El animal egolátrico

Según los institutos que estudian las curiosidades del ser humano el 45% de cuanto hablamos cada uno de nosotros trata de nosotros mismos, del ego del que estamos hechos. Este alto porcentaje, que se considera lo normal entre los expertos, sube hasta el 75% de de atención y verbalidad sobre nosotros mismos en los personajes que estamos enfermos de egolatría, escritores que nos creemos lo mejor del mundo, pintores que en su imaginación se codean con Pollock o Picasso, cantantes que creen haber heredado las glorias de Pavarotti, actores y actrices para quienes, según, ellos no hay secretos en el escenario. La cosa no acaba ahí, porque hay especímenes humanos que no pueden dejar de hablar de ellos ni un minuto del día y, hasta durmiendo, en pesadillas y sueños hablan consigo mismo y de sí mismos como si estuvieran dialogando con toda la Humanidad. Esos son los enfermos de verdad de egolatría, los que no pueden prescindir de hablar de sí mismos en ninguna de las conversaciones a las que asisten y de las que participan.

Yo pertenezco, sin duda, al segundo apartado, al de los escritores que nos creemos que somos los mejores del mundo y desarrollamos un ego que nos hace parecer lo que somos, escritores, y lo que no somos, argentinos. ¿Por qué creen ustedes que hay tan buenos escritores y cantantes argentinos? Por el ego descomunal que desarrollan a lo largo de su vida, que los convierte en seres distintos y a veces con toda razón. En una de mis conversaciones con el ya fallecido escritor Ernesto Sábato, estábamos en su casa tres o cuatro escritores españoles. Habíamos ido a visitarlo una mañana de sol a Santos Lugares, donde vivió hasta el día de su muerte, y estábamos hablando de cualquier cosa, mientras el escritor argentino se amohinaba cada vez más, como si se hubiera ido de la conversación y estuviera allí sólo su físico pero ni su alma ni su pensamiento. Triste: eso es lo que puedo decir. Sábato estaba triste y yo lo noté. Miré para su mujer que se me acercó y sonriéndome me pidió, por favor, que habláramos de él, que nuestra conversación girara sobre el propio Ernesto Sábado “porque se está aburriendo y entristeciendo”. ¡Se estaba aburriendo porque no hablamos de él! Así es la vaina de los egolátricos, no podemos pasar sin nosotros y sin que se hable incluso, y sobre todo delante de nosotros, de nosotros mismos.
Tengo un amigo pintor que no sólo se aburre si no se habla todo el tiempo de “su obra plástica”. Le da fiebre, le entran unas convulsiones como escalofríos porque dice que él está perdiendo el tiempo si no hablamos de él mismo o de su obra. De nada vale que le diga que los que no estamos tan locos por nosotros mismos, y nos interesamos por los demás, tenemos una cosa que nos califica como intelectuales por nuestra curiosidad no sólo sobre nosotros mismos sino sobre los demás. Pero no hay nada que hacer. mi amigo está enfermo de egolatría. Tal es el caso que el año pasado me hizo 564 llamadas telefónicas, más de las tres cuartas partes de las cuales fueron para notificarme que había terminado de pintar una obra maestra y que me enviaba un taxis a mi casa para que me acercara a su estudio a certificar su afirmación. Se lo comía por dentro y por fuera la euforia de ser un pintor que ya había alcanzado la estatura de Picasso, de quien hablaba como si fuera amigo íntimo y lo hubiera conocido en su propia casa.
La otra tarde, ese mismo pintor tuvo conmigo una agarrada porque simplemente le dije que una de los lienzos que había pintado no estaba a su altura y que debía de sacrificarlo. El enfermo ególatra me dio todo tipo de explicaciones, todas baladíes, en las que me terminó hablando de mi falta total de conocimiento de la pintura contemporánea. “Pero, hombre, fíjate, es una copia triste de un Basquiat”, le dije. Me miró sorprendido, asombrado, como si le estuviera tomando el pelo y me preguntó insistentemente: “¿Y quién, eh, quién es ese Basquiat del que tú hablas?”
Tenemos una tertulia en Madrid, una vez por semana, de escritores y creadores culturales, a la que también viene mi amigo el pintor al que hago referencia, un animal egolátrico sin fisuras, y tratamos de inventar un aparato electrónico que mida quien es más egolátrico que quien en esa misma tertulia, según hable más o menos de él. Hasta el momento no nos ha hecho mucha falta, porque quien gana con creces es el pintor que, cuando llega a la tertulia de nuestras lentejas en el Café Gijón, se presenta siempre con el mismo saludo. “Salud, simples mortales, sentid como un privilegio que el mejor pintor del mundo del siglo XXI os otorgue un par de horas de su gloria vida”. Y cosas así.

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