Milagro en New York

New York es una ciudad llena de milagros. Basta caminar por las calles y observar los detalles del paisaje humano y urbano y los milagros empiezan a componerse delante del atento observador como si se tratara de un puzzle. Pieza a pieza se ponen en orden trozos de realidad que nunca antes habían estado juntos y que ahora juntos por primera vez provocan el milagro. Por eso New York es una ciudad milagrosa en el que la realidad se parte en dimensiones desconocidas para unirse en el milagro más asombroso.

Recuerdo una mañana muy luminosa en la Quinta con 42. El aire fresco calmaba las ansias del sol inclemente que caía a plomo sobre la ciudad aún primaveral. La gente caminaba a un lado y a otro de esa ciudad del mundo, aparentemente contenta con el destino geográfico que los entretenía esa mañana. Yo estaba sentado, fumándome un tabaco Cohiba Behike 56, gran lujo, en un silla, en las escalinatas de la Biblioteca Pública, de pos sí un lugar mágico. Un segundo antes, nada hacía presagiar lo que iba a suceder en los minutos siguientes. De repente llegaron corriendo unos muchachos de color, atletas urbanos, dueños del asfalto, genios de la improvisación. Yo los miraba desde mi cómodo silla de pista, con un paternalismo que imagina que todo es previsible. En un dos por tres, montaron su pista de baile en la acera, se vistieron sus ropas de bailarines internacionales, pusieron música a la más alta escala, llamando la atención de los transeúntes. Y, cuando la gente se hubo reunido, doscientas o trescientas personas sentadas en las escalerillas de la Biblioteca Pública, todas pendientes de las evoluciones de aquellos ángeles negros que venían aquel domingo por la mañana a regalarnos un milagro a plena luz.

Yo seguía fumando, dejando pasar el tiempo hasta volver al hotel donde vendrían a buscarme para trasladarme al Kennedy y dejarme en la puerta del avión que me devolvería a Madrid. Mientras tanto, los ángeles negros elaboraban movimientos en el aire como si ellos mismos fueran pompas de jabón que inmediatamente se convertían en estudios de Rodin. El baile y la música de aquellos ángeles era ya un milagro gratuito para los cientos de fascinados espectadores, neoyorquinos o no, que asistían al espectáculo.

Cuando llevaban veinte minutos actuando, en el clímax mismo del espectáculo, vi cómo se acercaba a mí, volando como si siguiera los pasos de la música en el aire, una mariposa monarca. Tengo que confesarles que asocio siempre la mariposa en el aire con mi hermana muerta con menos de 50 años de edad. Y allí, en aquella monarca que se acercaba sin timidez y con toda la complicidad del mundo vi llegar a New York el alma de mi hermana. El milagro estuvo en que la mariposa se detuvo en el aire menos de un segundo y, luego, se posó en una de mis rodillas por espacio de más de cinco mutuos, como si supiera que, en medio de aquel estruendo musical, allí estaba a salvo de los demás desmanes urbanos. Estuve observando a la mariposa esos cinco mutuos de oro, mientras estuvo posada,tal vez descansando, quizá enviando mensajes cifrados y llenos de energía a mi propio cerebro entumecido todavía en aquella mañana luminosa neoyorquina. Cinco minutos después, cuando los ángeles negros recogían sus coritos y sus bártulos y pasaban al público el sombrero de “la entrada” al espectáculo, la mariposa voló hacia los aires de la ciudad y se perdió en la lejanía, Manhattan arriba.

Supe que todo cuanto había sucedido a mi alrededor fue un milagro porque una hora después, cuando esperaba que llegara a mi hotel de la Avenida Madison mi taxi para el aeropuerto, aparcó delante de mí una limusina blanca inmensa, de artista country en plena celebración de cumpleaños.

“Si usted es el señor Armas Marcelo, vengo a buscarlo a usted”, me dijo el chófer colombiano nada más verme. Me sorprendí mucho. La noche anterior Sara Montiel, invitada también por el Instituto Cervantes, había dado un recital de cinco canciones en el centro español de cultura y me había dicho que ella iba mañana en el avión, “junto contigo”. Pensé, en ese momento, que dentro de la limusina estaba Sara Montiel y que acompañaría a la gran cantante hasta el aeropuerto. Pero cuando abrí la puerta del enorme carro me di cuenta de que estaba solo dentro de él y allí me acomodé, como Mickey Rourke después de un gran combate de boxeo. ¿Era o no era un milagro aquel otro relato que me había hecho la mariposa que se posó sobre mi rodilla delante de la Biblioteca Pública de New York en aquella mañana luminosa? Recuerdo ahora a Nabokov, el gran novelista que veía milagros en cada uno de los detalles que pasaban inadvertidos a la mayoría. “¡Detalles, benditos detalles!”, me dije yo también esa mañana, al llegar al Kennedy camino de Madrid.

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