La esperanza

Algunas gentes razonables claman, en medio de la crisis de valores (financieros y morales; políticos y culturales), por la esperanza, que es -dice el refrán- lo último que se pierde. Tengo para mí que la desesperanza es un estadio intermedio entre la nada y la cosa ninguna y que, sin embargo, en ese mismo limbo, hay algún camino escondido que conduce otra vez a la esperanza, lo último que se pierde o lo que yo quiero decir con estas cuatro palabras: lo que no debe perderse nunca.
La esperanza nunca se acaba. Es como una gran ciudad llena de maravillas a las que el ser humano, desgarrado y sin norte, se agarra aunque a veces parezca arder como un clavo al fuego. Muchas de las buenas gentes que conozco no viven de otra cosa que de la esperanza, de la que guardan toneladas interminables en su alma. En cuanto a los desesperanzados, también tienen sus razones: nacieron esclavos, aunque los llamaron libres; no tienen nada, aunque les dicen que usen su libertad para llegar a ser gentes con esperanza; no esperan nada, sin embargo, y por eso no tienen esperanza ni en el presente que viven ni en el futuro que no quieren vivir.
El ser humano, no obstante, ha salido de peores cuevas que en las que ahora anda metido por sus propios errores y vicios, desde la avaricia al descuido. En peores garitas hemos hecho guardia y desde peores ruinas se ha levantado el hombre sobre sí mismo para elaborar una vez el cántico a la esperanza que lo hace resistir sobre una tierra que a veces le resulta demasiado baldía.
Quienes piensan que no hay esperanza se mueren mucho antes de los que sonríen al pensar en la recuperación de esa misma esperanza en la que vuelven a confiar. Se trata de saber que ningún tiempo pasado fue mejor que el que ahora vivimos, sabiendo como sabemos que lo que estamos viviendo no es precisamente lo mejor que podemos vivir. ¿Qué hace que no vivamos con esperanza? La impotencia, la injusticia, ver el mundo patas arriba y sin que aparezca por ningún una solución diferente y bien informada. Y la avaricia, ese pecado nefasto del ser humano que pretende tenerlo todo en manos de unos pocos y dejar que los demás vayan como el ganado a abrevar en los residuos de los ricos. Acabo de leerlo: los tres países que más millonarios tienen en el mundo son Estados Unidos, China y Japón. Pero, en medio de un mundo infeliz, los esclavos crecen mil veces más que los que lo tienen todo y tienen de todo.

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