París tras el aguacero

París en mayo: el milagro del aguacero, y de vez en cuando gris el cielo y sol brillante. Me siento una tarde en La Rotonde, en Montparnasse, luego de visitar melancólicamente el cementerio del barrio en el que enterrarán los restos mortales de Carlos Fuentes. Ya ven: hay que morirse para que a uno lo aplaudan, lo glorifiquen, lo enaltezcan como nunca en vida; el mejor escritor del mundo, se fue sin el Nobel, el más grande intérprete de América Latina, el mexicano más universal del siglo XX, divertido como ninguno, culto como muy pocos: he aquí la Hispanidad florida. Y Carlos Fuentes muerto. Lo eché de menos en mi alocución en el Teatro Galdós, la semana pasada, cuando en Las Palmas de Gran Canaria condecoraron a Vargas Llosa como hijo adoptivo de la ciudad en la que nací. Siempre que voy a París, donde ahora estoy por culpa de mi novela sobre Miranda, voy a ver su nombre glorioso en el Arco de Triunfo y me siento en La Rotonde, frente a Le Dome, a fumarme uno de los tabacos palmeros que me envía de vez en cuando Juan Betancort desde Canarias. Canarias en París: un amigo me lleva a ver una copia perfecta, “mejor que el original”, de “La cueva del guanche”, el conocido cuadro del pintor surrealista insular Óscar Domínguez. Me acuerdo, con sarcasmo cotenido, de la supuesta novela titulada “El guanche en Valencia”, de García Ramos, pésimo novelista, politiquillo de tercera y profesor de andar por casa. Lo vi el otro día, como hundido, doblado por la joroba en la que lleva almacenadas todas las traiciones de su vida y con pinta de anciano galán de mal cine sudamericano. Me dio pena verlo: tan muerto en vida. El tiempo, cuando no se pacta con él, con dignidad, sosiego y talento, pasa, te hace malas jugadas y te convierte en un muerto viviente. Así es la vaina: te devuelve las traiciones.

Siempre que vengo a París me siento una tarde en La Rotonde de Montparnasse y espero ahí, a la intemperie que se celebre el milagro: que después del aguacero de mayo, aparezca por la esquina más cercana aquella joven hispanofrancesa con la que tuve amoríos pasionales al final de mi carrera de Filología Clásica en La Complutense. Hija de exiliados en Francia, aquel amorío duró tres meses de pasión imbatible: los dos sabíamos que no podía durar más que un soplo, el instante de aquella juventud loca del 68 en el que nos encontramos, nos miramos y todo fue un segundo de gloria hasta que, en las Navidades, nos separamos y nunca más nos volvimos a ver. Teníamos 22 años, y estoy seguro de que a mí no se ha olvidado ninguno de sus gestos, su pasión, su juventud y su ser femenino. Siempre que vengo a París espero un milagro tras el aguacero: que el sol salga y brille reconocida la figura femenina de Marie Brizard, una prostituta francesa que conocí en mi tierra cuando era joven, inexperto, ignorante y soñador (más que ahora), que tenía un libro de Conrad y los poemas de Rimbaud en la mesilla de noche de su habitación de trabajo y que me recitaba poemas de Paul Valery al oído cuando yo trataba de dormir un rato después de la gloria. Al final, Marie Brizard, la llamó así porque, además de otras muchas cosas de la vida, me enseñó a tomar copitas, una detrás de otra, de ese anís francés. La historia termina con la huída de Marie Brizard de la isla con uno de sus clientes de frecuencia, un empresario que abandonó todo por casarse con ella. Un día, en La Rotonde, en otro viaje distinto a éste, los vi a los dos desde lejos, en una mesa, sentados los dos como un viejo matrimonio bien avenido y ya con las pasiones sosegadas.
En estos días parisinos, entre lluvia, sol y aguacero hablo con Miranda. Primero dialogo con Gustavo guerrero, en público, en el Instituto Cervantes, sobre el grandísimo general venezolano, ilustrado, idealista, aventurero, gran escritor, el primer americano al decir de Juan Marichal, el hombre oculto por la exagerada iconografía histórica de Simón Bolívar, deificado hasta la irrealidad por sus seguidoras. Aquí llegó Miranda a teniente general de la Revolución Francesa y, hoy, en su honor, me he despertado, salido a la calle y caminado por la Victor Hugo vestido yo mismo con el uniforme mirandino, jacobino como me confieso, y afrancesado hasta más allá de mis propias médulas. Si de joven hubiera sabido el poco francés que ahora manejo, me hubiera exiliado en París cuando el régimen franquista me procesó militarmente y me montó un Consejo de guerra que me dejó más condecoraciones en el alma que cornadas tiene en su cuerpo José Tomás. Pero aquí, en París, hoy me siento libre, a la intemperie. Respiro el aire suave del abril parisino, escucho los gritos de los franceses al pasar frente a La Rotonde y me digo que yo también, como decía Balzac, pertenezco a esa oposición que se llama la vida.

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5 respuestas a París tras el aguacero

  1. Francisco J RL dijo:

    y usted que lo diga
    este profesorse dedica a doblar peliculas , la semana próxima tenemos una muy buena en la feria del libro de santa Cruz, creo que se titula EL GUANCHE EN VENECIA y es para todos los publicos.

  2. Francisco J RL dijo:

    Disculpe que lo moleste otra vez para pedirle que defienda a su paisano el excelente poeta y profesor de filologia Eugenio Padorno de los insultos que no se merece porque hasta hoy nadie de las letras salió a defendenderlo en ninguna columna de prensa isleña. Le pido que restituya su dignidad en nombre de los que les admirados a los dos como ejemplo de buen hacer por la gran cultura de Canarias universal. Mire usted: “¿Padorno?: una nada vestida de fiesta”, “un poeta cursi”, dijo Justo Jorge Padrón en el diariodetenerife.com, fuerte tolete… y la callada por respuesta.

    • admin dijo:

      No tenía idea de que Padorno hubiera sido insultado por ese juguete roto que es Justo Jorge Padrón. Desde luego, podemos estar o no de acuerdo con la poesía de Eugeniom Padorno, y con sus puntos de vista críticos, pero es un poeta de gran altura y en comparación con la poesía y el discurso poético de JJP una cordillera por encima del mar. Pero así somos en las islas: los odios africanos de la inmensa mediocridad pueden mucho más que la idea seria, sensata y agresivamente intelectual de unos pocos, los que siempre estamos en la oposición que se llama la vida, como decía precisamente Balzac.

      • Francisco J RL dijo:

        es usted un caballero y un gran escritor delos que pocos quedan

        • admin dijo:

          Gracias, da mucho ánimo que alguien piense como usted, una pena que no nos conozcamos en estos tiempos de crisis, donde pasa de la hilaridad a la indignación en un solo segundo, gracias de nuevo, amigo.

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