Regreso a Lampedusa

Recorrí las salas del Matadero (Casa del Lector) en Madrid con sumo placer: la exposición de documentos, objetos y recuerdos del autor de “El Gatopardo” me emocionó mucho. Lampedusa es uno de esos ejemplos que nos costaría seguir, aunque quisiéramos hacerlo. Fue un escritor que escribió poco, un lector inmenso que leyó todo y más, un aristócrata finalista, solitario y melancólico, con tintes muy pesimistas que, casi al final de su vida, escribió una de las mejores novelas europeas del siglo XX. A veces me preguntó por qué queda “El Gatopardo” a través de los años y los tiempos. Queda, esa es la respuesta, porque es un novela en la que late la Historia, es un texto literario de primera dimensión, es una historia de amor única en un instante exclusivo de la historia de Sicilia y de Italia. De la novela se dijo de todo, antes y después de ser publicada en 1958 por Feltrinelli, gracias al tesón de Giorgio Bassani que buscó el original de la novela hasta el fondo del infierno, una oscura portería de Milán donde rep[osaba entre otros enseres inservibles. Lo tenía la hija guardado la hija de Benedetto Croce, Elena, que durante un tiempo había ejercido de agente literario.
Recorro las salas del Matadero y examino con mucha atención los papeles de Lampedusa, algunos capítulos de “El Gatopardo”, la letra menuda del Prínce en los cuadernos azules donde guardaba sus clases de literatura, que daba a dos alumnos suyos, Francesco Orlando y Gioachino Lanza Tomasi de Lampedusa, su hijo adoptivo. Precisamente está allí Lanza Tomasi, gran músico, que nos recuerda que Lampedusa odiaba la música. Decía que la historia de Italia era un fracaso por culpa de la ópera, un melodrama, decía, con un escenario lleno de gordas y gordos que lanzan gritos sin sentido y hacia un público que les aplaude mansamente. Solo una vez fue al teatro Massimo, en Palermo, y salió antes de acabar la representación, convencido como había entrado de que ese género musical solo generaba fracasos en su entorno.
Recorrí en el año 2003, y durante un mes, la isla de Sicilia, siguiendo la ruta de Lampedusa, persiguiendo las sombras de los personajes y los territorios de ” El Gatopardo”, en cuyo homenaje estaba escribiendo “Casi todas las mujeres”. Nicoletta Lanza no sabia nada de mi novela y nos hemos prometido un encuentro en Palermo dentro de poco tiempo. Le llevaré a los Lanza Lampedusa ejemplares de la novela y volveremos a rendir homenaje de recuerdo y admiración al autor de “El Gatopardo”, de quienes los popes de la literatura italiana de aquella época, sobre todo Elio Vittorini y Vasco Pratolini, dijeron de todo, hasta evitar incluso que la novela fuera publicada en vida del Príncipe, que murió en 1957. Cuando la novela salió a las librerías, el inútil de Pratolini, a quien hoy no lee nadie, escribió que con la publicación de “El Gatopardo” la novela italiana se había retrasado casi 60 años. Es difícil que hoy nadie lea a Pratolini. Y mucho menos el cardenal ateo que había en el comunista Vittorini, derrotado por el tiempo y por la inmensa novela que dejó escrita Lampedusa, de la que llegaron a decir incluso que la había escrito su madre y él, Giuseppe Tomasi, se había atrevido a publicarla con su nombre. Las canalladas contra el Príncipe comenzaron a cesar cuando Aragón, más pope y comunista que Vittorini, llegó a Milán y dijo que “El Gatopardo” era una novela extraordinaria. Fue Berlinguer quien, finalmente, reclamó de Visconti que hiciera la película. Así es la vaina en el cielo, en el purgatorio y en el infierno de la literatura, en las pequeñas literaturas (grandes infiernos) y en las grandes literaturas (enormes llamas infernales).
En Quatri Canti, en Palermo, está la librería Feltrinelli. Es un edificio de cinco planta todo lleno de libros. Asombroso y emocionante. De la techumbre cuelga una enorme fotografía de estudio de Burt Lancaster caracterizado en “El Gatopardo” como Príncipe de Salina, el protagonista de la novela, un personaje extraordinario que tiene mucho de Lampedusa y de su abuelo y bisabuelo. Me emociono al pensar que regresaré a Palermo, pronto, a celebrar con los Lampedusa el recuerdo imborrable del descubrimiento de “El Gatopardo” y el viaje que hice por segunda vez a Sicilia en busca de las huellas del palacio de Donnafugata en Santa Marguerita de Belice.
Hemos quedado con los Lanza Tomasi, sangre y memoria del viejo Lampedusa. Para mí es un inmenso honor el reconocimiento de Gioachino y Nicoletta de “Casi todas las mujeres” Pasear entre los papeles de Lampedusa en el palacio Butera será, seguro, una Epifanía intelectual de primer orden. Adelanto el futuro con euforia, siempre hay regresos que nos significan que estamos vivos y que, a veces, no nos hemos equivocado.

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