Lisboa y adiós

Ultimo artículo publicado en el ABC Cultural de Madrid, artículo que sirve, pues de despedida de “A la intemperie”, tras doce años ininterrumpidos.

LISBOA Y ADIÓS
Regreso de Lisboa, antigua y señorial, con gente que sabe ser y estar: los mejores anfitriones. Y me despido, como en su momento lo hizo Federico Sánchez: como el que no quiere la cosa. Gay Talese, en “Vida de un escritor” hace periodismo, autobiografía y, sobre todo literatura: cuenta incluso el estado de ánimo de los chefs de sus restaurantes preferidos, que llegaron a ser sus amigos. Yo volví al Martinho, a probar de nuevo las excelentes sardinas fritas y a tomar vino verde branco: otra maravilla. Martín Valenzuela (Instituto Cervantes), el editor Carlos Da Veiga (Teodolito) y Almeida Farias fueron mis amigos una vez más durante dos días, en la travesía más bella de Lisboa, también la más bella. Alguien dijo que el verdadero subdesarrollo es la desmemoria y yo aprendí mucho con Da Veiga y Almeida hablándome de Salazar. En una esquina de la charla, sentados en el Café Nicola, en el Rossio, salió Lobo Antunes y sus posibilidades para el Nobel. Difícil de tratar para los portugueses, es un pan para los amigos. Un día le pidieron un relato para una antología de cuarenta escritores portugueses. “¡Ah!, ¿pero hay cuarenta escritores en Portugal?”. La antología salió sin su cuento. Aquí, durante doce años, en estas intemperies sabatinas, he inventado “fantasmas” que mueren hoy en el periodismo de papel para pasar probablemente, el que salte la alcabala, a ser carne de literatura. Esos “fantasmas” del hoy quedan hoy archivados por una larga temporada. Decía Dereck Walcok que amar un horizonte es insularidad. Amo los horizontes y troto y galopo hacia ellos, mientras los “fantasmas” se quedan en la orilla de la playa, haciendo que nadan, pero sin arriesgar nada: solita y pon en esta olita que tiro yo y a otra cosa.
En Lisboa me pasé una tarde dialogando conmigo mismo, en una soledad deseada, bebiendo Walker negro y seco, mientras fumaba interminablemente unas “señoritas” del Guajiro y veía pasar el mundo por delante de mí, como un regalo del tiempo que me ha tocado vivir, en medio de crisis y y sobresaltos. Estaba en el Nicola como el que se está en el Gijón, en su terraza, que hasta hace poco estuvo en almoneda, ese Gijón al que vamos los parroquianos y se llevan los periodistas catetos de provincias, los de la ultraperiferia caboverdiana, a preguntar por los famosos y a pedirles autógrafos y favores. Los horizontes son interminables y abrazarlos, aunque sea imaginariamente, es componer un amor en la hermandad. Desde Venezuela llega en Skype el novelista Juan Carlos Chirinos: encontró en la biblioteca de su casa, en Varela, un ejemplar perdido de “Scherzos pour Nathalie” y colgó en facebook ese grito de libertad de mi juventud: “Hedonité, Freedonité, Frivolité”. Esa suerte de horror pasajero que es la infancia y la juventud se quita con el tiempo para
desembocar en la crueldad a veces demasiado corta de la madurez y las sucesivas vejentudes. Aquí o allá, al fondo del mar, siempre hay un horizonte al que poder abrazarnos, del que enamorarnos de un golpe con lentitud; abrazarlo y besarlo como se besa a un ser amado por primera o última vez. Estas intemperies tocan a su fin: como las “seguiriyas” se han terminado. Si pudiera hacer un resumen de ese trabajo diría que tampoco aquí hice periodismo (o se hace periodismo o se hace literatura), sino literatura: hasta los enemigos, hasta Pretty Women con bastón y en Valencia, se levantaba por la mañana de los sábados a comprar las intemperies, y allá lejos, “los fantasmas del odio” respiraban asmáticos hasta encontrar su nombre y sus hazañas en un rincón de las intemperies. Bailaré sobre sus tumbas, tocaré el ukelele de mi juventud recordando cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados, ahora que el nieto de Hemingway nos ha descubierto en la última edición norteamericana de “Adiós a las armas” que su abuelo, un gigante que nunca fue joven, escribió ¡47 finales para esa misma novela! Y luego dicen que el pescado es caro y que cada cual puede escribir lo que le venga en gana y como le venga en gana, aunque no sepa hacerlo. Llegarál el día en el que quedaremos sobre las ruinas del Gran Dios, el libro, aquellos que seamos de la secta del libro de papel, los que sigamos por encima del tiempo leyendo, oliendo y tocando el papel como si fuera nuestra propia piel del alma. Llegará un día en que sólo los de la secta leeremos en papel y yo estaré allí para verlo, bailando sobre las tumbas de los “fantasmas” asmáticos que he inventado en estas intemperies sabatinas y tocando canciones de partisanos y resistentes con el ukelele de mi juventud lanzando notas al infinito.
Groucho: hola y adiós. Semprún: Federico Sánchez se despide de ustedes. Buñuel: el último suspiro.
Para irme un rato a la invisibilidad escojo Lisboa, antigua y señorial, llena de anfitriones y amigos que se ríen de mis cosas sobre los “fantasmas”, pura imaginación de esta columna durante doce años. Y ahora sí, como Federico Sánchez, me despido de ustedes, Lisboa y adiós.

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3 respuestas a Lisboa y adiós

  1. ¡Echaremos de menos esas intemperies (y a los fantasmas…). ¡Abrazo!

  2. victor dijo:

    mientras tenga usted un blog, se llame como se llame el título que importa
    a al intemperie es la mejor perspetiva para un tripode gran angular
    y las fotos le salen de concurso.
    su gente le quiere, que nadie le engañe, y piquelo menudo para la cachimba!

  3. teresa dijo:

    Creí que no lo entendía bien cuando lo leí en la revista y ahora el azar -la verdadera causa- lo confirma. Le echaré en falta, me había acostumbrado a usted desde que me descubrió, entre otras muchas cosas- a Robert Hughes. Volveré por aquí y le deseo mucha suerte en lo que emprenda , le mando un ciberabrazo

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