El descubrimiento de una novela

Leí por primera vez “La ciudad y los perros” en pleno mayo de 1968. Todo el mundo en el universo estudiantil y levantisco de Madrid me señalaba ese texto novelesco como una novedad que era necesario conocer, acercarse a sus páginas, estudiarlas y sacar consecuencias. Para ser sinceros, leí por primera vez “La ciudad y los perros” a salto de mata, entre latines y griegos clásicos, con los exámenes de finales de mi carrera de Filología en puertas, y sin saber nada del autor, un peruano que, a lo que a mí me parecía, había triunfado plenamente con la novela en los circuitos estudiantiles universitarios. Como la leí así, mal y a salto de mata, la novela no me llamó la atención más allá de su manera de contar las peripecias de un episodio oscuro en un colegio militar del Perú para “hacer hombres a jóvenes problemáticos”.
La segunda vez que leí “La ciudad y los perros” fue en el campamento de reclutas de Hoya Fría, Tenerife, mientras hacía la instrucción de noventa días antes de jurar bandera en el Ejército español. Esa segunda vez quedé deslumbrado. Como lector de novelas y como conciencia política. En Hoya Fría y en aquel recinto militar, las bromas y el tratamiento salvaje y cotidiano eran la misma moneda común, mutatis mutandis, que aparecía en las páginas de la novela de Vargas Llosa. De ahí en adelante, me convertí en un lector compulsivo de “La ciudad y los perros” y de todas las novelas que había escrito Vargas Llosa. Hasta que lo conocí personalmente (aunque nos carteábamos desde 1970) en el puerto de Santa Cruz de Tenerife en febrero de 1970, cuando el escritor peruano regresaba en uno de sus viajes a su país, el Perú. Esa noche y muchas más noches hablamos de “La ciudad y los perros”. Hablamos de militares, porque yo estaba en esos momentos procesado por un Consejo de Guerra que luego me condenaría a seis meses y un día de cárcel. Hablamos de todo eso, y de los personajes de la novela, todos visibles e invisibles a un mismo tiempo. Y de quién mató o no al Esclavo, Ricardo Arana. Y si, bajo el Poeta, Alberto, se escondía el propio Vargas Llosa, que había sido llamado Varguitas en el el Leoncio Prado, donde estuvo, y después, durante sus primeras armas como periodista en oso medios de prensa de Lima.
El en verano de 1976, viajé desde Caracas a Lima pro primera vez en mi vida. Vargas Llosa me dio un recorrido por algunos de los escenarios limeños de “La ciudad y los perros”. Fuimos a visitar el Leoncio Prado, justo junto al Pacífico, pero nos prohibieron la entrada. Allí, junto a la estatua del héroe epónimo, los militares habían quemado nada simbólicamente un número indeterminado de ejemplares de la novela de quien después sería proclamado, muchos años más tarde y en Estocolmo, Premio Nobel de Literatura. Fuimos después al Callao, unas calles que se me antojaron llenas de gente, como las de Calcuta o Bombay, gentes extrañas y de todas las razas y condiciones. Vargas Llosa condujo el coche hasta frenar delante de una casa determinada. “Ahí vivía el Jaguar”, me dijo (y me convenció de ello entonces, aunque hoy creo que el asunto formaba parte de la leyenda de la novela). El Jaguar: el supuesto asesino del Esclavo en la novela.
La tercera vez que leí la novela supe que era un producto literario genuino que venía a marcar un punto en la Historia de la novela escrita en lengua española durante el siglo XX. Porque describía magistralmente la selva militar de los cadetes; porque dibujaba una Lima de mil caras, que representaba además el microcosmos del Perú y porque la marca narrativa Vargas Llosa imponía, desde entonces, una nueva percepción de la novela en español. No lo digo yo solo, lo dijo antes que nadie el crítico José María Valverde en el prólogo a la primera edición de la novela en Seix Barral.
Ahora se cumplen cincuenta años de la escritura de aquella novela ya mítica, cuyo descubrimiento no termina nunca porque siempre hay, en cada nueva lectura, una esquina narrativa en la que no nos habíamos fijado. Miles de anécdotas vigilan de cerca esos cincuenta años de una novela que seguimos leyendo. Pero hay una que marca la incógnita de la obra abierta y que se inscribe en la resolución del enigma policial de la novela. “¿Ya sabe usted quién mató al Esclavo?”, le preguntó nada menos que Roger Caillois, la máxima autoridad francesa en materia literaria en los sesenta y setenta, al propio Vargas Llosa. “El Jaguar”, dijo convencido el novelista de “La ciudad y los perros”.
“¿El Jaguar?”, volvió a preguntar Caillois. “No, hombre, de ningún a manera, usted no ha entendido nada de su novela, vuelva a leerla, por favor”, terminó el francés, se supone que indignado, ante la perplejidad creciente de Vargas Llosa.

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2 respuestas a El descubrimiento de una novela

  1. Visión y Ceguera llamaría Paul de Man a ese episodio con Caillois; ¡lo que saben los críticos!
    Saludos!

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