LA MUERTE DEL PAPEL

Hace años que los agoreros vienen avisando de la muerte del papel. Advierten de que se acaba el tiempo de Gutenberg, que la imprenta está en las últimas y que el papel ha perdido su condición de necesidad. Las nuevas e interminables tecnologías son la magia asombrosa en la que Gutenberg fenece a golpe de descubrimiento. Hay, por tanto, una nueva sintaxis que aprender, lejos del papel, en un mundo virtual que se parece al de Alicia y sus maravillas, la novela de Lewis Carroll, un matemático visionario que como Steve Jobs veía el futuro a través de su imaginación, una suerte de espejo que Alicia utilizaba para traspasar la realidad y vivir en “el otro lado”. Este otro lado que nos toca es el mundo virtual donde ya nos movemos, la caravana interminable de la red donde escribimos, leemos, pasamos horas informándonos en absoluta libertad y aprendiendo que no todo el monte es orgasmo, y no todo el mundo está ya organizado. Hay otros mundos que están, sin duda en éste o en otro lado cualquiera de nuestra virtualidad, de nuestra imaginación, de nuestra invención. La muerte del papel, esa profecía, viene poco a poco a buscarnos, como llega la muerte a todos nosotros en un instante del que nunca sabemos el tiempo ni el lugar exactos. Al final, la obra de Steve Jobs queda en el aire virtual de nuestro tiempo, pero también en nuestra realidad. Seguro que el papel tardará más en morir, su espacio y tiempo moribundos ocupa mucho lugar en nuestra memoria y es lógico que no se apague de repente. También tiene lógica que una secta, una logia de resistencia, se atrinchere en el mundo entero para defender el papel. Por ejemplo, hay quienes me dicen que jamás traicionarán el papel de los periódicos, que nunca leerán en la red las noticias dekl día y que papel prensa es una forma de ser, estar y vivir una vida tan intensa como la que la red nosa ofrece todos los días. Yo era de esos seres que me dije una vez, como un juramento insalvable, que jamás dejaría de leer los periódicos en papel. Y, sin embargo, es lo que hago ya casi todos los días. Con un aliciente, que es también un agravante: ahora leo los periódicos con más profundidad y tres veces al día. Antes, la costumbre del papel hacía que los leyera en la mañana, muy temprano, y no volviera a verlos nunca más.
Los partidarios de las nuevas tecnologías, los genios de la red, adelantan la muerte del papel incluso en el objeto más sagrado (y sacral) del universo: el libro. Con franqueza, espero y deseo que el libro tarde mucho tiempo en morir. Me apuntó a pronosticar que no morirá nunca. Leer un libro en papel es la gloria. Se puede leer, y próxima vez hablaré (escribiré aquí)de eso, por cualquier motivo, incluso por odio a los que estiben, a ciertos escritores de los que tenemos envidia, seguramente porque sabemos que escriben mucho mejor que nosotros, o hemos terminado por creernos que es así, que son escritores buenos cuando nosotros (nosotros aquí, ojo, somos los demás, aunque haya que quebrar la sintaxis para hacer la broma)no lo somos tantos. Se puede leer por amor a la poesía, que es el género literario de mayor altura. Sepuede leer por emulación, por querer vivir las vidas de aquellos personajes que hemos conocido en las páginas de los libros que leemos;o por emulación de aquel o este escritor que nos parece inmenso y al que queremos parecernos cuanto antes. Se puede leer por costumbre, por necesidad, por cualquier cosa. Hablaremos de eso mañana. Pero me costará, seguro que nos costará trabajo leer en el libro electrónico, un presente que para muchos de nosotros es demasiado futuro todavía, pero que sin embargo para otros millones de “electronicólatras”, esos nuevos y extraños bibliófilos, es un presxente por ahora perputo. Leen en los aviones, en los parques, en el sillón de sus salones domésticos. Leen en el”lñibro electrónico”. Bien, adelante. Yo leo y defiendo el libro de siempre, el de Gutenberg, esa epifanía que espero y des o que nunca termine para poder vivir en paz con mis sentidos, educados en el papel y en el libro, sin cambiar en mi vejentud de aquello que ya muchos millones llaman “soporte”. Un libro de papel, entonces: la sacralidad eterna. Incluso un libro malo en papel es mejor -para mí, dativo simpatético, no lo olviden- que el mejor libro en “soporte electrónico”. Es posible que mimentalidad esté, al menos en ese aspecto, muy anticuada. Es posible e inclusio probable, pero me siento muy bien en el libro de papel.
El otro día, unb amigo cercano, escritor y Premio Nobel, Vargas Llosa, me contó que estuvo en la Fería Internacional del Libro de Goteborg, Suecia. Allí, entre otras cosas, le dijeron que el “libros electrónico” todavía es nada en Suecie: el 3% de las ventas, y por tanto un porcentaje mínimo de los lectores. Pero, claro, el “soporte electrónico” del libro va en aumento. Crece. ¿Decrece el lector del libro tradicional, entonces?

Antes hablé de “Alicia en el país de las maravillas”. ¿Profetizaba Lewis Carroll, disimulándolo como un libro para niños, el futuro incierto, sumamente complicado, que estamos viviendo? Hay lectores expertosd, avisados, imaginativos, que sostienen que así es: que las maravillas de Alicia, su espejo y todo lo demás son símbolos de los que Carroll se sirvió para avisarnos del futuro kafkiano que íbamos a vivir. Alicia es un libro de locos y para locos, pero como Harry Potter sirve para que los niños comiencen a leer y entiendan el mundo como una aventura llena de puertas y ventanas por las que hay que entrar y salir libremente y nunca como un escarabajo, como gregorio Samsa al principio del a “Metamorfosis”. Digo metamorfosis y veo que eso es lo que está, mutáis mutandis, pasando con el libro: muta, se metamorfosea, cambia del papel a la virtualidad. Pero discutimos sobre él, leemos, seguimos leyendo como posesos, sabedores de que lo que no está enb los libros no están ninguna parte. Ni siquiera en la caravana interminable de la red.

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