La envidia

En el mundo de la literatura, como en cualquier otro terreno de la vida, el pecado de la envidia ocupa el inmenso lugar de la mezquindad. Deme usted una envidia del tamaño del universo y yo le daré una fama más grande que el cielo. Algo así dijo Galdós, que sufrió sobre sus espaldas el pecado de la envidia de sus colegas y de quienes estimaban que su talento no era más que un simple juego de luces. Hay en este planeta de la literatura en el que nos movemos juegos de luces de todos los colores. Dicen que el color de la envidia es el amarillo, pero yo -como dice el bolero- no concibo esa razón ni la tengo en cuenta. Siempre he querido conocer por dentro el corazón y el alma del envidioso. Me llena de curiosidad, simplemente. De curiosidad intelectual y ética: ¿qué tipo de sufrimiento sentirá el envidioso, qué necesidad de vengarse de aquel que le provoca la envidia debe fraguarse en las alcantarillas de su almario, por qué no es capaz de controlar sus bajos instintos envidiosos y transformarlos en beneficios elementos de emulación?
Por envidia dicen, y esa es la versión de la Biblia y sus sacerdotes, que Caín mató a su hermano Abel, el bueno. El asesino, dicen, no pudo contener la envidia, aunque hay otras versiones. Abel debió ser un pedante empecinado, un pesado enfermizo, de libro, un niño que todo lo hacía bien a los ojos de su padre. Caían debía, a mi entender, ser un hombre libre, que por tanto hacía lo que le daba la gana. Y lo que sentía por su hermano “el bueno” no era precisamente envidia, sino un cansancio insoportable. Se lo quitó de encima, según las Escrituras, con un par de golpes de la quijada de un burro, artefacto, sea dicho de paso, que no me importaría utilizar al menos los sábados por la tarde, cuando tengo tiempo libre, contra tantos “abeles” insoportables que se nos pasan de “buenos” todo el tiempo.
La envidia, entonces. Antonio Muñoz Molina es un escritor español que ha gozado de un gran trato por parte de la crítica, los lectores y las jerarquías académicas durante mucho tiempo. Se dice que su posición es “envidiable” y yo siempre digo que esa situación se la ha ganado a pulso. Está, a una edad bastante temprana, recibiendo todos los galardones importantes del país y del extranjero. Pero hace un tiempo, sin que nadie haya puesto especial interés en montar el quiosco, ha comenzado a caer sobre él y su obra una revisión excesiva. Disparan sobre el pianista con una ferocidad de jabalíes.
Ya está bien de Muñoz Molina, dicen por todos lados. ¿Y por qué ya esta bien? ¿Y por qué ahora vienen todos los salvajes juntos a matar al príncipe?
Ahí está la vaina: por envidia. Como el cáncer, la envidia crece en silencio y estalla en el corazón del envidioso cuando menos lo esperamos. Es la envidia más o menos colectiva quien pone siempre en marcha la mezquindad que golpea con palabras más que hirientes al señalado por los envidiosos. Más temprano que tarde, y por sinrazones que todavía no he tenido tiempo de estudiar, el mundo se divida en dos aquí también, y perdonan ustedes la falta de matices: el mundo de los envidiosos y el mundo de los envidiados.
Quienes no somos envidiosos vemos asombrados como en el universo mediocre en el que vivimos crece la envidia como un hongo maligno. La brecha se amplía cada vez más y no deja de sorprendernos. El otro día, en una de las tertulias de escritores e “intelectuales” a las que asisto semanalmente, me preguntaron si yo sentía envidia de otros. Expliqué que, en mi caso personal, no había tenido nunca tiempo para sentir envidia por nadie, que en mi caso lo que se movía en mi alma era la emulación y la admiración por el esfuerzo y el trabajo bien hecho, por la estética y la ética a la que hay que tender en estos momentos de tanta confusión. Alguien me habló de “envidia sana”. Le negué la existencia de esa envidia. La envidia no es como el colesterol, que lo hay bueno y lo hay malo, la envidia siempre es mala, es bilis negra, reconcomio y poco lúcida. A veces he sentido, desde que soy pequeño, ya en el colegio, ciertas envidias contra mí de los peores en cada momento. La he sentido y la ha sufrido sobre estas espaldas de hierro que todavía felizmente llevo encima. Son a mi entender gajes del oficio: deme usted una envidia del tamaño del universo y yo le daré una fama más grande que el cielo. Galdós: se pasó la vida escribiendo, los envidiosos quisieron siempre acabar con él. No pudieron. Y así es la vaina.

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