una genética incorregible. Sucede que los “fantasmas del odio”, en mi caso, estos pobres enemigos que he citado todavía no sé por qué en este artículo, tienen el mismo problema que, según Borges, tienen los peronistas: no son ni de izquierdas ni de derechas, ni buenos ni malos, simplemente son incorregibles.
Hace unos días cumplí 86 años (66 de vida real y 20 de noche, que también hay que contarlos) y me divertí mucho en mi fiesta familiar, a dos pasos de Madrid, en medio de alcoholes, lealtades y amigos. ¿Qué más pretende en la vida un privilegiado como yo? ¡Y encima me invento los “fantasmas del odio”, que me divierten tanto como cuando era joven, feliz e indocumentado, y creía que mi verdadera vocación vital era la de ser un futbolista profesional que terminaría triunfando en el gran Real Madrid de Del Bosque y Velázquez. Lo que hay del sueño a la realidad, y de la realidad a “los fantasmas del odio”.

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