Marcuse en el Titanic

En medio de la tormenta perfecta de la guerra de Irak, Alejandro Gándara le preguntó al presidente Aznar si había visto la película o si había leído la novela. “No” dijo Aznar, “cuéntemela, por favor”. Algunos años más tarde, en el Buenaventura, los músicos del Titanic nos reunimos para hablar de esta nueva tormenta perfecta en torno a un cocido inconmensurable. Fernando Castro Flórez arremetió contra un ensayo publicado muy recientemente. Lo hizo con el humor de siempre, con argumentos llenos de tirijalas (trucos verbales del que sabe de qué música habla y qué músicos interpretan sus palabras). Hubo silencios, protestas, aplausos y llamadas al orden por parte de Fernando R. Lafuente, que a veces busca la ballena blanca como si fuera el capitán Akhab doblando de un golpe el Cabo de Hornos. Yo pensaba en Conrad, mientras tanto, pero algunos hablaron de elegía, de hundimiento, de Apocalipsis. This is the end, cantaba la rana debajo del agua. Yo me acordé de Coppola y la famosa frase de Kurtz cuando Willard lo alcanza en el corazón de las tinieblas: “Tú no eres un militar ni un asesino, tú eres el chico al que los tenderos envían a cobrar las facturas”. Fernando Castro Flórez seguía en sus trece: que si Foucault, que si Derrida, que si las religiones…Le dije que había prescindido de Julia Kristeva y de Philippe Sollers desde hacía más de un siglo, y cuando me mandó al carajo en plena tormenta (léase, a leer otra vez a Derrida), estuve a punto de retarle a duelo. Me contuve en medio de las olas y seguí tocando mi violín. “Yo estoy otra vez en Marcuse, el profeta”, le dije. Y sí, Marcuse no tomó drogas, no se hinchó a porros, no se comió un quilo de tabaco, como Freud y tantos otros libertadores. Andrés Ibáñez citó a Jung, “el Joven”. Dijo: “Hay que ver esto desde la luz de Jung”. ¡La luz de Jung! ¡Pero dónde vamos a parar!
Un viejo amigo mío sostenía que cuando un hombre va de culo no hay barranco que lo pare, y así, en la tormenta, los músicos del Titanic, sin dejar de preguntarnos cuándo por fin se va a hundir el trasatlántico con nosotros dentro tocando nuestra música, seguíamos dándole al cocido de la amistad. Felicitamos a Juan Malpartida, nuevo director de Cuadernos Hispanoamericanos, que no lo fue antes, cuando debía de haber llegado por tradición, justicia, conocimiento y años de estudio, por un capricho de Antonio Papell. Malpartida se puso estupendo, habló de su ideología, de su estado de ánimo poético, de sus proyectos, de hacer un número con los músicos del Titanic. Mientras tanto, yo seguía discutiendo con Fernando Castro. Le dije que los comunistas de élite o la élite de los comunistas se habían cargado y robado el comunismo y que la élite del capitalismo y los capitalistaS de élite se habían cargado y robado el capitalismo. Ahí está, viendo pasar el tiempo, “El hombre unidimensional” y “El marxismo soviético”. Por lo bajo le hablé de la imposibilidad de otra revolución y lo mandé releer el manual de Marcuse sobre ese asunto, “El final de la utopía”. Sobre “Eros y Civilización” sabe Castro Flórez más que yo y no me metí en ese jardín, pero el profeta Marcuse quedó limpio de toda sospecha en medio de garbanzos, botellas de Ramón Bilbao y licores que hubieran hecho las delicias de Rafael Conte. Derrida, dije después de entonar a viva voz la primera estrofa del himno de Arequipa (“Entonemos un himno de gloria a la blanca y heroica ciudad”), es como tantos otros supuestos pensadores franceses un vendedor de humo. Y el humo es un negocio para todo género de tontos que quieren estar al día y no hacen más esfuerzo que nadar en la misma orilla de la playa, sin ahondarse a la aventura de chocar con un iceberg en la noche y pasarse las horas tratando de resistir tocando todas las piezas conocidas del repertorio, mientras el caos crece por todo el barco que se hunde irremisiblemente. ¿Nos hundimos, pues, irremisiblemente? Parece que sí, pero para los frívolos ni siquiera ese hundimiento representa una debacle, sino un punto de inflexión en la historia de este Titanic que es el capitalismo. Ahora mismo no sé si en ese almuerzo veraniego, con el fuego de Madrid esperando a la puerta del Buenaventura para fumigarnos el resto de nuestra mínima felicidad, hablábamos de política, de economía o de escritura, del grado cero de lo que somos nosotros mismos en esta orquesta desafinada que a veces toca, con un punto de melancolía elegíaca, “The way we were”, tal como éramos cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados. De Marcuse a Derrida, le dije a Castro Flórez, hay la distancia del tabaco y al humo. Tal vez de tanta nada seamos responsables nosotros mismos, los que alguna vez, entre el asombro y el escepticismo, leímos a los deconstructivistas como quien leía a los nuevos enciclopedistas. Total para que años más tarde, Kristeva y Sollers, abandonados sus tirijalas experimentales, hayan terminado por escribir como Blasco Ibáñez, pero en francés.

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Una respuesta a Marcuse en el Titanic

  1. josue dijo:

    qué miedo me da que empiece usted a nombrar películas y a dar citas porque como le lea Gloria se anima y nos cuenta otra de romanos, bueno, a lo mejor pica y me da otro beso a mi solo
    Gloria, ¡estás ahí?

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