Alcohol de reverbero

Estos días leo y me entretengo con alcohol de reverbero, el más fácil y vulgar de los rones, apenas sin destilar. Hueles el fondo del vaso y te llega al fondo del alma la esencia del alcohol de curar. Me hablan del miedo a que nos quedemos todos en la ruina y que no podamos salir del fango. El verdadero periodismo se acabó el 11 de septiembre, cuando las Torres Gemelas, confirma Gay Talese. Este tipo sobrecoge: es un escritor de primera, que no renuncia a nada y nunca baja la cerviz. Debe tener una piel de rinoceronte para vestir un espíritu tan fino y mundano como el que nos deja ver en un libro insoslayable, “Vida de un escritor” (Alfaguara, 2012). Son memorias, textos autobiográficos de un gran personaje que, dejando atrás las diferentes patrullas del odio que hayan podido obstaculizarle la vida ha llegado hasta aquí, hasta este libro, con un equilibrio y una curiosidad intelectual impagables. Es un narrador muy entretenido e interesante y “Vida de un escritor” un ejemplo de literatura comprometida estética y éticamente. Lo digo y repito porque hoy pulula por ahí una frivolidad light que todo lo hace suave y lo convierte en relativo, como cualquier pronombre. Gay Talese, se ve en cada página, es un junco de veracidad y un atento observador de una realidad que no me parece que, a pesar de los pesares, sea el peor mundo de los posibles. ¿No ha vivido la Humanidad peores instantes que estos? ¿No hubo en el pasado más guerras y más hambrunas, más injusticias y más abusos que ahora? Ahora no es un momento bueno para la lírica, pero tampoco lo fue el Siglo XX ni otros tiempos anteriores tan llenos de sangre y de incertidumbres. ¿Cómo quedará el mundo después de esta crisis estrambótica que estamos viviendo con la respiración asmática que caracteriza la ansiedad?
El alcohol de reverbero es casi blanco, transparente. A mí me gusta un paco más, el Arehucas banco de mi tierra (sin hielo y sin agua, straight) o el Don Q Cristal de Puerto Rico. Una vez vi tocar a Willie Colón en una cava de la Plaza de San José, en el corazón hispano de San Juan, y pasé las horas bailando con un vaso de Don Q Cristal con formas de cuerpo de mujer. ¿Por qué no te he de amar cuerpo en que habito…? Así comienza el poema de de Domingo Rivero que acabo de releer al son de las olas de la Playa de las Canteras, curativas y optimistas, a pesar de la pandilla del odio y las aguavivas que provocan una picadura de urticaria. La otra tarde me tendí en la cama a revisar las notas de presentación de la novela de Andrés Ibáñez “La lluvia de los inocentes” (Galaxia Gutenberg), una novela que, además de ser catalogada como generacional, es un cántico a una época que delata toda una educación sentimental, no sólo generacional, sino personal aunque este caso bastante transferible. Ibáñez es de los novelistas intelectualmente mejor formados de su generación; un tipo sólido, serio y que, sin embargo, se ríe y divierte con lo que escribe, habla y estudia. Seguro que tiene piel de resistente, no de superviviente. Distingo como Watts: en todo superviviente hay un canalla, dijo del polaco al hablar con Milolsz de Bertold Brecht, mientras que el resistente es un tipo integro, ciudadano, completo, con una salida al final del fango. Le auguro a Ibáñez una larga carrera de combatiente de la literatura, una larga carrera de intelectual de los que ya no existen porque la época de las modas ha venido a convertir el mundo en una superchería. En cuanto a la Patrulla del Odio que me persigue con teléfonos móviles y fijos, que me la piquen menuda que la quiero para la cachimba. Con un poco de alcohol de reverbero y un par de horas de lectura me los fumo a todos sin que quede rastro de ninguna de sus escritos llenos de nada. El otro día, uno de esos elementos de la Patrulla del Odio entró en un hospital para curarle el exceso de alcohol. Saló, le dijeron que no bebiera más, pero el animal volvió al abrevadero a tumbarse el vino peleón de los pobres. Y tuvo que entrar otra vez a que le curaran el vicio. El pobre poeta no resiste más losa quilos de iniquidad sobrante que lleva colgando de su respiración llena de odio y frustración. Vuelvo a las páginas de “La lluvia de los inocentes” porque es un novelas -algo más que una novela es- tan recomendable que no sabría como decir que me parece que su lectura debiera ser obligatoria en todos los institutos de Enseñanza Media. No exagero nada. Es posible que si era novela llegara a ser libro de texto tal como inútilmente recomiendo desde esta intemperancia sabatina, esta generación de ahora aprendería a leer mejor y, por tanto, a escribir mejor, sin tanto light, tanta locura por la imagen, la frivolidad y la basura de la moda.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *