Correntes D’ Escritas

Todos los años, en Póvoa de Varzim, al norte de Portugal, cerca de Oporto, se celebra una fiesta literaria -Correntes D´Escritas- que, desde mi criterio, no tiene parangón con todas las que conozco. Desde el desayuno a las horas de la madrugada, después de la cena, se respira entre escritores y editores una fantástica camaradería que alimenta un ambiente de solidaridad amistosa impropia de creadores artísticos. Siempre me llamó la atención, además, que los portugueses lo supieran todo de nosotros, los escritores españoles, y que nosotros no supiéramos gran cosa de ellos. Parece que esa es una de nuestras lacras, el ombligo en el espejo, despreciamos todo cuan todo cuanto ignoramos e ignoramos de los demás todo cuanto los demás conocen de nosotros. En uno de esos días, durante un desayuno divertidísimo e interminable, conocí personalmente a Eduardo Lourenço, a quien ya había leído a salto de mata hasta ese momento. Me pareció un escritor integral, lleno de vitalidad, sabiduría, gusto y elegancia por la vida, sabedor respetuoso de la literatura de los demás, intelectual, pensador (hoy es clave en Portugal), poeta grande y hombre de paz entre escritores, que lo señalan como una de las cumbres, y yo lo creo, de Portugal. Además es un intérprete lúcido de la historia de su país y de España, vive en el sur de Francia pensando en Europa y en su país, interviniendo con su voz y su palabra cada vez que lo cree conveniente y con un humor propio sólo de los hombres más serios y conocedores del mundo.
No sé qué chistes o qué chismes le contaba yo a Eduardo Lourenço y a mi amigo Almeida Faria, Ben, pero los dos no dejaban de carcajearse cada vez que yo habría la boca. Seguramente esos días se sembraba en mí una cierta bondad bocona, habladora y esa siembre lo era de un ingenio imparable que volvía locos de alegría a mis amigos portugueses. Un día desayunamos con un importante escritor cubano y le pregunté, a sabiendas de su inteligente respuesta, cuál era la enfermedad que padecía Fidel Castro. El cubano, circunspecto, como no dando crédito a lo que yo le preguntaba me dijo que si le ,o decía tenía que engañarme y que, en fin, no lo sabía, que era un secreto de Estado; que si lo decía, bueno, cometería un delito; y que si no lo decía es que como era secreto no se sabía. “O sea, cáncer””, dije yo. Los portugueses, Lourenço al frente, se reían a carcajadas ante la cara de circunstancias (inteligente tipo) que nos ponía el cubano desde las primeras horas de la mañana y lo del cáncer se convirtió en un chascarrillo cotidiano para contestar a cualquier cosa, en público o en privado, en intervenciones teatrales o en los corrillos de la sobremesa.
Otro día, en Lisboa, en el Instituto Cervantes, di una charla a la que fueron sólo veinticinco perdonas, cada una de las cuales valía para mí por cien personas. Entre los escritores que estaban allí, muertos de la risa con las cosas que yo contaba, estaban mis amigos Eduardo Lourenço y Almeida Faria, público realmente especializado, con quienes tras la charla mantuvimos una comido también divertidísima e interminable. Siempre me pareció que en nuestras literaturas hay demasiados escritores de triste apariencia, anulados por la ansiedad que les provoca la escritura (su escritura y, sobre todo, la de los demás) cotidiana y mirándose en el espejo de la gloria inalcanzable más de la cuenta. O esa otra seriedad distante de escritores de ceja alta que no se conceden un minuto de humor ni siquiera cuanto están solos y, ante su propio espejo, observan con pavor su diminuta estatura y sus pocas ganas de reírse. Peor para ellos. Creo, como decía Mingote, que el humor es una de las cosas más serias del mundo. Eduardo Lourenço comparte este punto de vista y cada vez que lo encuentro en Póvoa de Varzim nos sentamos juntos para que yo haga un jugoso repaso de los escritores españoles presentes en Correntes D´Escritas o ausentes de la tan divertida reunión. Y luego dicen que los portugueses son tristes. Algunos, digo yo, porque los que conocemos Póvoa de Varzim y a los escritores que la frecuentan todos los años no son tristes ni mucho menos: o en ese escenario se transforman en tipos divertidos y llenos de vida. Ahora, acabo de recibir la Revista de cultura literaria de Póvoa de Varzim, Correntes D´Escritas, dedicada a Eduardo Lourenço y me emocioné leyendo algunos de sus poemas y pensamientos y los textos con los que le rinden aplauso y devoción todos los escritores que colaboran en ese número,empezando por su amigo, y el mío, el novelista Almeida Faria, cuyo texto de su “viaje a la India” es un pasaje inolvidable. Tan inolvidable como su calidad humana, su escritura y su lealtad.

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Una respuesta a Correntes D’ Escritas

  1. No sé qué chistes o qué chismes le contaba yo a Eduardo Lourenço y a mi amigo Almeida Faria, Ben, pero los dos no dejaban de carcajearse cada vez que yo habría la boca. Seguramente esos días se sembraba en mí una cierta bondad bocona, habladora y esa siembre lo era de un ingenio imparable que volvía locos de alegría a mis amigos portugueses.

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