La vanidad del firmador de libros

En la Feria del Libro de Madrid había más escritores firmando sus libros que público comprador de esos mismos libros o de otros. Eso sí, la curiosidad del paseante es muy grande y cualquier cosa que se lleva a los ojos calma su hambre de saber quién es quién. Que le aparece un televisivo que se dice escritor porque una vez reciente escribió un libro, en la feria lo encontrará, sentado en su butacón de famoso, esperando que aparezca la liebre que va a comprarle su bodrio. Que lo que busca curioso el paseante de fin de semana es la vanidad de un escritor de verdad, de esos que se pasan la vida hablando de su obra como si fuera la obra de Pérez Galdós, hay lo tiene. Ahí, donde menos se espera salta la liebre, animal que a la primera que oye un ruido echa a correr no sea que le caiga la rociada de perdigones encima del lomo. En un recodo de la Feria me preguntaron por mi actual estado de ánimo. “Como siempre, inquieto y atento a la jugada”, dije ensayando una sonrisa. Algunos escritores que conozco me saludaban contentos porque habían firmado más libros que el año pasado y que, contra lo que los malos zahoríes denuncian y pronostican, el libro de papel nunca morirá porque no hay tumba que lo entierre. Se trata de mantener el ánimo en la vanidad de siempre, lo que los psiquiatras clásicos llaman autoestima, porque de otra manera la debacle está servida. Por doquier hay gritos de ruina y desencanto. El calor que Camus utilizó en “El extranjero” para el motivo del asesinato se lanza sobre el Retiro con una crudeza que llega, como los verdes del mayo que hemos dejado atrás, hasta el mar, el mar que arde a la distancia de la vanidad inmensa de los escritores de la Feria del Libro, enhiestos surtidores de poemas, ensayos, cuentos, relatos, novelas. Lo malo no es eso, sino ver a tu lado, junto a ti, que eres un escritor y que te tomas muy enserio esto de la escritura literaria, un merluzo al que llaman comunicador y que tiene un programa de televisión de máxima audiencia porque durante su hora de gloria no dice ni cuenta nada, pero ayuda a su señor. ¿Qué hacer entonces? Siempre aconsejo lo mismo: cuando te tropiezas en la Feria del Libro con un monstruo de este género, se impone salir corriendo, sin miedo, correr hasta perder de vista esa misma Feria y prometerse a sí mismo que ya no volveremos más a las andadas de una vanidad que no sirve para nada.

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