Carolina del Sur

La otra tarde tuve complejo de Thomas de Quincey. El color del atardecer era amarillo y fumé hasta quedarme dormido en mi sillón mostaza, escuchando al fondo a Leonard Cohen en sus últimas canciones. En el sueño apareció un monito jodelón que, desde lo más alto de un secuoya a punto de venirse abajo, seguía día a día echando sobre mí sus deposiciones matinales. En la esquina de esa pequeña pesadilla, mientras esperaba que el árbol prestigioso se viniera abajo de un momento a otro, apareció el recuerdo de Carolina del Sur. La nombré así porque se llama Carolina y es de Chile, un país que, según la hipérbole del poeta Padilla, “se desmoronaba por Los Andes para abajo”. Echo de menos un viaje a Chile cuanto antes, a ver amigos y a hablar de los últimos logros de la novela española. Ahí tienen, por ejemplo, “La lluvia de los inocentes” (Galaxia Gutenberg, 2012), la novela de Andrés Ibáñez, un novelista cuya locura principal es su vocación pasional, la literatura, la escritura literaria. Es una novela que desvela la educación sentimental y vital de un escritor, la vida de un escritor adolescente, paso a paso, titular a titular, inquietud y ansiedad juntas, desde el descubrimiento de la primera sensualidad hasta la atracción sexual que marca la reflexión del amor. Lo mejor de la novela de Ibánez es que se lee como si fuera la vida de una generación, no sé si porque es (o no) una de las llamadas “novelas generaciones” más firmes que he leído en los últimos años o porque me identifico, a pesar de edad ya proyecta, con algunas de las cosas que el narrador nos descubre. Por ejemplo, que siempre somos y seremos el joven que fuimos; que nuestros madurez también se viene y se pasa con los años, ellos (el tiempo) son los que mandan sobre nosotros. Nuestras circunstancias son casualidades que se cumplen como se cumplen las leyes fonéticas, como la ley de la gravedad o como tantas cosas que creemos que son nuestro destino. Vuelvo a Carolina del Sur. Es bellísima, atractiva, el perfume de su piel emborracha a quienes estamos predispuestos a embriagarnos con su belleza. A veces viste de rojo, otras de blanco, casi transparente, como su sonrisa y sus dientes tan blancos. A veces me la he imaginado en los brazos de cualquier amante ocasional y sudo, como en este sueño donde aparecía el mono jodelón. Ocurrió que fumé más de la cuenta en esa tarde amarilla que había reservado para leer, y cuando tomó posesión de mi sueño el complejo De Quincey me dejé ir en las horas hasta el anochecer. Me desperté en el silencioso salón de mi casa creyendo que estaba en Manhattan. Seguí quieto, como si estuviera recordando los sueños de hace un minuto y vislumbré en un rincón del recuerdo el cuerpo de Carolina del Sur. La vi por primera vez en el Café Gijón, con Aquiles Tuero, y tanto Pepe Esteban como yo (Boix estaba llegando ese día a nuestras lentejas lunáticas y mirandistas) nos rendimos a su voz alegre y a su compañía. Otro día vino y dijo que tenía un novio boxeador con el que iba a poner una tienda de objetos para boxeo, guantes, pantalones deportivos, calcetines, zapatillas, todo lo que tuviera que ver con un deporte que ya no tiene que ver con nada. Un poco a destiempo, le dije, mientras Boix dibujaba en una servilleta color calabaza del Gijón un boxeador de esos que se parecen a las figuras de Basquiat, que nada menos. Cuando desperté del todo, el elefante rosa seguía allí, yo tenía un mal sabor de boca, y la boca seca del todo, pero en la oscuridad vi la sombra del libro de Ibáñez que estaba terminando de leer antes de que De Quincey llegara al fondo de aquella tarde amarilla. La última hora del día me sirvió para acabar la novela de Ibáñez. Me quedé satisfecho como lector y como fumador, como tranquilo hombre vespertino cuya gran conquista a sus años es disponer de las tardes para leer, escuchar música, recordar, fumar, dormir como De Quincey y recordar después todo cuanto soñé, incluido el monito jodelón que se caga todas las mañanas desde la copa de un árbol. Nunca le contaría a Carolina del Sur, cuando vuelva a encontrármela (y a preguntarle que en qué trabaja de verdad, porque tenemos sobre ella sospechas que no son del todo buenas), la pequeña pesadilla del monito jodelón, a quien todavía no he puesto nombre. El árbol en cuya copa habita se está tambaleando delante de todo el mundo y todo el mundo está viéndolo caer. Esa fue la pregunta que le hice a la sombra de De Quincey en mi sueño: ¿qué pasará con el monito jodelón cuando se caiga el árbol? Me han dicho unos amigos que Carolina del sur ha regresado a Madrid, luego de una aventura en Munich con un novio alemán. Bienvenida.

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2 respuestas a Carolina del Sur

  1. Es una novela que desvela la educación sentimental y vital de un escritor, la vida de un escritor adolescente, paso a paso, titular a titular, inquietud y ansiedad juntas, desde el descubrimiento de la primera sensualidad hasta la atracción sexual que marca la reflexión del amor

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