Bulevard Balboa

Hace un tiempo publiqué en la “tercera” del ABC de Madrid un artículo titulado igual que éste: Bulevard Balboa. Era y es el nombre de una cafetería y un bar situado hoy en el Corredor Sur de la Ciudad de Panamá Antes me gustaba más, su ubicación, su texto y su contexto. Iba todos los días hacia las doce de la mañana para ver a la gente y escucharlas decir y hablar de la política y las cosas domésticas de este país. Era una maravilla aprender tanto en aquella gratuita escuela del pueblo y de la política, hasta el punto de que decidí que mi novela sobre Panamá, aún pendiente y a medio escribir, se titularía igual: “Bulevard Balboa”. La novela tenía que ver con la fascinación que sentía por aquel hombre, Omar Torrijos, mitad tigre y mitad mulo (por su astucia y su obstinación), y por Chuchú Martínez. Escribí un borrador de la novela que tenía y sigue teniendo que ver con la entrega del Canal a Panamá sin que fuera necesario disparar más que salvas de júbilo, llegada y despedida. De ahí partía la novela, y del hipotético y verosímil proyecto de Torrijos de volar el Canal de lado a lado si no el entregaban a Panamá ese trozo de Panamá.
Durante años he estrado mejorando y trabajando ese texto novelesco aún inédito y sin terminar, hasta en una esquina del relato se metió Paul Gauguin y algunas hipótesis de la vida no conocida, secreta e inventada, del pintor francés cuando vivió y trabajó en el Canal de Panamá. Claro que para documentarme sobre el asunto y el atraso histórico de los personajes y su época tuve que leer libros. Muchos textos que me procuraron Fernán Molinos, Eduardo y Juan David Morgan, Aristides Royo y algunos otros personajes cercanos al torrijismo, aunque no todos fueron torrijistas. Una de las personas que me prestó libros para documentarme y escribir mi novela fue Mariela Sagel, que ahora con razón me dice, tras tanto tiempo, que se los devuelva. Ella está escribiendo un libro, me dice en un mensaje reciente, sobre el regreso de Noriega, y tiene bajo contrato de Random House, nada menos, el tiempo de escritura.
Lo peor es que en el desorden de mi biblioteca, entre papeles y libros, me sucede con frecuencia algo terrible que no le gustará nada a Mariela Sagel: cuando voy a buscar un libro donde lo dejé (o donde creo que lo dejé), descubro desolado que ha volado de allí y no sé hasta que otro palomar se ha asomado para descansar. Me pasa mucho con los libros de Naipaul y con los de Malcolm Lowry, que se comportan en mi biblioteca como los escritores que lo hicieron posible: los del primero, altivos y maleducados, ni siquiera avisan cuando se cambian de lugar; los del segundo, como que pertenecen a un gran santo bebedor, corren de un lado para otro de mi biblioteca como pollos sin cabeza y sin ningún sentido visible. Así me va.
Ayer busqué como un loco los libros que Mariela Sagel me prestó hace años. y no loe encontré en el lugar donde están los libros y los documentos sobre Panamá y la novela pendiente. ¿Cómo iba a encontrarlos si ni quiera me acuerdo de cuándo me los prestó y cuáles me prestó? Parece que este artículo me sirve de excusa ante Mariela Sagel y ante todos los amigos que me han prestado libros y a quienes no se los he devuelto. Que conste que ese hecho no es exactamente robar, sino quedarse con libros que a uno no le pertenecen. Un horror. Me da pavor del de verdad llegar a mi biblioteca, llena de columnas de libros que hacen imposible una visión normal de la totalidad de los libros. Me da pavor ir a buscar un libro en ese universo díscolo y no encontrarlo. Imagínense mi inquietud: creo que los libros tienen vida propia y se mueven por sí solos cuando no hay nadie vigilando que se queden en su lugar, quietos y como muertos. Una tarde, en silencio, estaba yo solo escribiendo en mi estudio y, de repente, sentí un ruido al fondo. No había nadie. Me acerqué y noté que había una fila de libros que se había rodado: como que uno de ellos salió voluntariamente de su lugar y se marchó a otro. Entonces, como si sucediera un milagro, encontré allí uno de los libros de Naipaul que llevaba buscando más de tres meses para escribir un pequeño ensayo sobre el Nobel de Literatura y su discusión nada amistosa con Paul Theroux, que el escritor viajero escribió en un libro que tengo pero que tampoco encuentro. Es posible que aparezcan pronto los libros que me prestó Mariela Sagel. Pero, por otro lado, me asusta pensar que no van a aparecer jamás, que se ha ido para siempre o se los han llevado de mi biblioteca. Claro que por mucho miedo que tenga, no voy a dejar de ir a Panamá en la próxima Feria del Libro. Ya encontraré la manera de excusarme ante mi amiga.

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Una respuesta a Bulevard Balboa

  1. Lo peor es que en el desorden de mi biblioteca, entre papeles y libros, me sucede con frecuencia algo terrible que no le gustará nada a Mariela Sagel: cuando voy a buscar un libro donde lo dejé (o donde creo que lo dejé), descubro desolado que ha volado de allí y no sé hasta que otro palomar se ha asomado para descansar. Me pasa mucho con los libros de Naipaul y con los de Malcolm Lowry, que se comportan en mi biblioteca como los escritores que lo hicieron posible: los del primero, altivos y maleducados, ni siquiera avisan cuando se cambian de lugar; los del segundo, como que pertenecen a un gran santo bebedor, corren de un lado para otro de mi biblioteca como pollos sin cabeza y sin ningún sentido visible. Así me va.

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