La tumba de mi amigo

La tumba donde yacen los restos de mi amigo está cubierta de hierbas secas, vientos y olvidos. Está en el cementerio cubano de la Calle Ocho en Miami, y hace unos días fue a visitarla en la más absoluta soledad. Recordé la voz del poeta, del rebelde y el díscolo, del hombre divertido y del cubano exiliado y lleno de ansiedad por la isla. A la sombra del mar, recordé una vez más el desprecio que el poeta sentía por los Estados Unidos. Repetía, muy de cuando en vez, lo que Martí hizo célebre: “He vivido en el vientre del monstruo y lo conozco”. Por desprecio, el poeta negaba una realidad evidente: que los Estados Unidos de América, como todo imperio histórico, generaba lo peor y lo mejor del hombre, del ser humano, de la civilización y de la cultura. Lo negaba con una pasión irrazonable, con la fe del carbonero, con la ira de Aquiles y con la fuerza de un dialéctico que había pasado años por las escuelas de Moscú, no menos embusteras que las de los gringos.
El poeta me dijo un día que en Estados Unidos de América no se comía carne de vaca porque no había. Yo le contesté que la Universidad de Harvard no tenía asignado ningún presupuesto anual para sus bibliotecas: compraban dos ejemplares de todo, todo, todo cuando se publicaba en el mundo. Una noche en Manhattan, vagabundeábamos por algunos de nuestros barrios literarios y el poeta me dijo entonces, medio en secreto, que me iba a enseñar una cosa. Así me quedaría convencido de que los Estados Unidos de América no existían de verdad, sino que todo era un espejismo. Me llevó a la Catedral de San Patricio de noche cerrada. En su fachada estábamos los dos solos. Se acercó a la muralla y golpeó la pared. “¿Lo ves cómo suena? Sí, ya lo sé, sueña bien porque esta bien hecho, pero es de puro cartón piedra. Como Holliwood”. Yo me reí a carcajadas, como si fuera una broma, pero poeta siguió en sus trece. Entonces me dijo que a quien único salvaba era a Walt Whitman, que era semejante a Homero, aunque (decía) tal vez Homero nunca existió del todo y Whitman, como que era gringo, tampoco.
Así era el poeta Heberto Padilla: negaba la existencia de cuanto le disgustaba para reafirmar la supuesta belleza de cuanto amaba. Un día me presentó a una mujer mayor. Con mucho sigilo me dijo su edad de muchos años. “¡Aaaah!, pero no sabes lo bellísima y joven que fue un día”, me dijo. Entonces, en esos trances, la nostalgia se lo llevaba a su propia juventud y recitaba en francés a Paul Verlaine, Rimbaud y otros poetas celestes.

Un día lo invité a comer carne en el Gallagher de Broadway, cuyo escaparate luce lleno de carne fantástica que llama al banquete inmediato. Cuando el poeta Padilla tuvo su T-bone espléndido en el plato, lo miró con escepticismo, por encima de sus gafas. “Esto no es carne verdadera”, me confesó por lo bajo, como si me dijera un secreto. “Y esto es plástico también”, me añadió tocando con la punta del índice la guarnición de tomate que le habían puesto en otro plato. “Aquí tienes el vientre del monstruo”, le dije harto de tanta minucia poética, “date el banquete”. No tardó en acabar con las viandas especiales que tenía sobre la mesa. Luego de engullir vorazmente cuanto podía comerse, me dijo que era sorprendente, que le creyera, pero era la primera vez que él comía carne de verdad en Estados Unidos de América, “y tienes que ser tú, precisamente tú, quien me la viene a descubrir”. A veces pensaba que el poeta me tomaba el pelo, pero no era así. Esa era su filosofía: negar la realidad de los Estados Unidos de América. La realidad buena la negaba y la mala, la perversa, lo sucio del vientre del monstruo, la realzaba hasta grados exasperantes. La estatua de La Libertad, por ejemplo, era una mala copia de la Victoria de Samotracia, pero no era la Victoria ni la Libertad. Era el caballo de Troya: lo ponían allí, en la costa de Manhattan, para engañar al enemigo y engullirlo como los monstruos que quisieron comerse a Odiseo en su viaje por el Mediterráneo. En vida del poeta Padilla fue uno de sus amigos más jóvenes. Tomaba trago como el que bebe agua y tenía un talento poético verbal exuberante y de enfant terrible.
El día que fue a visitar su tumba en Miami hacía un sol de justicia, aunque una suave brisa marina llegaba hasta la soledad nostálgica del pequeño cementerio de Coral Gables. Ese día pensé mucho en el poeta. Pensé mucho en Cuba. Pensé mucho en lo que el poeta Padilla llamaba “la islita”, esa bruja Circe, tan bella y exigente como una amante mitológica, hija de los dioses del Olimpo.

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2 respuestas a La tumba de mi amigo

  1. Su blog está lleno de buena información.

  2. Así era el poeta Heberto Padilla: negaba la existencia de cuanto le disgustaba para reafirmar la supuesta belleza de cuanto amaba. Un día me presentó a una mujer mayor. Con mucho sigilo me dijo su edad de muchos años. “¡Aaaah!, pero no sabes lo bellísima y joven que fue un día”, me dijo. Entonces, en esos trances, la nostalgia se lo llevaba a su propia juventud y recitaba en francés a Paul Verlaine, Rimbaud y otros poetas celestes.

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